Imagina tomar una almohada llena de plumas, subir a un lugar alto, romperla y dejar que el viento se lleve cada una de ellas. Ahora intenta recogerlas. Es imposible. Eso es exactamente lo que ocurre con nuestras palabras: una vez que salen de nuestra boca, ya no podemos controlar hasta dónde llegan ni cuánto daño causan.
Esta imagen poderosa nos introduce al tema del Noveno Mandamiento, parte de la serie sobre los Diez Mandamientos que Dios le dio a Israel por medio de Moisés. Un mandamiento que nos desafía de manera profunda, porque toca algo que hacemos todos los días: hablar.
‘No darás falso testimonio contra tu prójimo.’ (Éxodo 20:16)
Lo que el Noveno Mandamiento Prohíbe
Al igual que otros mandamientos del decálogo, este se expresa en su forma más extrema. El contexto original es el de un tribunal: un testigo que declara ante un juez sobre un posible acusado. En ese escenario, dar un testimonio falso podría destruir la vida de una persona inocente. Por eso la ley de Dios lo prohíbe con tanta seriedad.
El libro de Deuteronomio advierte que quien acuse falsamente a otro recibirá el mismo castigo que intentó provocar (Deuteronomio 19:16-20). Las palabras tienen peso legal, moral y eterno.
Pero esta prohibición va mucho más allá del estrado de un tribunal. Incluye la difamación, que es hablar mal de alguien con el fin de hacerle daño o sacar provecho personal. Incluye también el chisme, que es divulgar asuntos personales de otros sin su autorización, en su ausencia, afectando su reputación ante quienes no tienen por qué saberlo. La Biblia es clara: ‘El que anda en chismes revela secretos’ (Proverbios 11:13), y ‘donde no hay chismoso, cesa la contienda’ (Proverbios 26:20).
Y también prohíbe la mentira en general, aunque parezca que no le hace daño a nadie. No existe una categoría de ‘mentiras blancas’ aceptables delante de Dios. Toda falsedad viola este mandamiento.
Algo más: no solo el que habla es culpable. También lo es quien escucha con agrado. Como escribió el reformador Juan Calvino, el deseo de escuchar chismes y prestarles oído está tan prohibido como el hecho de hacerle daño a otros con la lengua. Cuando abrimos nuestros oídos a lo que no deberíamos escuchar, también participamos del pecado.
Lo que el Noveno Mandamiento Promueve
Todo mandamiento expresado en forma negativa tiene una cara positiva. Este no es la excepción. Al decirnos lo que no debemos hacer, también nos señala lo que sí debemos cultivar.
Primero: hablar conforme a la verdad. El apóstol Pablo nos exhorta: ‘Dejando a un lado la falsedad, hablen verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros’ (Efesios 4:25). Esto incluye no solo evitar la mentira directa, sino también no callar la verdad cuando hacerlo perjudica a alguien inocente. Si sabes que una acusación es falsa y guardas silencio, tu silencio también es una forma de falso testimonio.
Segundo: proteger la reputación del prójimo. Todo ser humano fue creado a imagen de Dios, y eso le da una dignidad que merece ser respetada. Santiago lo dice con claridad: con la misma boca con la que bendecimos a Dios, no podemos maldecir a quienes fueron hechos a su imagen (Santiago 3:9-10).
Esto aplica también a cómo tratamos a quienes cometen faltas. Jesús mismo estableció un proceso de restauración que cuida la reputación de la persona: primero ir a solas, luego con testigos, y solo si no hay arrepentimiento, involucrar a la iglesia (Mateo 18:15-17). El objetivo es restaurar, no destruir. Y Gálatas 6:1 nos recuerda que debemos hacerlo ‘en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado’.
Lo que el Noveno Mandamiento Revela
Este mandamiento también funciona como un espejo que nos muestra los ídolos de nuestro corazón. Dos de ellos son especialmente relevantes.
El primero es el temor al hombre. Cuando mentimos o distorsionamos la verdad para escapar de una situación difícil, estamos poniendo el miedo a las consecuencias humanas por encima del temor a Dios. Jesús nos llama a un orden diferente: ‘No teman a los que matan el cuerpo… más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno’ (Mateo 10:28).
El segundo es el amor excesivo por las cosas de este mundo. Con frecuencia mentimos para obtener lo que deseamos o para no perder lo que tenemos. Cuando el corazón codicia, la lengua miente.
¿Qué Dicen Tus Palabras sobre Ti?
Esta es la pregunta más incómoda y más necesaria. El Señor Jesús dijo: ‘De toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado’ (Mateo 12:36-37). Nuestras palabras revelan lo que hay en nuestro corazón.
Si este sermón te ha traído convicción, hay buenas noticias: Cristo murió por todos nuestros pecados, incluyendo los pecados de la lengua. Puedes confesar tu pecado a Dios y recibir su perdón. Y si has lastimado a alguien con tus palabras, busca la reconciliación hasta donde te sea posible.
Pero si algo de lo que has leído te ha dejado indiferente, vale la pena preguntarse con honestidad: ¿qué dice eso sobre mi condición espiritual? El profeta Isaías, al contemplar la santidad de Dios, exclamó: ‘¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos’ (Isaías 6:5). Una visión genuina de la santidad de Dios siempre nos lleva a ver nuestra necesidad.
Mientras que Satanás es ‘mentiroso y el padre de la mentira’ (Juan 8:44), nuestro Señor Jesucristo es la verdad misma (Juan 14:6). Vivir conforme a este mandamiento es vivir a la imagen de Cristo, reflejando el carácter de un Dios que ‘no es hombre para que mienta’ (Números 23:19).
Que nuestras palabras sean cada día más un reflejo de Aquel que es la Verdad.

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