¿Alguna vez has sentido que tu amor por Cristo es tibio, rutinario, casi mecánico? Vas a la iglesia, lees la Biblia, oras antes de comer, pero si alguien te pidiera describir tu amor por Jesús con una sola palabra, «ferviente» no sería la primera que te vendría a la mente.
No estás solo. Muchos creyentes viven así: cerca de Cristo en apariencia, pero con el corazón frío. Y la pregunta que debemos hacernos con honestidad es: ¿por qué? ¿Qué hace crecer el amor a Cristo? La respuesta la encontramos en una escena poderosa del Evangelio de Lucas.
Una cena que lo cambió todo
En Lucas 7, un fariseo llamado Simón invitó a Jesús a cenar. En medio de esa cena, entró una mujer conocida en la ciudad por su mala fama. Sin decir una sola palabra, se puso a los pies de Jesús, comenzó a llorar, regó sus pies con lágrimas, los secó con su cabello, los besó una y otra vez, y derramó sobre ellos un perfume costoso.
«Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama.» (Lucas 7:47)
Simón, el anfitrión religioso y respetable, observaba la escena con juicio silencioso. Dos personas frente al mismo Señor. Solo una lo amó con pasión. ¿Por qué?
Primero: ama mucho el que ve su deuda
Para explicar la diferencia, Jesús le contó a Simón una historia sencilla: un acreedor tenía dos deudores, uno le debía 500 denarios y el otro 50. Ninguno podía pagar, y el acreedor los perdonó a los dos. ¿Cuál lo amaría más? La respuesta era obvia: el que más le fue perdonado.
Simón probablemente se veía a sí mismo como el deudor de 50, o quizás ni eso. Era un hombre moral, religioso, irreprensible a los ojos de la gente. No veía su propia deuda. Y ahí estaba su problema.
Una visión pequeña de nuestro pecado produce una visión pequeña de nuestro Salvador. Si creemos que Cristo nos rescató de una pequeña cortada, lo agradeceremos poco. Pero si entendemos que nos estábamos ahogando en un mar sin fondo, y que Él se lanzó a salvarnos a costa de su propia vida, el amor que surge es completamente diferente.
No se trata de haber pecado más que otros. Se trata de ver con claridad lo que realmente es tu pecado delante de Dios. El mandamiento más grande es amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. ¿Lo has cumplido un solo día de tu vida? Ese era el pecado de Simón: en su casa quizás no había adulterio, pero tampoco había amor a Dios.
Segundo: ama mucho el que sabe cuánto se le perdonó
La diferencia entre la mujer y Simón no estaba solo en lo que veían, sino en lo que habían experimentado. Ella sabía que había sido perdonada. Él nunca lo había reconocido.
Por eso ella lloró, besó los pies de Cristo y derramó su perfume. Su amor no calculaba cuánto era suficiente. Lo entregaba todo, porque entendía cuánto le había sido dado. Lágrimas de arrepentimiento, besos de gratitud, perfume como entrega total.
Y Simón, que conocía la ley mejor que nadie, no le dio ni agua para los pies. Su corazón era religioso, pero estaba helado. Conocía a Dios en teoría, pero no había experimentado su gracia.
Colosenses 2:13-14 nos dice algo extraordinario: Dios perdonó todos nuestros delitos, canceló el documento de deuda que había contra nosotros, y lo clavó en la cruz. No una parte de la deuda. Todo. Cada pensamiento, cada palabra, cada omisión, cada orgullo secreto. Todo fue clavado allí con Cristo.
Si quieres amar más a Cristo, no empieces por esforzarte más. Empieza por ver con claridad cuánto te ha sido perdonado.
Tercero: ama mucho el que conoce a Aquel que perdona
Al final de la escena, Jesús le dijo a la mujer algo que dejó a todos sin palabras: «Tus pecados han sido perdonados». Los comensales reaccionaron de inmediato: «¿Quién es Este que hasta perdona pecados?»
Exactamente. ¿Quién tiene autoridad para perdonar? Solo Dios. Y eso era precisamente lo que Jesús estaba revelando: que Él es el único que puede cancelar esa deuda.
Luego le dijo: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». No fue su amor lo que la salvó, fue su fe. El amor fue el fruto, no la raíz. Ella creyó en Cristo, y de esa fe brotó un amor que llenó de perfume toda la habitación.
Y esa paz que Jesús le dio no fue una despedida amable. Fue la paz de Dios: el bienestar del alma reconciliada, la conciencia de que ya no hay condena, que ya no hay deuda pendiente.
¿Y tú? Mira tu deuda, luego mira al Salvador
Esta semana, antes de pedirle a Dios que te ayude a amarlo más, haz algo diferente: haz memoria de tu pecado. No solo los grandes y visibles, sino los ocultos: el orgullo, la impaciencia, la indiferencia hacia Dios, los pensamientos que nadie conoce, el creerte el centro del universo.
Mira todo eso. Arrepiéntete. Lamenta haberlo cometido. Pero no te quedes ahí. Por cada pecado que confieses, mira a Cristo. Cuando confieses tu orgullo, celebra la humildad de Cristo. Cuando confieses tu ira, celebra su paciencia. Cuando confieses tu impureza, celebra su perfecta pureza.
La confesión honesta no te hundirá en culpa. Te llevará a adorar.
Una última palabra para los que cargan con su pasado
Quizás alguien aquí lleva años siendo definido por lo que fue: «el adicto», «la que abandonó a sus hijos», «el violento». Simón la veía como «la pecadora». Pero Jesús la llamó perdonada, y le devolvió su identidad.
Si estás en Cristo, tu pasado no tiene la última palabra sobre quién eres. La tiene Jesucristo. Y Él te llama perdonado, hijo, lavado, justificado. Vive desde ahí.
El amor ferviente no nace del esfuerzo. Nace de ver cuánto te ha sido perdonado, y de conocer a Aquel que lo hizo posible.

