No Darás Falso Testimonio
Serie: Los 10 Mandamientos
«No darás falso testimonio contra tu prójimo.» (Éxodo 20:16)
Introducción
Una mujer había hablado mal de otra persona en un pueblo. Después de un tiempo, sintió culpa y fue a pedir consejo. El hombre que la escuchó le dijo: «Toma una almohada de plumas, súbete a un lugar alto, rómpela y deja que el viento se lleve todas las plumas». Ella lo hizo. Luego volvió, pensando que ya había cumplido. Pero entonces él le dijo: «Ahora ve y recoge cada una de las plumas».
La mujer respondió: «Eso es imposible. El viento ya las esparció por todas partes». Y él le dijo: «Así pasa con nuestras palabras. Una vez salen de nuestra boca, ya no siempre podemos controlar hasta dónde llegan ni cuánto daño causan».
Y esa anécdota nos recuerda la importancia del tema que vamos a compartir hoy como parte de la serie de sermones que estamos llevando a cabo y casi finalizando, acerca de los 10 Mandamientos que el Señor le dio al pueblo de Israel por medio de Moisés. Nos corresponde ver el Noveno Mandamiento, citado en Ex 20:16, y que dice: No darás falso testimonio contra tu prójimo.
Lo que decimos con nuestra boca, produce efectos que no siempre se pueden medir, aunque cuando luego nos retractemos de lo que hemos dicho. Y quisiera ver este mandamiento bajo tres encabezados: I- Lo que El Noveno Mandamiento Prohíbe; II- Lo que El Noveno Mandamiento Promueve y en tercer y último lugar, III- Lo Que El Noveno Mandamiento Revela.
I. Lo que el Noveno Mandamiento Prohíbe
Es interesante observar como algunos mandamientos del decálogo son expresados en su forma más extrema, como bien escuché de un predicador en esta semana. En el sexto mandamiento, la peor forma de afectar la integridad física de otra persona es asesinándola; en el séptimo mandamiento, la peor forma de inmoralidad contra mi prójimo es adulterando; en el octavo mandamiento, la peor forma de perjudicar los bienes del otro es hurtándole.
Y lo mismo con el noveno mandamiento. Este mandamiento es expresado en un contexto de juicio en la que un testigo va a declarar con relación a un posible acusado. Y en ese contexto, se prohíbe dar un falso testimonio, que pudiera perjudicarlo de una forma injusta. Y es que, el dar un falso testimonio en un contexto de juicio, donde el acusado puede acarrear una condena, es la forma más extrema de violar dicho mandamiento.
El tema de los testigos en el juicio siempre ha tenido mucha importancia en los juicios. Pero mucho más en un tiempo donde no existían los avances tecnológicos con los que contamos hoy para tener pruebas fidedignas que ayuden a establecer la veracidad o falsedad de la acusación contra una persona. Por eso debía haber al menos dos testigos para una acusación, y había fuertes advertencias contra aquel que acusara falsamente.
«Si un testigo falso se levanta contra un hombre para acusarlo de transgresión, los dos litigantes se presentarán delante del Señor, delante de los sacerdotes y de los jueces que haya en esos días. Y los jueces investigarán minuciosamente; y si el testigo es un testigo falso y ha acusado a su hermano falsamente, entonces ustedes le harán a él lo que él intentaba hacer a su hermano. Así quitarás el mal de en medio de ti. Los demás oirán y temerán, y nunca más volverán a hacer una maldad semejante en medio de ti.» (Deuteronomio 19:16-20)
Pero esta forma extrema de expresar un mandamiento incluye cualquier forma pecaminosa de en nuestro hablar para con otros. Por eso el Catecismo de Heidelberg, (un documento producido por un grupo de teólogos en el siglo XVI) en su pregunta 112, con respecto a que se requiere en este mandamiento, responde en su primera parte lo siguiente:
«Que no dé falso testimonio contra ninguna persona ni falsifique las palabras de nadie; que no sea calumniador ni difamador; que no juzgue a ningún hombre precipitadamente o sin oírlo, ni que me una a los que así lo condenan. Más bien, que evite toda clase de mentiras y engaños, considerándolos obras propias del diablo, a menos que quiera traer sobre mí el gran peso de la ira de Dios…» — Catecismo de Heidelberg, Pregunta 112
Tomando en consideración esta respuesta, este mandamiento prohíbe entonces la difamación, que es cualquier declaración mentirosa que hagamos de otra persona con el fin de hacerle algún tipo de daño o sacar algún tipo de provecho personal.
«No andarás de calumniador entre tu pueblo.» (Levítico 19:16a)
«El testigo falso no quedará sin castigo, Y el que cuenta mentiras no escapará.» (Proverbios 19:5)
Pero aquí también se prohíbe el chisme. En el caso del chisme, no se está pasando necesariamente una información que sea ajena a la verdad. Leyendo algunas definiciones del chisme, tenemos que, el que lo cuenta, con frecuencia lo hace sin tener elementos que comprueben la veracidad de la información que está suministrando.
Dicha información se transmite casi siempre en ausencia de la persona que se está hablando, y se busca divulgar asuntos personales de esta, que puedan afectar su reputación, dichas sin su autorización, a personas que no tienen porque enterarse de la misma, ya que no existe ninguna obligación moral o legal para hacerlo.
Y mis hermanos, al tomar esto en cuenta, podemos llegar a la conclusión, igual que en el resto de los mandamientos, que todos hemos sido culpables de violar este mandamiento de diferentes formas. Una y otra vez la Biblia nos advierte con respecto a nuestro hablar y, sin embargo, este uno de los mandamientos que es más quebrantado, aun entre los cristianos.
«El que guarda su boca, preserva su vida; El que mucho abre sus labios, termina en ruina.» (Proverbios 13:3)
«El chismoso separa los mejores amigos.» (Proverbios 16:28)
«Donde no hay chismoso cesa la contienda.» (Proverbios 26:20)
«No te asocies con el chismoso.» (Proverbios 20:19)
Cuando leemos pasajes como estos, rápidamente damos nuestro asentimiento. Todos estamos de acuerdo en condenar el chisme, siempre y cuando nosotros seamos aquellos de quienes otros puedan estar hablando de una forma negativa. Pero tendemos a ser muy ciegos, o ligeros cuando somos nosotros los que estamos chismeando de otras personas.
Pero la idea de citar estos pasajes ya conocidos no es principalmente para que identifiquemos ese pecado en otros, sino para examinar en qué medida está en nosotros. Y, como es posible que no te consideres una persona chismosa, puede que sea saludable que le preguntes a otros que te conocen bien, si piensan que eres una persona con problemas para controlar tu lengua.
«Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. ¡Pues qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego! También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida.» (Santiago 3:5-6)
¿Cómo estás usando tu lengua, mi hermano?
Además, en la prohibición de este mandamiento se incluye la mentira en sentido general, aunque no parezca que le estemos haciendo daño a nadie. Decirle a otra persona una información falsa, para obtener algún beneficio personal, por pequeño que sea, va en contra de este mandamiento. Aquí no existe una categoría de mentiras blancas o piadosas como frecuentemente se les llama en nuestra cultura.
Pero para participar del chisme no solo se usa la lengua del que lo dice, sino que también está el oído del que lo recibe. Como dice Proverbios 18:8: «Las palabras del chismoso son como bocados deliciosos, Y penetran hasta el fondo de las entrañas.» Por eso Calvino escribió que, el deseo de escuchar a los detractores y la prontitud con que se les presta un oído atento y se da crédito a cualquiera de sus chismes, está tan prohibido como el hecho de hacer daño a los demás.
De modo que, podemos también hacernos culpables del pecado del chisme, cuando prestamos nuestros oídos a asuntos que no deberíamos escuchar. Pero este mandamiento, expresado de forma negativa, de forma implícita tiene algo que promueve. Por eso quiero que veamos en segundo lugar:
II. Lo que el Noveno Mandamiento Promueve
Permítanme repetir nuevamente, pero ahora de forma completa, la respuesta a la pregunta 112 del Catecismo de Heidelberg, con respecto a lo que se requiere en este mandamiento:
«Que no dé falso testimonio contra ninguna persona ni falsifique las palabras de nadie; que no sea calumniador ni difamador; que no juzgue a ningún hombre precipitadamente o sin oírlo, ni que me una a los que así lo condenan. Más bien, que evite toda clase de mentiras y engaños, considerándolos obras propias del diablo, a menos que quiera traer sobre mí el gran peso de la ira de Dios. Se requiere también que en el juicio y en todas las cosas yo ame la verdad, la hable íntegramente y la confiese, y que defienda y promueva el honor y el buen carácter de mi prójimo tanto como pueda.» — Catecismo de Heidelberg, Pregunta 112
Y basado en esta última parte de la respuesta, podemos decir que, de manera positiva, este mandamiento promueve:
A. El Hablar conforme a la verdad
Los creyentes y las personas en general, podemos estar de acuerdo en evitar la mentira. Sin embargo, cuando vemos este mandamiento a la luz de toda la revelación bíblica, sobre todo en el Nuevo Testamento, toma una dimensión más amplia, al exhortarnos a hablar siempre conforme a la verdad.
«Por tanto, dejando a un lado la falsedad, HABLEN VERDAD CADA CUAL CON SU PRÓJIMO, porque somos miembros los unos de los otros.» (Efesios 4:25)
El no decir directamente una mentira, pero callar la verdad que se contrapone, puede en ocasiones, terminar convirtiéndose en una violación del mandamiento.
Si alguien está siendo acusado de algo que no cometió, y tú sabes que eso no es verdad, y sin embargo te quedas callado, aunque no hayas dicho una información falsa, con tu silencio para no decir la verdad, estás contribuyendo a que se cometa una injusticia, de modo que te haces culpable de violar este mandamiento.
Esto no significa que siempre estemos obligados a decir siempre todo lo que sabemos de todo lo que nos pregunten. Como dijimos anteriormente, hay informaciones de otros que no estamos autorizados a decir, y hacerlo constituye un chisme. Por eso dice Proverbios 11:13: «El que anda en chismes revela secretos, Pero el de espíritu leal oculta las cosas.»
Tampoco estamos llamados a decir cosas que ponga en peligro la vida de otros. En las Escrituras tenemos ejemplos, como el de las parteras en Egipto, que cuando vino el edicto de Faraón de matar a todos los nacidos varones, ellas los protegieron, dando una información distinta. O cuando Rahab protegió a los espías que Josué envió para reconocer la tierra de Jericó. De igual manera, cuando los nazis iban a las casas y preguntaban si había judíos escondidos en ellas.
Pero más allá de estas condiciones extraordinarias, como creyentes debemos tener un compromiso estricto con la verdad, aun cuando la misma nos pueda perjudicar.
«El que anda en integridad y obra justicia, Y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, No hace mal a su prójimo, Ni toma reproche contra su amigo… El que aun jurando en perjuicio propio, no cambia.» (Salmo 15:2-4)
Y es que, al no decir falso testimonio contra el prójimo este mandamiento también promueve, de forma positiva, no solo el hablar la verdad, sino:
B. El Proteger la reputación del prójimo
Como dice el final de la respuesta del Catecismo de Heidelberg, que debemos defender y promover el honor y el buen carácter del prójimo, tanto como pueda. Es pensar lo mejor del prójimo, a menos que se demuestre lo contrario. Y con la proliferación de los medios de comunicación masiva, lo normal que vemos es que se busque afectar la reputación de los demás.
Pero como creyentes, nuestro llamado debe ser a cuidar la reputación de los demás hasta donde tal cosa sea posible, porque todo ser humano fue creado a imagen de Dios.
«Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a la imagen de Dios. De la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.» (Santiago 3:9-10)
Una cosa es criticar y mostrar un desacuerdo con respeto hacia otro. Otra muy distinta es caer en el plano personal y cuestionar aun las motivaciones. Y a veces, cuando tenemos diferencias con otras personas en el ámbito familiar, laboral, o aun en el ámbito eclesiástico, y dichas diferencias nos molestan o afectan, es muy fácil terminar haciendo comentarios que lo que hacen es afectar la reputación del otro.
La Escritura se preocupa de la reputación de los demás. Por eso, aun cuando una persona cometa una falta o pecado que deba de ser tratado por otros, se establecen mecanismos que procuran la restauración del que ha cometido dicha falta, cuidando la reputación de dicha persona hasta donde tal cosa sea posible. Y eso se hace evidente en los procesos de disciplina eclesiástica.
«Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia; y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos.» (Mateo 18:15-17)
Puede que llegue un punto en que habrá que decir a la asamblea lo que la persona ha hecho por su falta de arrepentimiento. Pero en principio se hace todo lo posible por cuidar la reputación de la persona, aun en la forma de hablar de su falta. Por otro lado, es cierto que hay cierto tipo de faltas o conductas, que por su naturaleza pública y destructiva, deben ser tratados públicamente y con firmeza desde un inicio.
Pero aun en casos así, las Escrituras nos piden que lo hagamos con compasión y humildad, sabiendo que lo mismo nos puede pasar a nosotros.
«Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.» (Gálatas 6:1)
«Creo que esta es un área en la que los cristianos hoy a menudo han entristecido al Señor. Muchas iglesias hoy no tienen disciplina eclesiástica formal, de modo que no hay protecciones para quienes son acusados, y con frecuencia el chisme local determina el resultado de una disputa. La gente empieza a susurrar, se desarrolla un consenso negativo, y el que es blanco de la crítica se va de la iglesia.» — John Frame
Qué diferente entre lo que enseña las Escrituras, con las formas de hablar de muchos creyentes, sobre todo en las redes sociales. Muchas veces ocurre con personas más jóvenes, que tienen facilidad de debatir, y que han obtenido ciertos conocimientos relacionados a los idiomas originales, de teología y de apologética.
«Los cristianos a menudo se han atacado unos a otros con un descuido total de las normas bíblicas de evidencia… En la controversia teológica, los escritores a menudo se deleitan en distorsionar las palabras unos de otros, leyéndolas en el peor sentido posible —o incluso peor que lo posible—. Muchos escritores invocan la retórica del anatema y la condenación sin ningún argumento adecuado y sin ningún intento significativo de buscar la paz.» — John Frame
Reconocemos que en este tema puede haber áreas grises, o cosas que no están del todo claras, con respecto a si es necesario decir o no algún comentario, si se lo estamos diciendo a la persona correcta, si lo estamos haciendo en el momento correcto, etc. Y por eso necesitamos sabiduría del Señor para saber cómo actuar. Pero necesitamos hacer todo el esfuerzo ante Dios, para promover la verdad y cuidar la reputación del prójimo.
Habiendo visto en primer lugar lo que el mandamiento prohíbe y, en segundo lugar, lo que el mandamiento promueve, veamos brevemente en tercer y último lugar:
III. Lo que el Noveno Mandamiento Revela
Este mandamiento revela la realidad de algunos ídolos que tenemos en nuestros corazones, que nos llevan a dar falso testimonio. Uno de esos ídolos es el temor a los hombres. Tenemos el temor de lo que otros quieran hacer contra nosotros, y por eso falseamos lo que decimos para así escapar del peligro que eso conlleva, aunque podamos entonces perjudicar a otros.
Tal fue el caso de Abraham, cuando en dos ocasiones dijo una media mentira al decir que Sara era su hermana, obviando el dato de que era su esposa, perjudicándola con esto. En ese sentido es importante que nos llenemos cada vez más del temor a Dios. Porque en la medida en que crezcamos en el temor a Dios, eso nos ayudará a luchar en contra del temor al hombre.
«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno.» (Mateo 10:28)
«Si tenemos un verdadero temor de Dios y un auténtico amor por él, actuemos de tal manera —en la medida de lo posible y conveniente, y si el amor lo exige— que ni nuestros oídos ni nuestra lengua se entreguen a acusar, calumniar o murmurar y que nuestro corazón no se dé la licencia de albergar malas suposiciones. Más bien pongamos en buen lugar los hechos y palabras de los demás, para preservar en todo momento su honor.» — Juan Calvino
Pero no solo es tener temor a Dios, sino también una confianza cada vez más profunda en Él y sus planes para con nosotros. Por eso el autor de Proverbios contrasta el temor al hombre con la confianza en el Señor cuando dice:
«El temor al hombre es un lazo, Pero el que confía en el SEÑOR estará seguro.» (Proverbios 29:25)
Otro de esos ídolos es el amor por las cosas de este mundo. El punto es que, la violación del décimo mandamiento nos lleva con frecuencia a violentar los demás mandamientos incluyendo el noveno, ya que terminamos mintiendo para obtener eso que tanto anhelamos o para evitar perder eso que tanto queremos.
Conclusión
A la luz de este mensaje que acabamos de exponer, quiero decir de forma negativa que, si tú no te has sentido convicto de pecado, entonces tal vez estás necesitando urgentemente tener una visión más personal de la presencia de Dios en tu vida, contemplando su grandeza, su gloria y su santidad para que veas entonces si realmente estás sin culpa en todo esto.
Cuando el profeta Isaías tuvo esa contemplación extraordinaria de Dios en el capítulo 6, a pesar de ser uno de los pocos hombres fieles de Israel respondió diciendo:
«¡Ay de mí! Porque perdido estoy, Pues soy hombre de labios inmundos Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, Porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos.» (Isaías 6:5)
Pero si has experimentado convicción de pecado, entonces te animo a que busques el perdón de Dios, recordando que Cristo mismo murió en la cruz por todos nuestros pecados, incluyendo los pecados de la lengua. Si has dado algún tipo de falso testimonio contra tu prójimo, hasta donde te sea posible, confiésale tus pecados a aquellos que has agraviado.
Pero, tal vez tu hablar, pueda estar evidenciando la falta de vida espiritual en ti. Cristo le dijo a los judíos:
«Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre. Él fue un asesino desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira. Pero porque Yo digo la verdad, no me creen.» (Juan 8:44-45)
O sea que Satanás representa todo lo contrario a este mandamiento. Y cualquier persona que tenga un estilo de hablar contrario a este mandamiento, está evidenciando que pertenece precisamente a este ser malvado. Por eso dice Santiago:
«Si alguien se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana.» (Santiago 1:26)
Esto es tan sobrio, que el mismo Cristo dijo:
«Pero Yo les digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» (Mateo 12:36-37)
¿Qué dice tu hablar con respecto a tu condición espiritual y de tu destino eterno? Tus palabras hablarán a favor o en contra tuya en el día del juicio.
Pero mientras Satanás es mentiroso y el padre de la mentira, nuestro Señor Jesucristo, no solo siempre dijo la verdad, viviendo perfectamente a la luz del noveno mandamiento, sino que se autoproclamó como la verdad misma en Juan 14:6, reflejando perfectamente el carácter de Dios, de quien se proclama en Números 23:19, que no es hombre para que mienta.
Desechemos todos la falsedad y vivamos a la luz de la verdad en esta vida. Esa verdad que se encuentra solo en Jesucristo y su Palabra. Porque, aunque la verdad a veces sea dura de recibir, aunque sea a veces difícil de escuchar, esa verdad traerá a tu vida la bendición de Dios. Como dijo Cristo:
«Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (Juan 8:31-32)

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