Redimidos para vivir en santidad: lo que Cristo pagó cambia la manera en que vivimos

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Redimidos para vivir en santidad: lo que Cristo pagó cambia la manera en que vivimos

¿Alguna vez has sentido que tu vida cristiana se reduce a intentar portarte bien para que Dios no se enoje contigo? ¿O quizás has pensado que, como ya eres salvo, cómo vives no importa tanto? Ambos extremos son errores que el apóstol Pedro confronta directamente en su primera carta.

En 1 Pedro 1:13–21, Pedro les escribe a creyentes que enfrentaban burlas, hostilidad y presión social por causa de su fe. Antes de decirles cómo deben vivir, les recuerda quiénes son y lo que Dios ha hecho por ellos. Porque en el evangelio, la doctrina siempre precede y sostiene la obediencia. Primero Dios actúa; luego nosotros respondemos.

‘Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo.’ (1 Pedro 1:18–19)

Pon toda tu esperanza en la gracia venidera

Pedro comienza con una imagen poderosa: ‘Preparen su entendimiento para la acción.’ En la cultura de aquella época, esto evocaba a alguien que recoge los extremos de su túnica larga para poder moverse con libertad. Es una imagen de disciplina mental intencional.

El creyente no puede vivir con la mente dispersa, arrastrada por todo lo que ocurre a su alrededor. Pedro también llama a ‘ser sobrios en espíritu’, es decir, a evaluar la vida con discernimiento a la luz de la Palabra de Dios y no según lo que la cultura celebra o recomienda.

El mandato central es claro: pon tu esperanza completamente en la gracia que recibirás cuando Jesucristo sea revelado. No una esperanza dividida entre las promesas de Dios y las seguridades que ofrece este mundo. Una esperanza firme, total y sin reservas en lo que Dios ha prometido hacer. Como explica Juan: ‘Todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro’ (1 Juan 3:3). La esperanza en el regreso de Cristo no nos hace pasivos; nos transforma desde adentro.

Vive como hijo obediente de un Dios santo

Pedro llama a los creyentes ‘hijos obedientes’, una expresión que indica que la obediencia debe caracterizar profundamente su nueva manera de vivir. Y presenta esta obediencia en dos direcciones.

Primero, lo que deben abandonar: ‘No se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia.’ La palabra ‘conformarse’ evoca la imagen del concreto fresco que toma la forma exacta del molde en que es vertido. Antes de conocer a Cristo, estos creyentes vivían moldeados por sus propios deseos y por una cultura que los aprobaba. Esos moldes ya no tienen autoridad sobre ellos.

Segundo, lo que deben procurar: ‘Así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir.’ La medida de nuestra santidad no son las costumbres religiosas ni las reglas humanas. Es el carácter mismo de Dios. Y Pedro añade ‘en toda’ su manera de vivir: pensamientos, palabras, relaciones, trabajo, uso del dinero, conducta cuando nadie nos observa. Ningún área queda fuera.

La santidad no es el precio que pagamos para ser aceptados por Dios. Es la respuesta de quienes ya han sido llamados y recibidos como Sus hijos.

Condúcete con temor reverente delante del Padre

El mismo Dios a quien llamamos Padre es también el Juez que ‘imparcialmente juzga según la obra de cada uno’. Su amor paternal no significa indiferencia hacia nuestra conducta. Él no tiene favoritos ni modifica Su justicia según quién tenga delante.

Por eso Pedro ordena: ‘Condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación.’ Este temor no es el pánico de un esclavo que teme ser rechazado. Es el temor reverente de un hijo que ama a su Padre, reconoce Su santidad y no quiere vivir de una manera que lo deshonre.

José lo entendió bien. Cuando la esposa de Potifar intentó seducirlo, respondió: ‘¿Cómo entonces podría yo hacer este gran mal y pecar contra Dios?’ (Génesis 39:9). Vivía consciente de la mirada de Dios, no solo de la de los hombres. Eso es temor reverente: tomar en serio la presencia de Dios en cada decisión, especialmente cuando nadie más nos está mirando.

Recuerda el precio y el propósito de tu redención

Todo lo anterior descansa sobre una verdad que Pedro quiere que nunca olvidemos: fuimos redimidos de una manera vana de vivir, vacía de propósito eterno y transmitida de generación en generación como si fuera normal. Y el precio de esa redención no fue oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin tacha y sin mancha.

Esta no fue una solución de último momento. Cristo ‘estaba preparado desde antes de la fundación del mundo.’ Dios planeó nuestra redención desde la eternidad y la realizó en la historia, por amor a nosotros, cuando Su Hijo asumió carne humana, murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos.

Y el propósito de todo esto es que ‘la fe y esperanza de ustedes sean en Dios.’ No en nuestro desempeño, ni en nuestra capacidad para mantenernos firmes, sino en el Dios que planeó nuestra salvación, entregó a Su Hijo y lo resucitó con gloria.

¿Qué cambia esto en tu vida hoy?

Piensa en una persona concreta con quien te relacionarás esta semana: tu cónyuge, un hijo, un compañero de trabajo, un hermano de iglesia. Pregúntate: ¿refleja la manera en que trato a esa persona la santidad del Padre a quien pertenezco?

¿Hay algún deseo anterior —orgullo, ira, impaciencia, amor al dinero, búsqueda de aprobación— que todavía está moldeando tu conducta? No lo consideres algo pequeño. Son expresiones de una manera de vivir de la cual Cristo te llamó a salir.

Si ya has sido redimido, no regreses a la vana manera de vivir de la que Cristo te rescató. Y si todavía no has puesto tu confianza en Él, recuerda que no necesitas limpiar tu vida primero. Debes venir a Cristo precisamente porque no puedes limpiarte a ti mismo. Él pagó el precio que ningún esfuerzo humano puede igualar.

Cristo no te redimió para que vivieras igual que antes, ni para que vivieras con miedo de perder Su aceptación. Te redimió para que, con esperanza firme, carácter santo y temor reverente, vivieras para la gloria del Dios que te hizo Suyo.

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