¿Recuerdas cómo era tu corazón el día que conociste al Señor? La gratitud que te desbordaba, el hambre con que abrías la Biblia, el asombro ante el evangelio. Ahora mira tu corazón hoy, no el de aquellos primeros días, sino el de esta semana. ¿Amas hoy al Señor Jesucristo más que ayer?
Esa es una pregunta incómoda, pero necesaria. Porque es posible crecer en conocimiento bíblico, servir más en la iglesia y tener una doctrina más sana, y al mismo tiempo amar menos a Cristo. El problema no siempre es visible. Es silencioso, gradual, y por eso más peligroso.
‘Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio.’ (Apocalipsis 2:4–5)
Tu amor a Cristo puede enfriarse
La iglesia de Éfeso era ejemplar por fuera. Trabajaba con perseverancia, defendía la sana doctrina y sufría por el nombre de Cristo. Sin embargo, el Señor le dice: has dejado tu primer amor. No abandonaron la verdad; abandonaron al Cristo de quien habla la verdad.
El corazón nunca se queda vacío. Cuando Cristo deja de ser el primero, no dejamos de amar; empezamos a amar otra cosa: nuestra reputación, nuestra comodidad, nuestra forma correcta de hacer las cosas. Y lo que hacemos siempre brota de lo que amamos.
Hay también un peligro que viene de afuera. Jesús advirtió que ‘debido al aumento de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará’ (Mateo 24:12). Quien recibe hostilidad se siente tentado a responder con odio. Quien fue traicionado decide no volver a confiar. Quien ve prosperar la injusticia empieza a pensar que obedecer no vale la pena. La maldad que nos rodea no nos obliga a dejar de amar, pero sí nos pone a prueba.
Hazte esta pregunta: ¿qué ocupa tu primer pensamiento al despertar, tu última mirada antes de dormir y tu mente cuando estás libre? Allí está lo que amas.
Solo Dios puede volver a encender ese amor
Quizás ya lo has intentado: el compromiso de orar más, leer más, servir más. Y a las dos semanas estás igual. El problema no es que no te hayas esforzado lo suficiente. Es que estás buscando dentro de ti el fuego que solo Dios puede encender.
Pablo nos muestra cómo lo hace en Romanos 5. Primero, nos recuerda lo que ya recibimos: fuimos justificados por fe, tenemos paz con Dios y hemos obtenido entrada a Su gracia. Nada de eso lo produjiste tú. Y solo después aparece nuestra respuesta: ‘nos gloriamos en Dios’. Ese es el orden del evangelio: primero Dios nos reconcilia, y después nuestro corazón se deleita en Él. No amas a Cristo para que Dios te acepte; lo amas porque Él ya te aceptó.
Luego Pablo llega al corazón del asunto: ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado’ (Romanos 5:5). No es un goteo; es un torrente. Y no es tu amor por Dios, sino Su amor por ti, que el Espíritu hace real en tu interior. Tú no enciendes este fuego; lo enciende el Espíritu.
Pero ese amor tiene una demostración que permanece: la cruz. ‘Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros’ (Romanos 5:8). Pablo lo dice en presente: la cruz sigue hablando hoy. Cuando dudes de que Dios te ama, no busques la respuesta en cómo te fue esta semana ni en cuánto fervor sentiste al orar. Busca la respuesta en la cruz.
Un fuego que no debes apagar
El fuego que Dios enciende puede sofocarse. No porque puedas perder la vida que Él te dio, sino porque el pecado tolerado enfría tu comunión con Él. Por eso la Escritura te llama a andar por el Espíritu (Gálatas 5:16), a no apagar Su obra (1 Tesalonicenses 5:19) y a no entristecerle con tus pecados (Efesios 4:30).
Una de las formas más comunes de entristecer al Espíritu es la manera en que hablamos y tratamos a otros. Podemos cantar sobre el amor de Cristo y, al salir del culto, hablar con desprecio de alguien a quien Él nos manda amar. Cuando Cristo no está en Su lugar en tu corazón, las personas tampoco lo están.
Y hay un lugar donde el fuego se mantiene vivo: la contemplación de Cristo. ‘Todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria’ (2 Corintios 3:18). Nadie se enamora de alguien a quien nunca mira. Si quieres amar más a Cristo, míralo más.
Pasos concretos para hoy
El Señor le dio a Éfeso tres mandatos, y siguen siendo válidos para nosotros:
- Recuerda. No para revivir exactamente las emociones de los primeros días, sino para recordar quién es Cristo, cuánto necesitabas Su perdón y qué hizo para reconciliarte con Dios.
- Arrepiéntete. Si el Señor te ha mostrado un pecado, no te quedes en reconocerlo. Confiésalo, abandona las excusas y comienza a apartarte de él. Si estás herido o cansado, lleva también esa carga a Cristo.
- Haz las primeras obras. Vuelve a contemplar a Cristo en Su Palabra. Respóndele en oración. Busca la reconciliación donde sea necesario. Sirve con gratitud. Hazlo dependiendo del Espíritu, no de tu propio esfuerzo.
Esta semana, lee Romanos 5:1–8 despacio. Agradece la paz que tienes, la entrada que se te dio y el amor que se te demostró. Y pídele al Espíritu que te haga comprender de nuevo cuánto te ama Dios.
La fuente no se ha secado
Tu amor por Cristo puede enfriarse, pero el amor de Dios por ti no. Y solo Su amor puede volver a encender el tuyo. Lo resume Juan en una sola frase: ‘Nosotros amamos porque Él nos amó primero’ (1 Juan 4:19).
No te resignes a vivir lejos de la comunión con Cristo. El mismo Señor que te confronta te llama a regresar. Aquel que encendió ese amor en ti la primera vez puede volver a encenderlo. Ven con honestidad y pídele: ‘Señor, perdona mi pecado, afirma mi fe y enséñame a amarte con mi corazón y con mi vida.’

