Introducción
En esta mañana he querido hablarles de un tema que probablemente todos han por lo menos oído en alguna ocasión, pero quiero ver si lo podemos hacer de una manera un tanto diferente. Me estoy refiriendo a lo que ha sido llamado como la Gran Comisión, que lamentablemente debido al segundo lugar que le hemos dado, ha pasado a ser la gran omisión en muchos casos.
Cristo entendió esta tarea como algo inmenso, mucho más allá de nuestras capacidades, monumental, complejo para el ser humano, que está muy por encima de nosotros, aún muy por encima de la capacidad de comprenderla, mucho menos de imaginarla. Y es por eso que Él nos dejó instrucciones claras, breves y precisas de cómo se supone que esto se hace.
Siempre he dicho que no puedo entender como mucha gente piensa que la vida cristiana es compleja, porque no me imagino a un Dios todo misericordioso, lleno de gracia, con amor infinito, que diseña una vida para que sus hijos tengan que sufrir a la medida que ellos la vivan. El Dios que yo conozco me habla de una vida abundante.
«para esto yo he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia.» (Juan 10:10)
Y esa abundancia de vida no es simplemente cuando entremos de aquel lado de la gloria para comenzar a vivir, sino en este lado y de esa misma manera.
Cuando tiene que ver con el progreso de la Gran Comisión, no puede requerir un doctorado en un seminario, porque aquellos que la comenzaron no tenían la más mínima instrucción, pero tenían cosas que nosotros quizás no tenemos hoy, lamentablemente.
Lo primero que tengo que entender es que esto es una iniciativa divina, esto no es un proyecto humano, no es una estrategia ingeniosa. Tampoco se hace siguiendo una metodología. Nunca ha sido así y no será así. El más grande misionero de todos los tiempos, el apóstol Pablo, más adelante lo voy a citar, nos deja ver que ciertamente esto requiere dependencia continua y dirección continua de parte del Espíritu de Dios.
Pero quisiera comenzar con un versículo y luego nos vamos a mover al libro de los Hechos, capítulo 1. Ese versículo corresponde a un momento dado en que Cristo está a punto de enviar a su primer grupo de misioneros a un proyecto corto, quizá de un día o quizás de un par de días, y escogió a 72 hombres. Los envió de dos en dos y les dio unas instrucciones bien claras. Escucha lo que Él dice en Lucas 10:2:
«La cosecha es mucha, pero los obreros pocos. Rueguen por tanto al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha.» (Lucas 10:2)
La versión ESV en inglés dice: «Oren con fervor», que es el equivalente a lo que leíste, rueguen. Esto no es una oración sencilla. Tú puedes orar, pero tú puedes rogar, que implica una mayor intensidad.
Jesús presentó el problema. La mies es mucha, es mucho, mucho más grande hoy. Más de 8 mil millones de personas. Pero Él presentó también otra realidad: la solución terrenal es insuficiente. Los obreros son muy pocos. Entonces, esto no es una iniciativa de ustedes, es una iniciativa divina. ¿Qué hacemos? Ustedes van donde el Señor de la cosecha. Y cuando vayan, ruéguenle por esta cosecha que es suya, de manera que Él pueda enviar obreros a su mies. Ustedes son pocos, pero Él tiene más personas a quien puede enviar. Por alguna razón la soberanía de Dios y la oración de los hombres han sido juntadas y unidas de tal forma que Dios quiere obrar frecuentemente en respuesta a las oraciones de su pueblo.
¿Por qué tenemos que orar? Porque este proyecto tiene que ver con la salvación de personas y eso es una obra del Espíritu Santo. ¿Por qué más tenemos que orar? Porque la misión es enorme y eso escapa a nuestra comprensión, habilidades y capacidades. ¿Y por qué más tenemos que orar? Porque como esto es una iniciativa divina, requiere asistencia divina.
Quiero mencionar desde el principio que Jesús, cuando se proponía dar inicio a su propio ministerio, no se atrevió a hacerlo sin ser ungido primero por el Espíritu de Dios. Impresionante. Jesús no inició su ministerio hasta que fue bautizado en el río Jordán. Allí los cielos se abrieron y se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia.» Y el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Inmediatamente después sigue la narrativa de Marcos. Marcos nos dice que Él fue empujado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En el desierto, cuando fue tentado, citó la palabra de Dios tres veces, que había sido también inspirada por el Espíritu Santo. Todo el tiempo, desde que Él entró hasta que Él salió, Cristo dependió del Espíritu Santo.
Cristo se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo. Cristo fue bautizado por el Espíritu, fue empujado al desierto, vivió en el poder del Espíritu, expulsó demonios en el poder del Espíritu. Él mismo dijo que no expulsaba demonios por ninguna otra forma que no fuera por medio del poder del Espíritu. Cuando terminó su vida, fue a la cruz y el texto de Hebreos 9:14 nos dice que fue sostenido allí por el Espíritu eterno. Él muere, tres días después y Romanos 8:11 nos dice que fue levantado entre los muertos por el poder del Espíritu. ¿Te imaginas? La segunda persona en la trinidad no hace nada que no fuera propulsado, motivado, ungido por el Espíritu. Y nosotros nos atrevemos a vivir una vida, tomar decisiones, marchar hacia delante y hacer estrategias sin contar con el Espíritu de Dios. Y luego Él modeló una vida de oración. El binomio oración y dependencia del Espíritu es crucial.
«Pues si ustedes siendo malos saben dar buenas dádivas a los hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11)
Bueno, pastor, el Espíritu ya mora en mí. Te dará la llenura del Espíritu. En otras palabras, si no lo pides, no se te dará. Eso es como Dios ha alambrado muchas veces su obrar. Yo soy soberano, hago lo que me place, pero frecuentemente espero que su pueblo ore para luego obrar.
Cristo cuando instruyó no simplemente dijo: «Oren», dijo: «Oren con fervor, con intensidad, continuamente, sin cesar. No se cansen, no se rindan.» ¿Y cuál fue el resultado de eso? El Señor de la cosecha va a enviar obreros a su mies. Ustedes oran, Yo envío. Esa es la fórmula. No puede ser más sencillo.
Tratar de llevar la Gran Comisión sin orar es tratar de poner la carreta adelante y el caballo atrás. Pero déjame bajártelo a tu vida y a la mía. Tratar de hacer cualquier otra cosa en la vida de un creyente sin orar primero es desear los resultados sin la causa. Y la causa es precisamente la oración. Nosotros oramos, Él envía. Nosotros oramos, Él obra. Tú ora, Él obra. Es sencillo.
Yo creo que nosotros complejizamos la mayoría de las cosas. Complejizamos la vida cristiana, complejizamos la Gran Comisión, complejizamos el matrimonio, complejizamos la crianza de los hijos, complejizamos absolutamente todo sin necesidad. Pero lo que lo complejiza es el yo que no acaba de morir. Como Martín Lutero decía: «Yo pensaba que cuando me bauticé, el yo se ahogó debajo de las aguas y cuando surgí, me di cuenta que él sabía nadar y todavía sigue vivo.»
La Gran Comisión no es una estrategia, es el resultado de una obediencia. ¿Y qué es lo que tengo que obedecer? Ve donde el Señor de la mies. Él enviará obreros a su mies. Quizás tú seas uno de ellos, pero ve donde el Señor de la mies.
El título de mi mensaje es: La Gran Comisión requiere oración desde abajo y poder desde arriba. Donde esas dos cosas se juntan, los resultados se dan de una manera mucho más natural.
I. El Mandato de Esperar
Después que Cristo resucitó, Él pasó 40 días con sus discípulos. Me imagino que habló de muchas cosas, pero todas ellas tenían que ver con una sola. Porque el texto de Lucas, en el libro de los Hechos, dice que Él habló del reino de los cielos. Escucha lo que Él les dijo en Hechos capítulo 1, versículo 4 al 8:
«Y reuniéndolos, les mandó que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, la cual les dijo, oyeron de mí. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días. Entonces los que estaban reunidos le preguntaron: ‘Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?’ Versículo 7, Jesús le contestó: ‘No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad. Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra.'» (Hechos 1:4-8)
No está muy complejo lo que Cristo reveló. Escucha, aquí hay un mandato: no salgan de Jerusalén. No fue una sugerencia, fue una orden. Aquí hay un periodo de espera. No le dio cuánto tiempo. No dijo si serían días, semanas o meses. Esperen. ¿Qué es lo que vamos a esperar? La promesa del Padre, la cual oyeron de mí. De manera que esto que les estoy recordando ahora es algo que ya ustedes conocen. ¿Qué es lo que va a llegar? Es un poder que va a descender sobre ustedes. Y hay una tarea que cumplir: testigos de mi causa en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra.
Tú te imaginas cómo eso debía haber sonado para un grupito que eran tres gatos básicamente: tienes que llevar esta palabra de Dios a los confines de la tierra. Y ya suena grande cuando piensas que la tarea es responsabilidad tuya, pero no es responsabilidad tuya, es responsabilidad de Dios. Tú tienes una sola cosa de la cual eres responsable: obediencia. El resto es de Dios. Tenemos su mandato, un periodo de espera, una promesa, un poder que vendría y una tarea que llevar a cabo.
El centro de gravedad del texto es el versículo 8: «Recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya descendido sobre ustedes para que sean mis testigos.»
Instrucción número uno: No salgan de Jerusalén. ¿Sabes qué? No salieron. Cuando el día de Pentecostés llegó, estaban ahí en Jerusalén. Finalmente están aprendiendo a obedecer. Esa es la condición número uno para ser un testigo de su causa o simplemente para ser un discípulo de Jesús. La obediencia es un requisito indispensable para ser usado por Jesús. Un discípulo no obediente es inservible para el Señor Jesús. Un discípulo que quiere regirse por su propia voluntad es inútil para su misión. La sumisión a su voluntad produce obediencia a sus mandatos.
Es impresionante cuando revisas la vida de Cristo. Por un lado Él dice: «Yo no enseño de mi propia cuenta. Solamente estoy enseñando lo que mi Padre me dijo que les enseñara.» Y cuando tuvo que hablar de lo que Él hacía, dice: «Yo no estoy aquí por mi propia voluntad para hacer mi voluntad. Yo estoy aquí para hacer la voluntad del que me envió.» Y tú, ¿sabes qué? Él fue enviado y tú fuiste enviado. Porque en la misma oración de Juan 17, donde Cristo se refiere al Padre: «Tú me enviaste al mundo, de esa misma manera yo los envío a ellos al mundo.» De esa misma forma Él nos envió. Yo tengo que ser tan fiel como Cristo lo fue. La Gran Comisión requiere gran sumisión.
II. La Espera Activa en Oración
Instrucción número dos: Esperen hasta que descienda poder sobre ustedes. El periodo de espera fue importante porque, como no sabían cuándo vendría ni de qué forma, sirvió para orar. Y ellos lo utilizaron para orar, pero no lo usaron para orar como tú y yo oramos, una vez al día al principio o al final, usualmente para que el Señor nos resuelva algún problema de forma utilitarista. Eso no es lo que complace a Dios. Escucha lo que Hechos 1:14 dice:
«Todos estaban unánimes, entregados de continuo a la oración junto con las mujeres.» (Hechos 1:14)
Eso no es una oración ordinaria. Unánimes, entregados de continuo a la oración. Aprendieron a orar sin cesar.
La espera los impulsó a orar, pero también la espera los enseñó a confiar en lo que Dios había prometido. Lo que Dios promete, Dios cumple. Si Él prometió que el poder vendría, quédate en Jerusalén hasta que llegue. La oración fue vital para lo que iba a seguir.
La oración sigue siendo importante en tu vida, sigue siendo vital, porque tú vas a orar donde el Señor y frecuentemente vienes con un problema que tus hijos tienen o una cirugía, enfocado en el aquí y el ahora y la posibilidad de sufrimiento o de dolor. Cuando comienzas a orar, la oración desvía tu atención y la levanta del aquí y el ahora y la pone en las manos de aquel que controla tu vida, en las manos de aquel que gobierna el mundo y tu vida al mismo tiempo. Cristo les enseñó que cuando tiene que ver con su plan, lo mejor que tú y yo podemos hacer es orar al Señor de la mies.
III. La Promesa del Poder
Instrucción número tres: Esperen por la promesa. Cristo les dijo esto antes de ascender. Lo leímos en Hechos 1. Escucha lo que Lucas dice en 24:49:
«Por tanto, yo enviaré sobre ustedes la promesa de mi Padre, pero ustedes permanezcan en la ciudad de Jerusalén hasta que sean investidos con poder de lo alto.» (Lucas 24:49)
Ellos no sabían lo que este poder era, pero no iba a ser una fuerza, era una persona, y no cualquier persona, la tercera persona de la trinidad. Quédense en la ciudad. No quiero que prediquen, no quiero que ministren, no quiero que testifiquen, no se muevan, no den testimonio. Ustedes no están capacitados. Esto es algo sobrenatural. Esperen hasta ser empoderados y luego podrán ir hacia delante.
Quizás ellos habían oído en alguna de las enseñanzas de Cristo acerca del Espíritu Santo, pero tenían que aprender algunas otras cosas todavía. Estando en el aposento alto en Juan 14, Cristo les habla de ese poder y de ese Espíritu que estaba en ese momento entre ustedes, pero que pronto estará en ustedes. Habrá un cambio. El Espíritu ha estado con ustedes, entre ustedes, pero pronto estará en ustedes.
Si hay algo que nosotros podemos descifrar del libro de los Hechos, es que todo lo que lees allí es el fruto de la obra de empoderamiento del Espíritu de Dios para la misión de Dios.
Para predicar eficazmente se requiere del poder del Espíritu Santo. Cualquier mensaje que cualquier predicador traiga a una congregación es más o menos efectivo conforme a como el Espíritu de Dios obra en esta mañana. Si el Espíritu no se mueve, el mensaje cae frío sin ningún efecto. Pero si el Espíritu decide aplicarlo, es mucho lo que pudiera ocurrir en un solo día.
Para predicar bajo persecución, como esa iglesia predicó, iban a necesitar valentía, coraje, y eso es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Para que una persona sea salva, tiene que nacer de nuevo y esa obra de regeneración la produce el Espíritu Santo. Para continuar en el ministerio de una manera fiel, necesitamos una llenura que continúe llegando a nosotros en la medida en que vamos siendo vaciados cuando hacemos el trabajo de Dios.
Lamentablemente muchos de los tropiezos y caídas de los hijos de Dios se han producido porque habiendo estado llenos en un momento dado, comenzaron a dar y a vaciarse, y llegó el tropiezo justamente cuando ya no quedaba mucho de esa llenura. La llenura del Espíritu es vital para la vida diaria y sobre todo para esta Gran Comisión.
IV. La Tarea: Ser Testigos hasta los Confines de la Tierra
Instrucción número cuatro: Evangelizar hasta los confines de la tierra. ¿Te imaginas cuál es la tarea? Necesitamos redimir y reunir a gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación. Esto es una iniciativa divina que requiere una intervención divina. Por eso Cristo les dice: «No salgan porque esto requiere poder de lo alto, oración desde abajo y poder desde arriba.»
No sé dónde nosotros nos perdimos con relación a la obra del Espíritu Santo. Yo creo que cuando un círculo de creyentes en la iglesia de Cristo en general ha tomado una doctrina y ha hecho mal uso de ella, el resto de nosotros le tenemos alergia a esa doctrina y no la queremos predicar. No quiero ofender a nadie que venga del trasfondo pentecostal, pero muchas veces en ese círculo la obra del Espíritu se ha enfatizado de una manera que no es exactamente bíblica, y entonces nosotros los reformados no queremos hablar del Espíritu Santo. Pero eso está en toda la palabra, de principio a fin: no podemos hacer absolutamente nada sin la dependencia del Espíritu de Dios.
Déjame leerte el texto de la Gran Comisión para que veas, y pregúntate cuántas veces has oído este texto leído o predicado donde se enfatice que requiere la obra del Espíritu de principio a fin.
«Acercándose Jesús, les dijo: ‘Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y recuerden, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.'» (Mateo 28:18-20)
Analicemos este texto. Lo primero es que Cristo les dice: «Hagan discípulos.» Sí, pero ¿cómo llegan a ser discípulos? Tienen que nacer de nuevo, y eso es una obra del Espíritu, la obra de regeneración del Espíritu de Dios. Número dos: cuando ustedes les prediquen y ellos entreguen su vida al Señor, los van a bautizar. ¿En quién? En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Trinidad entera está involucrada en este proceso de dar testimonio público de que he nacido de nuevo. Número tres: tienen que enseñarles a obedecer. La enseñanza es un don del Espíritu de Dios. Aquellos que son dotados con el don de enseñanza, Dios los llama a enseñar la palabra. No puedo enseñar efectivamente a menos que Dios me haya dado el don de la enseñanza. Y además tengo que enseñarles a obedecer todo lo que Cristo enseñó.
«Él es quien pone en ti el querer y el hacer.» (Filipenses 2:13)
El Espíritu de Dios viene a morar en ti y tiene la capacidad de motivar dentro de ti el querer obedecer. Y si te falta algún poder, Él pone el poder también para obedecer. La vida de obediencia es secundaria a un empoderamiento del Espíritu. Y el empoderamiento del Espíritu es secundario a una rendición que yo hago de mi vida. La cosa se complica cuando yo quiero los resultados sin la causa.
«Señor, ordena lo que tú quieras, pero concede lo que ordenas.» — Agustín de Hipona
Él entendió que Dios ordena, pero Él concede cuando yo me someto y renuncio a mi propia vida.
Al final del texto de la Gran Comisión, Cristo dice: «Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo.» ¿Cómo es que Cristo está conmigo todos los días? Por medio del Espíritu que mora en mí. De manera que la Gran Comisión está bajo la dirección del Espíritu de Dios para la gloria de Cristo. Esta es la era del Espíritu para la gloria de Cristo.
Cuando revisas el libro de los Hechos, pudiera llamarse el libro de los Hechos del Espíritu Santo. Si tú remueves el Espíritu Santo, no hay libro de los Hechos. Pero como Él vino a glorificar a Cristo, si remueves a Cristo del libro de los Hechos, el Espíritu Santo no tiene nada que decir porque Él vino a glorificar a Cristo esencialmente.
V. Dependencia Diaria del Espíritu
La Gran Comisión no es una estrategia humana porque no es algo que yo puedo planificar metodológicamente. Nos encantan las fórmulas, pero no es así. No solo porque cada iglesia no es igual, cada región no es igual, cada área no está en la misma situación, sino también porque yo no conozco los planes de Dios ni la dirección en que Dios se quiere mover.
Pablo mismo tenía que aprender eso. Él comenzó a plantar iglesia, plantar iglesia. En un momento dado llegó a la región de Frigia y Galacia, en Asia Menor, hoy Turquía. Y el Espíritu de Dios se le apareció y le dijo: «Pablo, por aquí no, ahora no.» Entonces Pablo se desvía, llega a la región de Misia y quiere entrar a Bitinia. Ahí otra vez el Espíritu le dice: «Esto no es.» Entonces Pablo tiene una visión del varón de Macedonia que le dice: «Ven y ayúdanos.» ¿Y dónde estaba eso? En Europa. Ese es el próximo plan, la próxima parada en el plan de evangelización. Esto es un día a día dependiendo del Espíritu, de su dirección, de esos impulsos internos que Él crea. Ese es el inicio de la evangelización de Europa, que termina en una reforma con la plantación de la iglesia de Filipo, donde estaba Lidia, la vendedora de púrpura. De la misma manera que el Espíritu dirigió la evangelización en el libro de los Hechos, lo sigue haciendo en el día de hoy bajo la unción del Espíritu.
Cuando esta obra comenzó como en grande, comenzó un día en que Pedro, un pescador que no tenía ninguna educación. Cuando avanzas en el libro de los Hechos al capítulo cuatro o cinco, Pedro y Juan están hablando, predicando, testificando, y aquellos que les observaron dijeron: «¿Cómo es que esta gente sin educación, analfabetos casi, hablan de la manera que están hablando?» El texto dice que reconocieron que ellos habían estado con Jesús. No tenían educación, pero sí tuvieron comunión con Jesús. Esa es la diferencia.
Tú puedes leer la Biblia todos los días y no tener comunión con Jesús. Lo que no puede hacer es tener verdadera comunión con Jesús y no leer tu Biblia. Ellos estuvieron con Jesús. La pregunta es si tú y yo estamos con Jesús con frecuencia cuando leemos su palabra o cuando oramos. Ese hombre con poca educación predica un sermón relativamente corto, el primer sermón apostólico, y 3000 nuevos creyentes. Luego en el capítulo 4 hay 5000 hombres. No contaron mujeres, no contaron niños. Quizás la iglesia tenía 7000, 8000, 10000 personas. La iglesia estaba creciendo rápidamente. ¿Y cómo creció? No tenían Biblias, ni el Antiguo Testamento tenían. No tenían instrucción, no tenían seminario, no tenían ningún instituto, no tenían experiencia de liderazgo. ¿Qué era lo que tenían? Oración extraordinaria y el Espíritu de Dios obrando extraordinariamente: la presencia manifiesta del Espíritu de Dios.
La Presencia Manifiesta
Muchos piensan que la presencia manifiesta del Espíritu es algo místico, pero no es nada místico, es algo sumamente práctico. Los puritanos amaban esa expresión. Déjame leerte un versículo que te va a decir cómo se ve.
«Después que oraron, el lugar donde estaban reunidos tembló y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valor.» (Hechos 4:31)
Ahí está. La presencia manifiesta de Dios se vio cuando oraron, fueron llenos del Espíritu, y de repente tenían valor, coraje, valentía, claridad para hablar la palabra de Dios.
En el texto que te leí, nota la conexión: oraron, fueron llenos del Espíritu, hablaron la palabra de Dios con denuedo. Quizás esa es la razón por la que muchos no se atreven a hablar la palabra de Dios, porque nos falta llenura y nos falta llenura porque nos falta oración. Algunos me han dicho: «Pastor, yo soy muy tímido, soy de poco hablar.» Pero la semana pasada te oía hablar de política y estabas muy incandescente, o te oía hablar de béisbol o de tenis, te sabías todos los récords. La pregunta es si te sabes este récord (la Biblia). Oraron, fueron llenos y luego hubo valentía.
«Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y había abundante gracia sobre todos ellos.» (Hechos 4:33)
Eso es la presencia manifiesta de Dios. Dice también que ellos gozaban de gran favor con todo el pueblo. Gente incrédula, gente que muchas veces fue sus contrincantes, de repente gozaban de gran favor de parte de todo el pueblo.
«La mayoría de los eruditos reconoce que la actividad primaria del Espíritu que se enfatiza en el libro de los Hechos es el empoderamiento de los testigos para su misión.» — Craig Keener, Comentario del libro de Hechos
Esto no depende de nosotros. La obra depende del empoderamiento del Espíritu de los testigos para que lleven a cabo la misión.
Jesús no se atrevió a ministrar sin haber sido empoderado por el Espíritu. Él fue al Jordán, fue ungido, luego sale del Jordán, va al desierto y eventualmente comienza a predicar. Llevó a cabo su ministerio en el poder del Espíritu. Expulsó demonios en el poder del Espíritu. Murió sostenido por el Espíritu, como dice Hebreos 9:14, y es resucitado por el poder del Espíritu.
La Necesidad de Iluminación
¿Por qué necesito el Espíritu Santo para esta labor? Toda la semana cuando abro este libro y otros para preparar una clase, una charla, un sermón, una de mis primeras peticiones al Señor es: «Ilumina mi mente para ver lo que yo no puedo ver.» Porque hay cosas que están delante de tus ojos que tú no ves.
El otro día tenía un bulto con tres bolsillos. Abrí uno, le hice así al otro y al otro. Lo hice tres veces y concluí que el glucómetro no estaba ahí, para luego volver más tarde y encontrarlo exactamente en uno de los tres bolsillos. ¿Cómo fue que metí la mano en los tres y no lo encontré? Porque hay cosas que están delante de tus ojos y tú no las ves. En el mundo espiritual es peor que eso. Nuestra visión es mucho más limitada.
«Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que les he dicho.» (Juan 14:26)
Yo les estoy enseñando, pero se les va a olvidar. Has aprendido mucho, pero se te va a olvidar. El Espíritu que mora en ti está a cargo de recordarte lo que hoy estás oyendo.
«Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo o qué hablarán. A esa hora se les dará lo que habrán de hablar. Porque no son ustedes los que hablan, sino el espíritu de su Padre que habla en ustedes.» (Mateo 10:19-20)
Es en el momento de la necesidad donde el Espíritu va a venir a hacer su obra. Es como cuando te van a operar: el anestesiólogo no viene la noche antes y te da la anestesia. Es justo antes de que el cirujano ponga su bisturí sobre la piel cuando se te da la anestesia. En ese momento, lo que tienes que decir se te va a dar.
Ves cómo eso se da en términos prácticos en el capítulo 7 de Hechos con Esteban. Esteban está predicando un sermón largo, hablando de la historia de Israel, de lo necio que había sido el pueblo, cómo rechazaron a Dios, cómo resistieron el Espíritu. Están a punto de apedrearlo. Él cita del Génesis, del Éxodo, de Levítico, de Números, de Josué, de Primera de Reyes, de Segunda de Reyes, de Isaías. Cita de ocho libros diferentes del Antiguo Testamento en un momento donde están a punto de caerle piedras. ¿Cómo fue eso? El Espíritu de Dios vino en el momento y le recordó lo que habría de decir.
«Ninguno de ellos podía resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba.» (Hechos 6:10)
En ese momento Esteban pasó a ser el micrófono y el Espíritu, el vocero.
Si descuidamos la obra del Espíritu Santo en la Gran Comisión, la Gran Comisión se convierte en misión imposible.
«La iglesia cumple su misión únicamente confiando en el empoderamiento del Espíritu. Los acontecimientos de Hechos 2 nos enseñan que el Espíritu provee poder para dar testimonio, produce convicción por medio de la palabra de Dios al dar testimonio, e incorpora a los nuevos creyentes en la iglesia como resultado del testimonio. Si la misión de la iglesia es alcanzar al mundo con el evangelio de Jesucristo, el empoderamiento del Espíritu Santo es indispensable para esa misión. No importa cuán antigua sea nuestra iglesia, no importa cuán buenos sean sus pastores, programas o estrategias, solo si el Espíritu empodera nuestros esfuerzos serán verdaderamente efectivos en lo que realmente importa: transformar vidas para el reino de Dios.» — John D. Harvey, Anointed with Spirit and Power
La obra del Espíritu está entrelazada a lo largo de todo el libro de los Hechos. La palabra «Espíritu» aparece 75 veces. 55 de ellas se escribe con mayúscula, refiriéndose a la tercera persona de la trinidad. El Espíritu Santo es mencionado en el primer capítulo, en el último capítulo y en 15 de los capítulos intermedios.
Nosotros necesitamos predicar ese evangelio dependiendo del Espíritu Santo y de una manera cristocéntrica. Continuamente oigo que la predicación tiene que ser cristocéntrica, y lo aplaudo, estoy de acuerdo, pero todavía no acabo de oír que me digan que tiene que ser cristocéntrica y dependiente del Espíritu. Martín Lloyd-Jones subía al púlpito todos los domingos diciéndose en cada escalón: «Yo creo en el Espíritu Santo, yo creo en el Espíritu Santo, yo creo en el Espíritu Santo.» Y es celebrado como uno de los mejores predicadores del siglo XX.
Es el empoderamiento del Espíritu de una vida rendida a los propósitos de Dios completamente. Todo lo de este mundo se va a quedar. Las cosas viejas pasaron, pues entonces vive como que pasaron. Tienes una nueva vida, pero no puedes seguir viviendo la vida anterior. Tienes vida eterna, pues no puedes vivir la vida eterna con perspectiva terrenal.
Conclusión
El sur global, Asia, África, América Latina, es donde Dios se está moviendo hoy en día. El centro de gravedad de las misiones se piensa que está al norte de África. Esto requiere exposición de la palabra fiel, exegéticamente bien hecha, pero eso no es suficiente. Requiere de un derramamiento del Espíritu de Dios, y eso no ocurre sin que hayamos orado.
Cinco o seis años después de llegar al país, me invitaron a la isla de Barbados con 150 misioneros de una denominación para hablarnos de su nueva visión de cómo alcanzar a las personas. Yo no podía creer que iba a pasar 8 horas de lunes a viernes oyendo de cómo hacer algo y 5 minutos al día de oración. Yo le decía al misionero que me llevó: «Esta gente está loca.» Porque la estrategia era iglesias de hogares. Yo le decía: «Ellos piensan que la estrategia del libro de los Hechos fue iglesias de hogares, pero ellos pasaron por alto que estaban unánimes, de un mismo sentir, de un mismo corazón, entregados de continuo a la oración.» Todo eso lo pasaron por alto para llegar a una estrategia de iglesias de hogares.
Allí oí que 50,000 personas mueren todos los días sin oír de Cristo. Las estadísticas son importantes, pero nunca han enviado a nadie al campo misionero. Ese sentido de culpa nunca ha enviado a nadie. Hay una sola persona que envía obreros a la mies, y es Cristo Jesús. Pero lo hace en respuesta a las oraciones.
«Nunca ha habido un despertar espiritual en ningún país o localidad que no haya comenzado con la oración unida.» — A.T. Pierson
«Cuando Dios desea gran misericordia para su pueblo, primero los impulsa a orar, y después que oren, entonces viene el derramamiento. Porque si Dios no prepara a su pueblo en oración, cuando su misericordia sea derramada, es abusada.» — Matthew Henry
«De esta profecía parece razonable suponer que se cumplirá de la siguiente manera: primero, al pueblo de Dios le dará un espíritu de oración, inspirándolo a unirse en unidad y orar de manera extraordinaria, para que Él ayude a su iglesia, muestre misericordia a la humanidad en general, derrame su Espíritu, avive su obra y extienda su reino en el mundo como lo prometió.» — Jonathan Edwards
Oración extraordinaria. Cristo llamó a las cosas del día a día «añadiduras». Dijo: «Oren por el reino de Dios primero.» Nosotros queremos pasarnos la vida orando por las añadiduras. El más grande avivamiento que Estados Unidos jamás tuvo, el Primer Gran Avivamiento, fue bajo Jonathan Edwards. ¿Y cuál fue su fórmula? Que Dios derrame oración extraordinaria.
La iglesia primitiva no tenía Biblia, no tenía instrucción, no tenía institución, no tenía seminario, no tenían ni siquiera discipulado, pero tenían una vida de oración poderosa y la presencia manifiesta del Espíritu de Dios.
Observa el avance de la palabra en el libro de los Hechos.
«La palabra de Dios crecía y el número de los discípulos se multiplicaba en gran manera en Jerusalén, y muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.» (Hechos 6:7)
«Entretanto, la iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaria, y era edificada, andando en el temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo, seguía creciendo.» (Hechos 9:31)
«La palabra del Señor crecía y se multiplicaba.» (Hechos 12:24)
«Las iglesias eran confirmadas en la fe y diariamente crecían en número.» (Hechos 16:5)
«Así crecía poderosamente y prevalecía la palabra del Señor.» (Hechos 19:20)
«Pablo en Roma predicando el reino de Dios y enseñando todo lo concerniente al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbo.» (Hechos 28:30-31)
Prevalecía la palabra del Señor. ¿Y cómo se dio eso? Oración desde abajo y poder desde arriba.
Tú quieres cambios en tu matrimonio: oración desde abajo, poder desde arriba. Tú quieres cambios en tus hijos: oración desde abajo, poder de arriba. Tú quieres cambios en tu iglesia: oración desde abajo, poder desde arriba. Tú quieres cambios en tus relaciones: oración desde abajo, poder desde arriba. Tú quieres tus padres convertidos: oración desde abajo, poder de arriba.
Nada de esto depende de nosotros. Nosotros somos meros siervos. Tan meros somos que Cristo dijo: «Cuando ustedes lo hayan hecho todo, díganme: siervos inútiles somos.» Como dice mi amigo Otto Sánchez: «Como no lo vamos a hacer todo, lo único que somos es candidatos a siervos inútiles.» Esos somos.
Pero nada mejor que sentirte como un instrumento en las manos del Redentor, haciendo cosas poderosas porque Él es quien las hace, y que Él te deje verlas y que tú puedas decir: «Dios lo hizo.»

Leave a Reply
You must be logged in to post a comment.