¿Alguna vez te has preguntado por qué sigues luchando contra los mismos pecados, aunque llevas años siguiendo a Cristo? La mentira que aparece cuando quieres protegerte. La ira que explota cuando las cosas no salen como esperabas. El deseo que vuelve a llamar a la puerta aunque ya lo hayas rechazado mil veces. Si te identificas con eso, no estás solo, y Romanos 6 tiene algo importante que decirte.
El apóstol Pablo no comienza diciéndonos que nos esforcemos más ni nos entrega una lista de reglas. Comienza mostrándonos algo que ya ocurrió cuando fuimos salvos. La santidad cristiana no empieza con lo que nosotros hacemos por Dios, sino con lo que Dios ya hizo con nosotros en Cristo.
‘Así también ustedes, considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.’ (Romanos 6:11)
La gracia no es una excusa para seguir en pecado
Pablo acaba de afirmar que donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Es una de las declaraciones más gloriosas de toda la Biblia. Pero una verdad gloriosa mal entendida puede convertirse en una excusa peligrosa. Por eso Pablo se adelanta a una objeción: ¿deberíamos seguir pecando para que la gracia de Dios se muestre con mayor claridad?
Su respuesta es inmediata: ‘¡De ningún modo!’. La gracia que perdona el pecado nunca puede usarse como permiso para continuar viviendo bajo su dominio. Hay una diferencia enorme entre caer en pecado, reconocerlo y volver a Dios, y decidir permanecer en el pecado y convertirlo en una forma de vida.
Pablo va a la raíz: ‘Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?’. No dice solo que seguir en el pecado sería incorrecto. Dice que sería una contradicción con lo que ahora somos. Haber muerto al pecado no significa que ya no seamos tentados, significa que su dominio sobre nosotros fue quebrantado. El pecado continúa presente como enemigo, pero ya no reina como amo.
Fuiste unido a Cristo: Su muerte y Su resurrección son tuyas
Todo lo que Pablo desarrolla en este pasaje descansa sobre una sola realidad: nuestra unión con Cristo. Desde el momento en que creímos, Dios nos unió a Su Hijo de tal manera que Su historia se convirtió en nuestra historia. Su muerte cuenta como nuestra muerte, y Su vida resucitada es la fuente de nuestra vida nueva.
Pablo lo describe así: fuimos sepultados con Cristo por el bautismo para muerte, ‘a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida’. No es una vida simplemente mejorada. Es una vida nueva en su naturaleza, sostenida por la vida resucitada de Cristo obrando en nosotros, no por nuestro propio esfuerzo.
Nuestro ‘viejo hombre’, la persona que éramos bajo el dominio del pecado, fue crucificado con Cristo. Esto no significa que el pecado haya desaparecido, sino que su autoridad automática sobre nosotros fue rota. Antes, el pecado usaba nuestros ojos, nuestra lengua y nuestras manos como instrumentos suyos con pleno derecho. Ahora ese derecho fue cancelado. El pecado puede intentar recuperar terreno, pero ya no ocupa el trono.
Considérate cada día muerto al pecado y vivo para Dios
Conocer estas verdades no es suficiente. Pablo da un paso más y nos dice cómo debemos pensar acerca de nosotros mismos a la luz de ellas: ‘considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús’.
La palabra ‘considérense’ se usaba para llevar cuentas, para reconocer como establecido algo que ya era cierto. Pablo no nos pide que imaginemos una realidad inexistente ni que repitamos una frase hasta convencernos. Nos manda reconocer como verdadero lo que Dios ya hizo con nosotros en Cristo.
Este considerar tiene dos lados que no pueden separarse. ‘Muertos al pecado’ significa recordar que el dominio del pecado fue quebrantado y que ya no estamos obligados a obedecerlo. ‘Vivos para Dios’ significa que ahora podemos amarlo, obedecerlo y poner nuestra vida a Su servicio. No basta con saber lo que ya no somos; necesitamos saber para qué vivimos ahora.
Pon toda tu vida al servicio de Dios
Esta nueva manera de pensar debe transformar algo muy concreto: nuestro cuerpo, nuestros deseos, nuestras palabras y cada área de la vida. Pablo lo expresa con una orden negativa y una positiva.
La orden negativa: ‘No reine el pecado en su cuerpo mortal’. El pecado pretende gobernar, pero su dominio fue quebrantado. Una cosa es sentir la presión de un deseo, y otra muy distinta es decidir obedecerlo. Una cosa es que el pecado toque a la puerta, y otra es abrirle y entregarle las llaves de la casa.
La orden positiva: ‘Preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia’. La santidad bíblica no consiste solo en dejar de hacer lo malo. También implica comenzar a hacer activamente lo que agrada a Dios. Nuestros ojos pueden alimentar la impureza o reconocer las necesidades de otros. Nuestra lengua puede mentir y destruir, o hablar la verdad y edificar. La diferencia está en a quién los presentamos.
Y Pablo termina con una promesa que sostiene todo lo anterior: ‘el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, pues no están bajo la ley sino bajo la gracia’. No luchamos con la esperanza de que quizás podamos ganar. Luchamos sabiendo que Dios ya declaró que el dominio del pecado fue quebrantado.
Para vivir esto hoy: tres preguntas que vale la pena hacerse
Antes de enfrentar tus tentaciones habituales, recuerda quién eres: ya no vives bajo el dominio del pecado. Estás vivo para Dios en Cristo Jesús. Cuando el pecado te diga ‘siempre has sido así, nunca vas a cambiar’, responde con la verdad: ese pecado ya no es tu señor.
Pregúntate: ¿hay algún pecado que estoy tolerando bajo la idea de que Dios ya me perdonó? ¿Estoy enfrentando mis luchas recordando que estoy unido a Cristo, o sigo intentando cambiar únicamente con mis propias fuerzas? ¿A quién estoy presentando hoy mis ojos, mi lengua, mi tiempo y mis capacidades?
Si en ti hay el deseo sincero de obedecer a Dios, si sientes de verdad la batalla contra el pecado, y cuando caes, el arrepentimiento genuino te lleva de vuelta a Cristo, tienes razón para descansar en lo que Dios ya declaró sobre ti. La señal de que la obra de Dios está en ti no es la ausencia de lucha, es la presencia de la lucha misma.
No luchas para dejar de ser esclavo. Luchas porque ya eres libre. Considera hoy, y cada día, lo que Dios ya declaró verdadero sobre ti en Cristo.
