Introducción
¿Te ha tocado estar en un área de juegos con niños pequeños? No importa cuántos juguetes haya en el suelo. ¿Cuál es el juguete más interesante y codiciable de todos? El juguete que otro niño toma. Estaba tirado por ahí, sin que nadie le pusiera atención. Pero en el momento en que uno de los niños lo toma y comienza a divertirse, algo se enciende en los demás. Y empieza la guerra.
Los padres lo saben bien. En Navidad o Día de Reyes, compras regalos para tus hijos. Y casi siempre hay uno que termina llorando: «¡No es justo! El de mi hermano es mejor.»
Nadie nos enseñó a codiciar. Pero el germen de la codicia está en nuestros corazones desde que somos concebidos. Solo que, en los adultos, los juguetes cambian de nombre. Se llaman: el carro del vecino, el trabajo del compañero, el matrimonio de los amigos, el cuerpo de la persona en la pantalla. La codicia crece con nosotros, se vuelve más discreta… pero sigue siendo la misma guerra.
Dios no es indiferente a este pecado, por eso incluyó en los Diez Mandamientos uno que parece menor, pero que en realidad es el más aterrador de todos. Lo encontramos en Éxodo 20:17. Escucha con atención:
«No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.» (Éxodo 20:17)
Hoy vamos a concluir con la serie del Decálogo predicando el décimo mandamiento: No Codiciarás. Y mi oración es que todos veamos nuestra codicia como lo que es, idolatría e incredulidad, y que encontremos en el evangelio de Cristo la única fuente de contentamiento genuino.
Ahora bien, para entender este mandamiento, necesitamos responder tres preguntas. La primera es esta: ¿Qué es lo que el mandamiento prohíbe? La segunda: ¿Qué es lo que ordena positivamente? Y la tercera: ¿Qué es lo que revela sobre nosotros y sobre Dios?
I. Lo Que el Mandamiento Prohíbe (v. 17)
Este verbo hebreo —ḥāmad— se traduce también desear, anhelar, deleitarse. La primera vez que aparece esta palabra en la Biblia no es aquí, en el Sinaí. Es en el jardín del Edén. En Génesis 3, cuando Eva vio que el árbol era ‘deseable’ —neḥmad, la misma raíz—, lo que motivó el primer pecado de la humanidad fue la codicia. El décimo mandamiento es la respuesta de Dios a lo que ocurrió en Edén.
Dios no está prohibiendo el desear en sí mismo. Puedo desear tener una casa, una esposa, un trabajo, progresar, aprender. Los deseos no son el problema. Lo que el mandamiento prohíbe es algo más específico: la codicia. Un deseo desordenado, ingobernable y egoísta de algo que Dios no me ha dado.
Ahora bien, después de mandamientos como «No matarás», «No cometerás adulterio», «No hurtarás», terminar el Decálogo con «No codiciarás» puede parecer un anticlímax. Como si este mandamiento no perteneciera a esa liga. Pero es exactamente lo contrario. Lo que hace a este mandamiento tan especial —y tan confrontador— es que es el único que apunta exclusivamente al interior.
Los primeros nueve tienen una demanda visible, una evidencia externa que se puede observar desde afuera. Incluso alguien podría intentar cumplirlos externamente. Un hombre podía ir por la vida sin matar a nadie, sin robar, sin cometer adulterio abiertamente —y sentirse bastante bien consigo mismo. Los fariseos lo hacían. Chequeaban la lista. Nueve de nueve. Promedio perfecto. Pero cuando llegan al décimo mandamiento… Hasta ahí llegó el promedio perfecto.
El décimo mandamiento no te da esa salida. Los primeros nueve mandamientos te pueden hacer sentir que eres una persona decente. El décimo se encarga de quitarte esa ilusión. «Este mandamiento declara en voz alta lo que los otros nueve susurraban.» — Kevin DeYoung
Pablo lo entendió así. En Romanos 7:7 confiesa: «yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: No codiciarás». La codicia ya existía antes del Decálogo, pero nunca se había nombrado como pecado. El mandamiento la sacó a la luz. Y eso es exactamente lo que hace: revela el pecado del corazón antes de que las manos o la boca lo ejecuten. Porque la codicia no se queda quieta. Cuando codicio lo que tienes, estoy a un paso del robo. Cuando codicio a la mujer de otro, estoy a un paso del adulterio.
«La codicia es el pozo del que fluyen los venenos a todas las áreas de las relaciones humanas.» — R.C. Sproul
Este mandamiento cierra el círculo del Decálogo. El primero dice: «No tengas otros dioses aparte de mí.» El décimo dice: «No conviertas tu deseo en un dios.»
Ahora, ¿qué exactamente prohíbe? Dos cosas.
A. Desear lo que le pertenece a otra persona
En su sentido más básico, codiciar es querer para uno mismo lo que le pertenece a otro.
«No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.» (Éxodo 20:17)
La casa de tu prójimo: se refiere a todo lo que pertenece al prójimo, no solo la casa física.
Dentro de lo que es el hogar, el mandamiento menciona la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno… y para que no quede ninguna duda, termina con una prohibición absoluta: «ni nada que sea de tu prójimo.» Todo. Sin excepciones.
El primer elemento que menciona es la mujer, que se aplica al cónyuge indistintamente, esposo o esposa. Jesús lo lleva al corazón: «Todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mateo 5:28). El pecado no es la mirada inicial. Es quedarse mirando. Es desear que sea tuya.
Piensa en David. Una tarde, desde la azotea de su palacio, ve a Betsabé bañándose. Podría haber apartado la mirada. No lo hizo. Se quedó viéndola, se deleitó en ella, y la codicia comenzó a subir como un volcán dentro de él. Preguntó quién era. Le dijeron: la esposa de Urías, uno de tus soldados. No le importó. En ese momento, la codicia ya lo había cegado. La mandó a buscar. Se acostó con ella. Y luego, para cubrir su pecado, ordenó la muerte de su propio soldado. ¿Tenía necesidad David de tomar a Betsabé? No. Tenía varias esposas. ¿Tenía Betsabé algo que las demás no tuvieran? No. Pero eso no importa. La codicia no funciona con lógica. No calcula. Nos ciega. Y cuando ciega, convierte al hombre más bendecido en el ladrón más miserable.
Y esto no es solo un problema para los reyes como David. Piensa en este escenario: llevas meses en tu trabajo nuevo, te parqueas en el estacionamiento de los gerentes y te das cuenta de que el carro más viejo del lote es del 2024. El tuyo es del 2010. Funciona perfecto. Hasta ayer estabas contento con él. Pero ahora sientes que necesitas cambiarlo, porque uno no se puede quedar atrás.
Un ejemplo que se acerca más a las mujeres: Quizás visitaste la casa de una amiga y te deslumbró su decoración; saliste de ahí pensando que tu casa, en la cual te sentías feliz hasta ese momento, está fea y abandonada y que necesitas hacer una remodelación. Porque uno no se puede quedar atrás.
No sé si te ha pasado que vas a comer a un restaurante con familiares o amigos y cuando llevan la comida, te parece que los platos de los demás lucen mejores que el tuyo. La codicia se manifiesta aún en cosas pequeñas.
Pero no te dejes engañar por lo pequeño de esos ejemplos.
«¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros?» (Santiago 4:1)
Las guerras que han empobrecido naciones, los pleitos de herencias que han destruido familias, los divorcios que han afectado a hijos, los negocios que han terminado en fraude, las amistades que se han roto por el chisme: detrás de casi todo eso, cuando llegas al fondo del asunto, encuentras la codicia; alguien que quería lo que no era suyo.
«Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición.» (1 Timoteo 6:9)
No dice que podrían hundirse. Dice que se hunden. La codicia no es un defecto de carácter menor. Es un monstruo que, si no se detiene, destruye todo a su paso. Y hay un nivel más profundo y corrupto de codicia que se llama «envidia».
La codicia dice: ‘quiero lo que tienes.’ La envidia va un paso más lejos y dice: ‘me duele que lo tengas tú.’ Una es desorden del deseo. La otra es deseo de que el otro pierda. Cuando te molesta que le den la promoción a un compañero y piensas: «Yo trabajo más que él. Estoy mejor preparado. Me la debieron dar a mí.»
Tal vez, en tu equipo deportivo seleccionaron a otro jugador para el torneo y piensas: «Yo soy mejor jugador que fulano, mil veces. Era a mí que me tenían que escoger». O codiciamos posiciones dentro de la iglesia. Como el levita Coré, que codició el sacerdocio de Aarón. «Yo enseño mejor que ese hermano. No entiendo por qué lo ponen a él.»
La codicia siempre viene acompañada del orgullo. El orgullo te dice que eres mejor que tu prójimo y que por tanto mereces más que él lo que él tiene. El orgullo y la codicia se retroalimentan como dos espejos frente a frente: uno refleja al otro y la imagen se multiplica hasta el infinito.
¿Reconoces ese círculo en tu vida? Si es así, confiésalo como pecado y córtalo mientras todavía está en el corazón, antes de que sus frutos comiencen a manifestarse afuera. Pero el mandamiento no solo prohíbe la codicia hacia lo que pertenece a otro…
B. Desear algo de forma desordenada que Dios no te ha dado
También prohíbe los deseos desordenados por cosas que Dios simplemente no nos ha dado, aunque no pertenezcan a nadie en particular.
Israel en el desierto lo ilustra bien. Tenían maná cada mañana —pan del cielo, provisión directa de Dios— y se hartaron. Lloraban porque querían carne como la de Egipto (Números 11). Dios les dio lo que pedían, pero también los castigó. No porque comer carne fuera malo, sino porque el deseo se había vuelto desordenado, al punto de amargarlos contra la provisión de Dios.
Quizás no codicias los bienes de nadie en particular. Pero anhelas fervientemente cosas que Dios soberanamente no te ha dado todavía —una pareja, un hijo, una posición, una buena salud— al punto de entristecerte, perder el gozo, y en el corazón acusar a Dios de ser injusto contigo. Eso también es codicia.
«La codicia es desear tanto una cosa que no tenemos, al punto de perder el contentamiento en Dios.» — Pastor Sugel Michelén
Dicho de otra forma: la codicia es acusar a Dios de haberte dado poco. Y cuando eso pasa, el apóstol Pablo le pone nombre:
«La avaricia… es idolatría.» (Colosenses 3:5)
Porque la cosa deseada ha ocupado el lugar que solo le pertenece a Dios: la fuente de nuestra satisfacción, nuestra seguridad, nuestra esperanza.
Si eso describe lo que está pasando en tu corazón ahora mismo, reconócelo ante el Señor como lo que es: pecado de codicia. No como una debilidad, no como una circunstancia difícil. Como pecado.
Pero el décimo mandamiento no solo prohíbe. También, en segundo lugar, ordena algo de forma positiva.
II. Lo Que el Mandamiento Ordena (v. 17; Fil 4:11-13; Heb 13:5-6)
La Pregunta 147 del Catecismo Mayor de Westminster pregunta: ¿Cuáles son los deberes que exige el décimo mandamiento? Y responde:
«Una plena satisfacción con nuestra propia condición y una actitud caritativa de toda el alma hacia nuestro prójimo, de tal manera que todos nuestros sentimientos y afectos hacia él tiendan a promover todo su bien.» — Catecismo Mayor de Westminster, Pregunta 147
Dos deberes. Uno hacia adentro: contentamiento. Uno hacia afuera: el bien del prójimo. Y están conectados, porque el que aprende a estar satisfecho en Dios deja de ver al prójimo como competencia y comienza a verlo como alguien a quien amar.
A. El Mandamiento Ordena que Tengamos Contentamiento
«Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque Él mismo ha dicho: ‘NUNCA TE DEJARÉ NI TE DESAMPARARÉ’, de manera que decimos confiadamente: ‘EL SEÑOR ES EL QUE ME AYUDA; NO TEMERÉ. ¿QUÉ PODRÁ HACERME EL HOMBRE?’.» (Hebreos 13:5-6)
¿Te das cuenta? La avaricia y el contentamiento son polos opuestos. Y la raíz del contentamiento no es la disciplina mental ni el optimismo: es una promesa. «Nunca te dejaré ni te desampararé.» Cuando esa promesa te sostiene, el temor a quedarte atrás pierde su poder.
«Contentamiento significa querer lo que Dios quiere para nosotros en lugar de lo que nosotros queremos para nosotros.» — Philip Ryken
En otras palabras: contentamiento no es resignación. Es confianza. Es creer que lo que Dios eligió darte es mejor que lo que tú habrías elegido para ti. Por eso la codicia, además de ser idolatría, es incredulidad. Es no creer que Dios es suficiente. Es actuar como si su promesa no fuera real.
Ahora bien, no pienses que el contentamiento llega solo. Como si un día te despertaras y dijeras: ‘Hoy decidí estar satisfecho con lo que tengo.’ No. Esa decisión duraría hasta que abras tu Instagram. Pablo mismo confiesa que lo aprendió en la escuela de la adversidad:
«He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad. En todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre.» (Filipenses 4:11-12)
¿Cuál es ese secreto? El versículo siguiente:
«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» (Filipenses 4:13)
No es fuerza de voluntad. No es un contentamiento fabricado con esfuerzo propio. Es Cristo. El contentamiento no lo producimos nosotros; se recibe desde arriba, de un Salvador que ya lo dio todo y que prometió no abandonarte. Y cuando ese contentamiento echa raíces en el corazón, produce algo natural: deja de importarme tanto lo que tiene el otro, y comienzo a preocuparme por su bienestar.
B. El Mandamiento Ordena que Busquemos el Bienestar del Prójimo
El amor es la antítesis de la codicia. La codicia mira al prójimo y piensa: «Lo que tienes debería ser mío.» El amor mira al prójimo y piensa: «¿Cómo puedo servirte?»
«Gócense con los que se gozan.» (Romanos 12:15)
Si la codicia me lleva a amargarme cuando mi prójimo prospera, el amor me lleva a gozarme con él. Su bienestar no es una amenaza para mí. Sus dones no compiten con los míos. Todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto, y el mismo Padre de las luces que bendice a mi prójimo, lo hace conmigo de la forma que Él quiere. Por eso me debo gozar con el bienestar del otro. Si no puedes gozarte del bienestar de los demás, estás atrapado en la codicia. Clama a Cristo y dile que te dé un corazón amoroso como el suyo, que se gozo con el bien ajeno.
Pero hay algo que va más allá del gozo: la generosidad. Y aquí está el golpe más duro que puedes darle a la codicia.
«¿Quieres librarte del amor al dinero? No lo agarres. Reparte con liberalidad y verás cómo ese romance que tienes con el dinero comienza a apagarse. El mazo que más duro golpea a la codicia es la generosidad.» — Pastor Sugel Michelén
Cada vez que abres la mano para darle a tu prójimo, le cierras la puerta al ídolo. ¿Cuándo fue la última vez que abriste la mano con generosidad para tu prójimo y golpeaste la codicia?
Pero seamos honestos. Después de ver lo que el mandamiento prohíbe y lo que ordena, algo debería pesarnos. Yo no sé tú, pero cuando me paro frente a este mandamiento con honestidad, entiendo el clamor de Pablo: «Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» Porque el problema no es solo que codiciamos. El problema es que no podemos dejar de hacerlo con solo proponérnoslo. Y eso es precisamente lo que este mandamiento, en tercer lugar, nos revela.
III. Lo Que el Mandamiento Revela (vv. 18-21)
Imagínate en el pie del Monte Sinaí. No como turista. Como israelita recién salido de cuatrocientos años de esclavitud, parado en el desierto, frente a esa montaña. De repente, el monte comienza a temblar. Fuego. Humo espeso que sube hasta el cielo. Un sonido de trompeta que no viene de ningún instrumento humano, que crece y crece sin que nadie lo toque. Y desde adentro de esa nube, una voz.
No es el rugido del viento. Es una voz que habla. Que da mandamientos. Que dice «No codiciarás» y tú sabes, en ese momento, que has codiciado toda tu vida.
Eso fue lo que vivieron los israelitas. Y mira lo que pasó:
«Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte que humeaba. Cuando el pueblo vio aquello, temblaron, y se mantuvieron a distancia. Entonces dijeron a Moisés: ‘Habla tú con nosotros y escucharemos, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos’.» (Éxodo 20:18-19)
Se alejaron. No quisieron que Dios hablara con ellos directamente. Se alejaron y le dijeron a Moisés: tú habla con Él. Nosotros nos quedamos aquí. ¿Por qué? Porque la ley hizo exactamente lo que tiene que hacer: reveló quiénes eran. Y lo que vieron los hizo sentir culpables.
La ley es como un espejo. Te dice con precisión cómo te ves. Pero un espejo no te puede lavar la cara. La ley tiene la capacidad de mostrarme lo que está bien y lo que está mal. Pero también descubre algo vital: que mi corazón es codicioso, engañoso y perverso, y que no tengo el poder en mí mismo para cambiarlo.
La ley me puede hacer culpable, pero no me puede dar un corazón nuevo. Y esa culpa produce la misma reacción que en el Sinaí: alejamiento. Me alejo de Dios porque sé que entre su santidad y mi codicia hay una distancia que yo no puedo cruzar. Necesito un mediador.
Los israelitas lo entendieron esa tarde. Por eso le pidieron a Moisés que fuera su intermediario. Y Moisés se acercó a la densa nube donde estaba Dios, mientras el pueblo se quedaba atrás. Pero Moisés era un mediador imperfecto. Era un hombre como ellos, con sus propias codicias, sus propios miedos. Lo que Israel necesitaba —lo que tú y yo necesitamos— es un Mediador sin pecado, que pueda pararse completamente de nuestro lado y completamente del lado de Dios al mismo tiempo.
Y eso es exactamente lo que Dios envió. Escucha lo que dice Hebreos 12, porque es uno de los contrastes más dramáticos de toda la Biblia:
«Porque ustedes no se han acercado a un monte que se puede tocar, ni a fuego ardiente, ni a tinieblas, ni a oscuridad, ni a torbellino, ni a sonido de trompeta… Ustedes, en cambio, se han acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel.» (Hebreos 12:18-19, 22-24)
No el monte Sinaí. El Monte Sión. No la nube de tormenta. El trono de gracia. Ya no de lejos, sino de cerca. ¿Cómo es eso posible? Por Jesucristo. Él obedeció la ley perfectamente como hombre. Nunca codició. Nunca tuvo motivaciones pecaminosas. Nunca deseó lo que el Padre no le había dado. Vivió la vida que el mandamiento exigía y que tú nunca pudiste vivir. Y esa vida fue acreditada a tu cuenta cuando creíste en Él. No como préstamo. Como regalo.
Y luego fue a la cruz. Cargó todas tus codicias: las veces que miraste con deseo lo que era del otro, las veces que anhelaste lo que Dios no te había dado y lo acusaste de injusto, las veces que pusiste tus deseos en el lugar que solo le pertenece a Él. Todo eso cayó sobre Cristo en la cruz. Y resucitó el tercer día. Para demostrar que la deuda fue saldada. Que el acta de condenación que la ley dictaba contra nosotros fue quitada de en medio. Que la distancia entre tu codicia y la santidad de Dios ya no existe para el que confía en Cristo.
El pueblo en el Sinaí se quedó atrás, temblando, a distancia. ¡Tú puedes acercarte confiadamente!
Conclusión
Volvamos al área de juegos de los niños. Ese niño que vio el juguete del otro y lo quiso —ese niño que no podía explicar por qué lo quería, solo sabía que lo quería— ese niño somos tú y yo. Lo hemos sido toda la vida. Solo que aprendimos a disimularlo mejor. Y hoy este mandamiento nos ha mostrado algo que quizás no queríamos ver: que el problema no está en lo que hacemos o decimos. Está en el corazón.
Pero hay algo que ese niño no sabe todavía, y que tú y yo sí podemos saber hoy: hay algo infinitamente mejor que el juguete del otro. Hay un tesoro que, cuando lo tienes, hace que el juguete del otro pierda todo su atractivo. Es Cristo. El que lo dio todo —el que, siendo Dios, no consideró el serlo como algo a qué aferrarse— ese es el único que puede sanar un corazón codicioso.
La pregunta con la que quiero que salgas hoy no es si vas a volver a codiciar. Sé que vas a codiciar. La pregunta es: ¿a dónde vas a llevar esa codicia cuando aparezca?
Si eres creyente, tienes un Mediador. Puedes llevarla al trono de gracia y decir: «Señor, en este momento no estoy satisfecho contigo. Ayúdame.» Y Él puede hacer lo que la ley nunca pudo.
Y si todavía no has confiado en Cristo, el décimo mandamiento te ha mostrado esta mañana exactamente lo que eres: alguien que ha hecho de las cosas creadas un dios, que ha codiciado lo que no le pertenece, que ha acusado a Dios de no ser suficiente. La ley no te condena para destruirte. Te condena para que veas que necesitas un Salvador.
La codicia siempre busca más. Cristo es el único que, cuando lo tienes, hace que ya no necesites buscar. Y su invitación es simple: ¡Ven! Ven con tu codicia, con tu idolatría, con tus deseos desordenados y arrepiéntete. Él cargó todo eso en la cruz. Y puede recibirte ahora mismo como hijo suyo.
Amén.
