Introducción
¿Sabes cuál es tu lugar en el cuerpo de Cristo? ¿Alguna vez te has preguntado cuál es tu lugar en esta iglesia? No tu lugar en la silla donde estás sentado, sino tu lugar en el cuerpo de Cristo, tu función específica dentro de esta congregación.
Es una pregunta importante porque hay creyentes que llevan años asistiendo fielmente, que aman al Señor de manera genuina, que nunca faltan a los cultos y las reuniones, y sin embargo viven como espectadores de lo que otros hacen.
No porque sean perezosos ni indiferentes, sino porque nadie les ha enseñado una verdad fundamental: el día que el Espíritu Santo los regeneró, también los equipó para servir.
En 1926, una compañía petrolera hizo perforaciones exploratorias en el rancho de Ira Yates, en el condado de Pecos, Texas, Estados Unidos. Yates era un hombre que vivía en extrema pobreza, no podía pagar la hipoteca de su tierra y dependía de ayuda del gobierno para sobrevivir. Cuando los perforadores llegaron a su propiedad, descubrieron uno de los yacimientos de petróleo más grandes de Estados Unidos. Yates había vivido en la miseria durante años siendo dueño de una riqueza incalculable que nunca supo que tenía.
Muchos creyentes viven una situación espiritual muy parecida, son ricos sin saberlo, y viven como pobres espirituales. El Espíritu Santo ha depositado en ellos capacidades reales para servir al cuerpo de Cristo, pero no las conocen, las ignoran o las tienen sin usar. No porque Dios no les haya dado nada, sino porque nadie les ha enseñado a reconocer lo que tienen.
Eso no es una exageración ni una metáfora, es lo que dice la Palabra de Dios en 1 Corintios 12.7, donde Pablo afirma sin excepción:
«a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común.» (1 Corintios 12.7)
A cada uno. No a los pastores solamente. No a los que tienen formación teológica. No a los que llevan más tiempo en la fe. A cada uno, a cada creyente.
Y sin embargo, en muchas iglesias el ministerio recae sobre un grupo pequeño que lo hace todo, mientras la mayoría observa, consume y espera, pero ese no es el diseño de Cristo para su iglesia.
«de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.» (Efesios 4.16)
Esta mañana vamos a ver tres verdades que la Palabra de Dios nos enseña sobre los dones espirituales.
I. ¿Qué son los dones espirituales? Porque no podemos usar lo que no conocemos.
II. ¿A quién da Cristo dones espirituales y para qué? Porque entender el para qué se nos dan los dones, cambia completamente la manera en que los buscamos y los ejercemos.
III. ¿Cómo descubrir y usar mis dones espirituales? Porque conocer un don sin ejercerlo es como tener una herramienta guardada en una caja mientras la obra espera.
Y cerraremos viendo cuatro bendiciones concretas que recibe una iglesia cuando cada miembro ministra fielmente lo que Cristo le ha dado. La meta de este mensaje no es darte información sobre los dones; es ayudarte a reconocerlos en ti mismo y en los demás, y a ponerlos en operación en este cuerpo, para la gloria de Cristo.
I. ¿Qué son los dones espirituales?
Los dones espirituales son capacidades dadas por Dios a cada creyente para llevar a cabo un ministerio en beneficio del cuerpo de Cristo. Vamos a 1 Corintios 12.1-7 porque el análisis de las palabras usadas en este pasaje nos ayuda a entender con mayor claridad qué son los dones espirituales, y cómo operan en la iglesia.
Contexto del pasaje
Pablo escribe a la iglesia de Corinto, una congregación privilegiada en dones pero profundamente dividida. Los corintios venían de un trasfondo pagano donde los cultos religiosos producían experiencias emocionales intensas y fenómenos que parecían sobrenaturales, pero que no tenían nada que ver con el Dios verdadero.
Cuando se convirtieron, corrían el riesgo de confundir cualquier experiencia espiritual intensa con la obra del Espíritu Santo. Por eso Pablo, antes de explicar los dones, establece el punto de partida: la marca del Espíritu verdadero es que siempre lleva a reconocer y honrar a Jesucristo como Señor. La razón es teológica y clara: el Espíritu fue enviado para glorificar a Cristo, como Jesús mismo lo enseñó:
«Él me glorificará.» (Juan 16.14)
Por eso cualquier experiencia o don que desvíe la atención de Cristo, por más impresionante que parezca, no viene del Espíritu de Dios.
Con ese fundamento establecido, Pablo cita dos ejemplos extremos en los versículos 2 y 3: nadie que hable por el Espíritu de Dios puede decir «Jesús es anatema», y nadie puede confesar genuinamente «Jesús es el Señor» sino por el Espíritu Santo.
«En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que sean ignorantes. Ustedes saben que cuando eran paganos, de una manera u otra eran arrastrados hacia los ídolos mudos. Por tanto, les hago saber que nadie hablando por el Espíritu de Dios, dice: «Jesús es anatema»; y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», excepto por el Espíritu Santo.» (1 Corintios 12.1-3)
Solo con ese criterio claro pasa Pablo a describir la naturaleza de los dones en los versículos 4–7:
«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común.» (1 Corintios 12.4-7)
Este contexto es importante para nosotros hoy porque vivimos en un momento de igual confusión. Muchas cosas se presentan como dones espirituales que no tienen como centro la exaltación de Cristo ni la edificación del cuerpo. Por eso debemos conocer bien qué son los dones según la Palabra de Dios antes de buscarlos o ejercerlos.
A. Son realidades espirituales que provienen de la operación del Espíritu Santo
«En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que sean ignorantes.» (1 Corintios 12.1)
Pablo abre el tema con la palabra griega pneumatikōn, que significa «cosas espirituales» o «realidades que pertenecen al Espíritu.» El original no dice «dones» todavía, aunque está implícito en el contexto; esa palabra aparecerá en el versículo 4.
Estas capacidades NO tienen su origen en el ser humano sino en el Espíritu Santo, y operan en la iglesia como resultado de su obra en la vida de los creyentes.
La NTV ayuda a captar la idea cuando traduce: «las capacidades especiales que el Espíritu nos da». Aunque no es una traducción literal, comunica correctamente el sentido del pasaje.
Nota. Esto implica que los dones espirituales no deben confundirse con los talentos naturales. Un músico puede tener una habilidad extraordinaria para componer e interpretar desde niño sin ser creyente, porque ese talento es expresión de la gracia común de Dios.
Pero cuando ese mismo músico se convierte, dos cosas pueden ocurrir: su talento musical, que antes usaba para su propio beneficio o entretenimiento, ahora lo pone al servicio de la adoración y la edificación del cuerpo.
Y al mismo tiempo el Espíritu Santo puede darle un don espiritual, como el de enseñanza o exhortación, que no tenía antes de la salvación y que opera con una dimensión completamente distinta a cualquier habilidad natural. El talento lo tenía desde antes; el don lo recibió cuando nació de nuevo.
Lo mismo ocurre con la enseñanza: hay personas que son buenos maestros, que explican un tema con claridad sin ser creyentes, pero el don de enseñanza es una capacidad dada por el Espíritu exclusivamente para abrir, explicar y aplicar la Palabra de Dios de manera que los creyentes sean edificados, y ese don solo opera en quien ha nacido de nuevo.
B. Son regalos dados por la gracia de Dios, no premios por la madurez espiritual
«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.» (1 Corintios 12.4)
En el versículo 4 aparece por primera vez la palabra que usualmente traducimos como «dones»: charísmata, que proviene de charis, gracia.
Su mismo nombre nos recuerda que son «regalos de gracia», lo cual define por su nombre de dónde vienen y por qué se dan: no se dan por mérito humano sino por la gracia, por la generosidad soberana de Dios. Pablo lo confirma:
«Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo.» (Efesios 4.7)
La iglesia de Corinto ilustra esta verdad de manera contundente. Era una congregación con abundancia de dones, como el mismo Pablo reconoce:
«nada les falta en ningún don» (1 Corintios 1.7)
Y sin embargo también era una iglesia con divisiones profundas, inmoralidad y desorden.
Dios no les retiró los dones por sus fallos ni los había dado en reconocimiento de su madurez. Los dones no se nos dan porque merecemos recibirlos, sino que se nos dan a pesar de lo que somos, porque son expresión de la gracia de Dios, no del mérito del creyente.
C. Son dados con el propósito de servir, no de exhibir
«Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.» (1 Corintios 12.5)
En el versículo 5 Pablo usa la palabra griega diakoniai, que significa servicios o ministerios, y está directamente relacionada con diákonos, siervo. Desde su nombre mismo, los dones tienen una sola dirección: su uso es hacia afuera, hacia los demás, hacia el cuerpo. Cristo mismo es el modelo de este principio:
«Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos.» (Marcos 10.45)
Así como Cristo vino a servir, el Espíritu Santo da los dones a los creyentes para que puedan servir a otros dentro del cuerpo. Por eso los dones NO fueron dados como adornos espirituales ni como símbolos de prestigio; son herramientas de servicio, no trofeos de exhibición.
«Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.» (1 Pedro 4.10)
La imagen del administrador es precisa: los dones no nos pertenecen, nos fueron confiados para gestionarlos en beneficio del cuerpo de Cristo. Un don usado para la propia exaltación es un don distorsionado; cumple su propósito únicamente cuando sirve a otros. Piensa en un maestro de escuela dominical que prepara una clase y se pone frente a un espejo a enseñársela a él mismo.
Pregunta para el oyente: ¿Estás usando tu don para que los demás sean edificados, o para que los demás te noten?
Un hermano que tiene facilidad para hablar puede usarla para animar al que está quebrantado, o puede usarla para colocarse en el centro de cada conversación. El don es el mismo; la dirección lo cambia todo.
D. Son una expresión de la energía de Dios que opera en nosotros
«Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos.» (1 Corintios 12.6)
En el versículo 6 Pablo usa la palabra griega energemata, que proviene del verbo energeō, el cual significa operar eficazmente, producir efecto. Los dones espirituales no son capacidades que el creyente administra por su cuenta; son expresiones de la operación eficaz de Dios mismo obrando a través de ellos.
Esto significa que los dones no pueden ejercerse correctamente en las propias fuerzas: una persona puede usar sus talentos naturales con disciplina y esfuerzo personal, pero los dones espirituales dependen del poder de Dios para ser efectivos.
«Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención.» (Filipenses 2.13)
Por tanto, cuando los creyentes ejercen sus dones, no es solo el creyente quien actúa; es Dios mismo obrando a través de ellos.
Aplicación. Esto destruye el orgullo en quien tiene dones evidentes, porque el crédito no le pertenece a él sino a Dios que opera en él. Y también quita el desánimo en quien siente que sus capacidades son limitadas, porque la eficacia del don no depende de sus fuerzas sino del poder de Dios.
E. Son manifestaciones visibles del Espíritu para el bien común, sin excepción
«Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común.» (1 Corintios 12.7)
El versículo 7 cierra esta sección con una afirmación que lo resume todo. La palabra griega phanerōsis significa manifestación, algo que se hace visible o evidente.
Los dones espirituales son manifestaciones visibles de la obra invisible del Espíritu Santo; cuando son ejercidos conforme al propósito de Dios, el Espíritu se hace evidente en medio de su pueblo y las personas pueden ver la obra de Dios actuando en la iglesia.
El texto contiene primero una afirmación que no admite excepciones: a cada uno. No hay creyente genuino excluido. El Espíritu se manifiesta en cada hijo de Dios, y esa manifestación tiene como destino el cuerpo de Cristo entero, para todos los creyentes.
Por eso decir «yo no tengo dones» es, en el fondo, negar la obra del Espíritu en la propia vida. El problema no es la ausencia de dones; el problema suele ser la ignorancia, el descuido o el temor a usarlos.
Y añade inmediatamente el propósito de esa manifestación: para el bien común. Los dones no existen para exaltar las habilidades del que los ejerce ni para atraer la admiración hacia uno mismo; su propósito es glorificar a Dios y edificar a su pueblo, como lo establece:
«El que se gloría, que se gloríe en el Señor.» (1 Corintios 1.31)
Transición. Hemos visto en 1 Corintios 12.1–7 lo que son los dones espirituales: realidades que vienen del Espíritu, regalos de la gracia de Dios, instrumentos de servicio, expresiones de la energía de Dios y manifestaciones visibles del Espíritu para el bien de todos.
Pero esto nos lleva a una pregunta inevitable: ¿a quién le da Cristo estos dones, en qué medida y para qué propósito? Eso es exactamente lo que Efesios 4 nos va a responder.
II. ¿A quién da Cristo dones espirituales y para qué?
«Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo.» (Efesios 4.7)
A. Todo creyente ha recibido uno o varios dones espirituales
Efesios 4.7 no deja margen para excepciones: «Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo».
No se trata de un privilegio reservado para creyentes más maduros o especialmente capacitados; es una realidad que pertenece a todo hijo de Dios.
Esta misma verdad ya la vimos en 1 Corintios 12.7, donde Pablo afirma que «a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común», y Pedro la confirma:
«Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.» (1 Pedro 4.10)
La enseñanza es clara: todo creyente ha recibido uno o varios dones espirituales y, por tanto, todo creyente tiene también la responsabilidad de administrarlos fielmente.
Pablo añade en 1 Corintios 12.11 que el Espíritu reparte los dones «a cada uno en particular como Él quiere».
Con ello enfatiza la soberanía de Dios en la distribución de los dones: ninguno los escoge ni los merece; el Espíritu los concede conforme a su perfecta voluntad.
La razón de esta verdad se entiende mejor cuando Pablo compara la iglesia con un cuerpo humano:
«Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.» (1 Corintios 12.12-13)
Dos verdades sobresalen en este pasaje.
Primero, todo creyente ha sido incorporado al cuerpo de Cristo por la obra del mismo Espíritu, sin distinción de origen, condición social o trasfondo cultural.
Segundo, todos participan de la misma vida espiritual; no existen creyentes de primera y de segunda categoría dentro de la iglesia.
Así como en el cuerpo humano cada miembro tiene una función específica e indispensable, en la iglesia cada creyente ha sido colocado por Dios con uno o varios dones para contribuir al crecimiento del cuerpo.
La ignorancia acerca de esos dones no significa que no existan; solo revela la necesidad de descubrirlos y ponerlos al servicio de los demás.
Transición. Saber que todos los creyentes han recibido dones responde la primera pregunta. Pero surge otra igualmente importante: ¿por qué unos reciben dones diferentes y con distinta medida? Pablo responde esa inquietud en el mismo versículo 7 de Efesios 4.
B. Cristo distribuye los dones conforme a Su medida y sabiduría
«Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo.» (Efesios 4.7)
La expresión conforme a la medida implica diseño, proporción y propósito. Cristo no distribuye los dones al azar ni de manera uniforme; los da con precisión soberana, sabiendo exactamente lo que cada miembro necesita para cumplir su función y lo que el cuerpo necesita de cada uno de sus miembros.
Dos ilustraciones ayudan a entender esta idea. Un sastre experimentado no corta todas las piezas con las mismas medidas; mide a cada persona con cuidado, porque sabe que una manga demasiado larga arruina el traje, y una cintura demasiado estrecha lo hace inútil.
Cada medida es exacta porque el resultado final tiene que quedar bien hecho. De la misma manera, Cristo mide con precisión lo que da a cada creyente, porque sabe exactamente qué necesita el cuerpo y qué función cumplirá cada miembro dentro de él.
Lo mismo ocurre con una receta de cocina. Cuando un cocinero prepara un plato, cada ingrediente tiene una cantidad específica. Si la sal es poca, el plato queda insípido; si es demasiada, lo arruina. Si falta un ingrediente, el resultado final no es el que se buscaba. Cristo conoce con precisión qué dones necesita su iglesia y en qué medida debe darlos, porque tiene en mente el resultado final: un cuerpo que funcione completo, equilibrado y saludable para su gloria.
Esto tiene tres consecuencias prácticas.
Primera, no todos los creyentes tendrán los mismos dones, y eso es correcto. Solo Cristo recibió el Espíritu sin medida, pues Él da el Espíritu sin medida (Jn. 3.34), y ningún otro creyente posee todos los dones en plenitud. Pablo tenía un don de enseñanza extraordinario; Bernabé tenía un don de consolación tan evidente que su propio nombre significa «hijo de consolación» (Hch. 4.36). Ninguno de los dos tenía lo que tenía el otro en la misma medida, y precisamente por eso se complementaban.
Segunda, todos los creyentes participan en diversas responsabilidades generales del servicio cristiano, como orar, exhortar, evangelizar y consolar, pero algunos tendrán dones más evidentes en ciertas áreas. Todos debemos evangelizar, pero Felipe tenía un don particular de evangelismo que lo llevó a predicar en Samaria con resultados extraordinarios (Hch. 8.5–6), mientras que otros en la misma iglesia evangelizaban en sus contextos cotidianos de manera más sencilla pero igualmente fiel.
Tercera, la efectividad de un mismo don puede variar entre creyentes:
«Pero teniendo diferentes dones, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría.» (Romanos 12.6-8)
Romanos 12.8 lo ilustra cuando Pablo menciona el don de exhortación y añade que quien exhorta debe hacerlo usando su don para exhortar, en la exhortación, dando a entender que hay una dedicación y una intensidad proporcional a la medida recibida.
Dos personas pueden tener el don de exhortación, pero una puede consolar, animar y fortalecer con una profundidad y una eficacia que la otra no alcanza, no porque sea más espiritual sino porque Cristo lo ha dado en una medida distinta.
Ambas son igualmente responsables de usar con fidelidad lo que han recibido. Por eso no debemos compararnos ni envidiar a quienes parecen tener mayor efectividad; lo importante es ser fiel con la medida que Cristo nos ha dado.
C. Cristo da los dones para tres propósitos inseparables
«A fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» (Efesios 4.12)
El primer propósito es capacitar a los santos. La palabra apunta a ajustar, restaurar y preparar completamente para que algo cumpla el propósito para el cual fue diseñado, como colocar un hueso dislocado en su lugar, o remendar una red para que vuelva a ser útil, como lo ilustra Marcos 1.19 con los discípulos remendando sus redes.
Cristo da pastores, maestros y dones a su iglesia para que los creyentes que están fuera de lugar sean restaurados y equipados para servir conforme al propósito de Dios.
El segundo propósito es la obra del ministerio, y esto corrige un error muy extendido: que la obra espiritual le pertenece solo a los pastores. Pablo enseña exactamente lo contrario: los pastores preparan a los santos, y los santos realizan la obra. Toda la iglesia sirve, como lo establece:
«ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios.» (1 Pedro 2.9)
No somos espectadores; venimos a ministrar y a ser ministrados.
No somos como los espectadores en un estadio de béisbol donde hay 60,000 personas mirando el juego y 18 jugadores en el terreno.
El tercer propósito es la edificación del cuerpo. Efesios 4.13–16 describe con precisión cuál es el resultado cuando los dones funcionan correctamente en la iglesia.
Primero, la iglesia crece en unidad:
«hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.» (Efesios 4.13)
Cuando nos ministramos mutuamente con los dones que Cristo nos ha dado, aprendemos a valorarnos y a depender unos de otros, porque nadie tiene todo y todos necesitan algo que otro posee.
Segundo, la iglesia crece en madurez:
«Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error.» (Efesios 4.14)
Una congregación donde cada miembro funciona como debe deja de ser sacudida por todo viento de doctrina y por las artimañas de los que buscan engañar; la madurez doctrinal y espiritual es fruto del ministerio mutuo, no solo de la predicación desde el púlpito.
Tercero, la iglesia crece en semejanza a Cristo:
«Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo…» (Efesios 4.15)
La meta no es simplemente una iglesia activa o bien organizada, sino una iglesia que hable la verdad en amor y que crezca en todos los aspectos en Cristo, que es la cabeza.
Cuarto, la iglesia se edifica cuando cada miembro hace su parte:
«de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.» (Efesios 4.16)
Pablo no dice que algunas partes producen crecimiento; dice que el cuerpo crece cuando cada miembro funciona adecuadamente.
Una iglesia con muchos asistentes pero pocos siervos activos no es una iglesia que está creciendo según el diseño de Cristo; es una iglesia donde el cuerpo no está funcionando como debe.
Aplicación. La pregunta que este punto nos deja es personal y urgente: ¿Estás permitiendo que Cristo te equipe? ¿Estás haciendo la obra del ministerio? ¿Estás contribuyendo a la edificación del cuerpo de Cristo?
III. ¿Cómo descubrir y usar mis dones espirituales?
Descubrir los dones espirituales no es un ejercicio de curiosidad ni una búsqueda mística. Es un proceso espiritual, bíblico y práctico, por medio del cual procuramos entender cómo Cristo quiere usarnos para la edificación del cuerpo y para su gloria.
La pregunta no debe ser solamente «¿qué don tengo?» sino también «¿cómo quiere el Señor que sirva a su pueblo con lo que me ha dado?»
A. Debemos estudiar las Escrituras para conocer lo que Dios dice acerca de los dones espirituales
El primer paso es acudir a la Palabra de Dios. Las Escrituras no nos dicen mencionando nuestro nombre cuál es nuestro don, pero sí nos muestran qué dones existen, cómo funcionan y con qué propósito fueron dados.
«Lámpara es a mis pies Tu palabra, y luz para mi camino.» (Salmo 119.105)
Si queremos saber cómo Dios reparte sus dones y cómo debemos usarlos, esa luz es el punto de partida.
Los pasajes principales que debemos estudiar son:
«Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, úselos: si el de profecía, úselo en proporción a su fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría.» (Romanos 12.6-8)
«Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues a uno le es dada palabra de sabiduría según el Espíritu; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidad por el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversas clases de lenguas, y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, distribuyendo individualmente a cada uno según Su voluntad.» (1 Corintios 12.7-11)
«Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» (Efesios 4.11-12)
«Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.» (1 Pedro 4.10-11)
Nota. Al estudiar estas listas debemos distinguir entre 1) los dones fundacionales o extraordinarios, que pertenecieron al período apostólico y fueron dados para confirmar el mensaje apostólico y establecer las Escrituras, por lo que su función quedó completa con el cierre del canon, y 2) los dones permanentes u ordinarios, que continúan operando en la iglesia hoy.
Esa distinción no limita la obra del Espíritu; la entiende correctamente según lo que las mismas Escrituras enseñan.
Sin ella, cualquier persona puede reclamar tener el don de profecía o de lenguas y añadir autoridad a sus palabras por encima de la Escritura, o manipular a creyentes vulnerables con experiencias que se presentan como obras del Espíritu pero no tienen base bíblica.
Conocer bien esta distinción nos protege de la confusión de quien toma cualquier experiencia emocional intensa como evidencia de un don, y de la manipulación de quien reclama revelaciones o señales para colocarse por encima de la Palabra de Dios.
B. Debemos orar pidiendo sabiduría y dirección
El segundo paso es la oración. El descubrimiento de los dones no depende solo del análisis personal; necesita la luz que Dios da cuando se la pedimos con fe.
«Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» (Santiago 1.5)
Es la voluntad de Dios que sus hijos conozcan cómo los ha equipado para servirle, por eso podemos orar con confianza y perseverancia, pidiéndole que nos muestre dónde quiere usarnos y de qué manera nos ha preparado para ello.
C. Debemos examinarnos con honestidad y humildad
El tercer paso toca el corazón. Antes de preguntar «¿qué don tengo?» hay que preguntar «¿para qué quiero saberlo?» El don descubierto por orgullo o por deseo de reconocimiento se convierte en una trampa.
«que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno.» (Romanos 12.3)
Aplicación. Hay una diferencia importante entre acercarse a este proceso diciendo «Señor, muéstrame mis dones para poder servirte mejor y edificar a tu iglesia» y acercarse diciendo «quiero saber cuál es mi don para destacarme entre los demás.»
La primera actitud nace de un corazón dispuesto a servir; la segunda nace del orgullo. Santiago lo advierte con claridad:
«Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres.» (Santiago 4.3)
El creyente que se examina con humildad, genuinamente dispuesto a ser usado donde Cristo lo coloque, está en la mejor posición para descubrir lo que Dios ha puesto en él.
Aplicación. Una evaluación honesta incluye tres preguntas concretas: ¿qué capacidades o inclinaciones observo en mi propia vida? ¿En qué momentos Dios me ha usado para bendecir a otros? ¿En qué áreas he visto crecimiento y fruto con el tiempo?
D. Debemos buscar el consejo de creyentes maduros
El cuarto paso es buscar consejo.
«Sin consulta, los planes se frustran, pero con muchos consejeros, triunfan.» (Proverbios 15.22)
Muchas personas no saben cuál es su don porque nadie les ha dicho cómo han sido de bendición para ellos. Vivimos en una cultura que promueve el autodescubrimiento, pero la Palabra de Dios enseña que la sabiduría se encuentra en la comunidad, no en el aislamiento.
Hay tres razones por las que el consejo de otros es indispensable en este proceso.
Primera, a veces otros ven en nosotros lo que nosotros mismos no hemos notado. Una persona puede tener el don de misericordia sin haberlo identificado nunca como tal, pero quienes la rodean han visto durante años cómo acude instintivamente a los que sufren, cómo los consuela con palabras precisas y cómo su presencia trae paz en medio del dolor. Nadie le dijo que tenía ese don, pero todos lo han experimentado.
Segunda, el consejo de creyentes maduros nos protege del autoengaño. Es posible pensar que tenemos un don que en realidad no tenemos, especialmente cuando el deseo de tenerlo es más fuerte que la evidencia de su presencia. Un pastor o un anciano que nos conozca bien puede ayudarnos a distinguir entre un deseo legítimo de servir y un don genuinamente dado por el Espíritu.
Tercera, la confirmación de la iglesia ha sido históricamente parte del proceso de reconocimiento de los dones. En el Nuevo Testamento, los dones no eran simplemente declarados por el individuo; eran reconocidos y confirmados por la comunidad. Timoteo recibió confirmación de su don a través de la imposición de manos del presbiterio, como lo recuerda Pablo:
«No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio.» (1 Timoteo 4.14)
Por eso, si genuinamente quieres descubrir tus dones, acércate a tu pastor, a un anciano o a un hermano maduro que te conozca bien, y hazle dos preguntas concretas: ¿en qué me has visto servir con mayor eficacia? ¿Dónde has visto a Dios usar mi vida para bendecir a otros? Las respuestas pueden sorprenderte.
E. Debemos comenzar a servir, porque los dones se aclaran en el ejercicio
El quinto paso es el más concreto: comenzar a servir. Los dones no se descubren solo en la reflexión; se descubren también en la práctica.
«te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos.» (2 Timoteo 1.6)
La imagen de avivar el fuego habla de añadir leña a una llama que comienza a debilitarse. El don no desaparece, pero puede quedar sin uso, y un don sin uso es un don que no está cumpliendo el propósito para el cual fue dado.
Esto tiene una implicación práctica muy importante: no es necesario estar completamente seguro de cuál es tu don antes de comenzar a servir.
Muchos creyentes caen en la trampa de esperar una claridad perfecta antes de dar el primer paso, y esa espera puede durar años. La claridad no llega antes del servicio; llega durante el servicio.
A medida que servimos en los espacios que Dios abre, va quedando más claro dónde hay fruto, dónde hay eficacia y dónde el Señor está obrando a través de nosotros. El don se confirma en el ejercicio, no en la espera.
Piensa en alguien que sospecha tener el don de enseñanza pero nunca ha enseñado. La única manera de confirmarlo es enseñar: preparar una lección para un grupo pequeño, liderar un estudio bíblico, discipular a un nuevo creyente.
Si al hacerlo los demás son edificados, si hay fruto evidente y si el Espíritu parece obrar a través de esa enseñanza, esa es una confirmación poderosa de que el don está ahí. Si en cambio no hay fruto y la experiencia revela que ese no es el área donde Dios lo ha equipado, eso también es información valiosa que lo dirige hacia donde sí lo ha equipado.
Nadie descubrió su don quedándose sentado esperando una revelación; lo descubrió sirviendo con fidelidad en lo que tenía delante. Pedro no sabía que tenía el don de predicación hasta que predicó. Felipe no sabía que tenía el don de evangelismo hasta que fue a Samaria. Los dones se descubren en el camino, no antes de salir.
Conclusión: Cuatro bendiciones que recibe la iglesia cuando cada creyente ministra sus dones
Cristo da dones espirituales a cada creyente, los distribuye con precisión soberana y los destina a propósitos específicos. Cuando la iglesia los conoce y los ejerce fielmente, cuatro bendiciones se hacen evidentes.
A. Los mismos creyentes son bendecidos
La primera es que los mismos creyentes son bendecidos de dos maneras: al ejercitar sus propios dones en beneficio del cuerpo, y al recibir el ministerio de los dones de otros en su propia vida.
Dios nunca diseñó su iglesia para que unos pocos profesionales llevaran a cabo todo el ministerio mientras los demás observan desde sus asientos; la diseñó para que cada miembro sirva y sea servido.
B. La iglesia se convierte en un testigo dinámico
La segunda es que la iglesia se convierte en un testigo dinámico con un poder y una efectividad que de otra manera no podría tener.
No solo los que tienen el don de evangelismo testifican con mayor efectividad, sino que cada creyente, directa o indirectamente, fortalece el testimonio del evangelio ante los inconversos.
Cuando Pedro predicó en Pentecostés, tres mil personas fueron salvas (Hch. 2.41), pero cuando la iglesia de Jerusalén comenzó a ejercitar fielmente sus dones:
«el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.» (Hechos 2.47)
Todos servían, todos participaban de los resultados.
C. Los líderes de Dios emergen
La tercera es que los líderes de Dios emergen. En una iglesia que funciona fielmente, el liderazgo espiritual se hace evidente de manera natural. Hechos 6.1–5 lo ilustra con claridad:
«Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos. Entonces los doce convocaron a la congregación de los discípulos, y dijeron: «No es conveniente que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir mesas. Por tanto, hermanos, escojan de entre ustedes siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra». Lo propuesto tuvo la aprobación de toda la congregación, y escogieron a Esteban, un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, un prosélito de Antioquía.» (Hechos 6.1-5)
Cuando la iglesia de Jerusalén necesitaba hombres que administraran la distribución de alimentos, no los importó de afuera ni los contrató por sus credenciales; los encontró dentro de la congregación, siervos fieles que ya estaban ejerciendo sus dones y cuyo liderazgo era reconocible por todos. Esteban y Felipe emergieron de ese proceso, y ambos terminaron siendo instrumentos poderosos en las manos de Dios.
Los líderes no se forman aprendiendo técnicas de éxito; Dios equipa a sus líderes desde el momento de la salvación, y cuando cumplen las cualificaciones espirituales y morales que enseña su Palabra y sirven en un cuerpo que funciona, el liderazgo florece y se hace reconocible.
D. La iglesia experimenta una unidad profunda
La cuarta es la más difícil de fabricar por medios humanos: una iglesia que ministra sus dones fielmente en el poder del Espíritu experimenta una unidad profunda que ninguna habilidad humana, ningún plan estratégico ni ningún esfuerzo organizacional puede producir.
Esa unidad es fruto del Espíritu, y solo aparece cuando cada miembro hace su parte.
La pregunta que debemos hacer todos hoy no es solo ¿qué don tengo? Sino que es más personal y más urgente: ¿Cómo estoy usando el don que Cristo me dio? Cristo te salvó, te equipó y te puso en su cuerpo con un propósito. No desperdicies lo que Él puso en ti.

