Texto bíblico
«El que robaba, ya no robe; más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad.» — Efesios 4:28
Reflexión devocional
Hay un robo que supera a todos los demás: robarle a Dios. Acán tomó del botín que Dios había reservado para sí, y su pecado escondido comprometió a toda una nación. Ananías y Safira fingieron una generosidad total que no era real, y mintieron al Espíritu Santo. En ambos casos, el juicio de Dios fue severo e inmediato, porque el pecado escondido nunca es solo un asunto privado.
Pero el octavo mandamiento no termina en la prohibición. Tiene un lado positivo: no solo dice «no tomes lo ajeno», sino también «administra bien lo tuyo». A eso la Biblia lo llama mayordomía. Adán no era propietario del jardín; era su administrador. Y nosotros tampoco somos dueños de lo que tenemos: somos mayordomos de Dios.
La mayordomía fiel abarca el cuidado de lo que Dios nos ha dado, el trabajo diligente, el uso fiel del tiempo y los talentos en la comunidad del pueblo de Dios, la generosidad con las riquezas, y vivir para la gloria de Dios en lugar de la nuestra. El arrepentimiento genuino no solo deja de tomar; genera para dar. De ladrón a trabajador, y de trabajador a benefactor.
Aplicación práctica
- Reflexiona sobre una de las cinco dimensiones de la mayordomía —cuidar lo recibido, trabajar con diligencia, dar tiempo y talentos, dar ofrendas, y vivir para la gloria de Dios— y escoge una acción concreta para practicarla esta semana.
- Si hay algo que debes restituir —un salario, un bien, una reputación dañada, o incluso una deuda de generosidad con Dios—, da un primer paso hoy, por pequeño que sea.
Pregunta de reflexión
¿Qué área de la mayordomía fiel —el tiempo, los talentos, las riquezas o la gloria de Dios— revela que has estado viviendo como propietario en lugar de como administrador?
Oración sugerida
Padre, confieso que muchas veces he vivido como si lo que tengo me perteneciera a mí. Ayúdame a recordar que soy mayordomo de todo lo que me has confiado. Dame un corazón generoso, manos diligentes y una vida que te devuelva la gloria que solo a ti te pertenece. En el nombre de Jesús, amén.

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