Redimidos para vivir en santidad

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Redimidos para vivir en santidad

Redimidos para vivir en santidad

Serie: Santos porque Él es santo. IBSG. 24.7.24

Introducción

La semana pasada comenzamos una serie en la que estamos contemplando una verdad que nuestra generación necesita recuperar con urgencia: la santidad de Dios y lo que significa vivir a la semejanza de Cristo.

En el primer mensaje, titulado «Santos porque Él es santo», nos detuvimos en la visión que Isaías tuvo del Señor sentado en un trono alto y sublime, rodeado de serafines que clamaban: «Santo, Santo, Santo» (Isaías 6:1–4).

Aquella visión no dejó al profeta admirando a Dios desde lejos. Lo confrontó profundamente con su propia condición:

«Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos»» (Isaías 6:5).

Pero Dios no dejó a Isaías hundido en su confesión. Uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar, tocó con él los labios del profeta y le declaró que su iniquidad había sido quitada y su pecado perdonado (vv. 6–7).

El mismo Dios santo que confrontó a Isaías con su pecado también proveyó, por pura gracia, la purificación que necesitaba. Isaías no podía limpiarse a sí mismo ni tenía mérito alguno que ofrecer. Dios lo purificó, y esa gracia lo llevó a responder con un corazón dispuesto: «Aquí estoy; envíame a mí».

Ese primer mensaje nos dejó con una pregunta importante: si Dios es absolutamente santo y nosotros somos pecadores, ¿cómo debemos vivir ahora que, por Su gracia, hemos sido redimidos y hechos Su pueblo?

Esa es la pregunta que responde el pasaje que estudiaremos hoy en 1 Pedro 1.13-21. Pero antes de mostrarnos cómo debemos vivir, Pedro nos recuerda por qué debemos hacerlo: pertenecemos a Dios porque Cristo pagó el precio de nuestra redención.

Pensemos por un momento en alguien que entrega voluntariamente su vida para salvar a otros, como un soldado que se lanza sobre una granada para proteger a sus compañeros.

Jesús describió esa clase de entrega con estas palabras:

«Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos» (Juan 15:13).

Pero lo asombroso del evangelio es que Cristo no entregó Su vida por personas que merecían Su amor. La Escritura enseña que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y enemigos de Dios. No hicimos nada para merecer Su sacrificio; Él se entregó voluntariamente para rescatarnos.

La obediencia cristiana no nace del intento de ganar la aceptación de Dios, sino de la gracia que ya hemos recibido. Quien ha sido redimido por Cristo ya no puede continuar viviendo como antes.

Vamos a leer cómo lo expresa el apóstol Pedro en 1 Pedro 1:13–21.

«Por tanto, preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios en espíritu, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: «Sean santos, porque Yo soy santo». Y si invocan como Padre a Aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación. Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a ustedes. Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y esperanza de ustedes sean en Dios.» (1 Pedro 1:13–21).

Contexto histórico-literario

Para comprender mejor estas exhortaciones, necesitamos recordar a quiénes escribe Pedro y lo que acaba de enseñarles en los primeros doce versículos.

El apóstol Pedro escribe a creyentes dispersos en varias regiones de Asia Menor, ubicadas en lo que hoy conocemos como Turquía. Muchos de ellos habían dejado atrás una vida pagana para seguir a Cristo y, por causa de su nueva fe, enfrentaban oposición, sospecha, burla, hostigamiento y diversas pruebas de parte de la sociedad que los rodeaba.

Pedro no comienza su carta presentándoles una lista de mandatos. Primero les recuerda las grandes bendiciones que Dios les ha concedido.

1. Han sido elegidos por Dios. Pedro les recuerda que son elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre (v. 2). Su salvación no comenzó con una decisión o una obra realizada por ellos, sino con el propósito soberano y misericordioso de Dios.

2. Han nacido de nuevo a una esperanza viva. Dios los hizo nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. También les ha dado una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para ellos. Mientras esa herencia los espera, ellos son guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación preparada para ser revelada en el tiempo final (vv. 3–5). Su esperanza no descansa en que las circunstancias presentes mejoren, sino en una herencia segura y en el poder de Dios que los preserva hasta el final.

3. Sus pruebas tienen un propósito. Aunque por un poco de tiempo tengan que ser afligidos por diversas pruebas, su fe está siendo probada como el oro en el fuego, para que resulte en alabanza, gloria y honor cuando Jesucristo sea manifestado. Aunque lo han visto, lo aman; y aunque todavía no lo ven, creen en Él y se alegran con un gozo inefable y lleno de gloria (vv. 6–9). Sus sufrimientos no significaban que Dios los hubiera abandonado. Él estaba utilizando las pruebas para purificar y fortalecer su fe.

4. La salvación que poseen fue anunciada desde tiempos antiguos. Los profetas investigaron cuidadosamente acerca de esta gracia y anunciaron de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían después. Ellos ministraban para beneficio de los creyentes del nuevo pacto, anunciando una salvación cuyo cumplimiento pleno no llegaron a contemplar y en la cual aún los ángeles anhelan mirar (vv. 10–12). La salvación que estos creyentes habían recibido no era algo pequeño ni improvisado. Formaba parte del propósito de Dios anunciado por los profetas y cumplido en Jesucristo.

Entonces llegamos al versículo 13, que comienza con una expresión decisiva: «Por tanto». Esa expresión conecta las exhortaciones que siguen con todas las verdades que Pedro acaba de presentar.

Los creyentes han sido elegidos, han nacido de nuevo, poseen una esperanza viva, tienen una herencia segura, son guardados por el poder de Dios y esperan la manifestación de Jesucristo. Sobre la base de esas realidades ya recibidas y de esas promesas futuras completamente seguras, Pedro los llama ahora a vivir de una manera que corresponda con su nueva identidad.

En este pasaje, como ocurre con frecuencia en la Escritura, la doctrina antecede y sostiene la práctica. Dicho de otra manera, los indicativos de la gracia preceden y fundamentan los imperativos de la obediencia: primero se nos declara lo que Dios es y lo que ha hecho por Su pueblo; luego, sobre la base de esas realidades, se nos manda cómo debemos vivir.

Por tanto, la obediencia no es una condición para ganar el favor de Dios, sino la respuesta de quienes ya han sido alcanzados por Su gracia.

Por eso, 1 Pedro 1:13–21 presenta tres exhortaciones principales: poner toda nuestra esperanza en la gracia venidera, vivir en santidad y conducirnos con temor reverente. Luego Pedro muestra el fundamento que sostiene las tres: hemos sido redimidos de nuestra vana manera de vivir, no con cosas perecederas como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.

I. Pon toda tu esperanza en la gracia venidera (v. 13)

«Por tanto, preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios en espíritu, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo.» (1 Pedro 1:13).

A. Una mente preparada para obedecer

Pedro comienza diciendo: «Preparen su entendimiento para la acción». En el idioma original, esta expresión evoca la imagen de una persona que recoge los extremos sueltos de su túnica y los ajusta al cinturón para poder moverse con libertad y rapidez. En aquella época, los hombres usaban túnicas largas que podían estorbarles al caminar deprisa, trabajar o correr; por eso debían recogerlas antes de entrar en acción.

Aplicada a la vida cristiana, esta imagen significa que debemos disciplinar nuestros pensamientos y preparar la mente para responder a Dios. No podemos vivir con una mente distraída, desordenada o dominada por todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pensemos en dos personas que se disponen a estudiar. Una comienza sin ningún plan, revisa constantemente el teléfono y permite que cualquier notificación interrumpa su atención. La otra apaga las notificaciones, establece un propósito claro y concentra deliberadamente su mente en la tarea que tiene delante. La diferencia no está necesariamente en la capacidad de cada persona, sino en la manera en que disciplina su atención.

Eso es lo que Pedro pide del creyente: que no permita que sus pensamientos anden sin dirección, sino que prepare su mente para obedecer a Dios y fijar toda su esperanza en la gracia que recibirá cuando Jesucristo sea revelado.

B. Un juicio sobrio y vigilante

Pedro añade: «Sean sobrios en espíritu». Ser sobrios significa mantener la mente clara, el juicio equilibrado y el corazón vigilante. Es vivir con dominio propio, sin permitir que los deseos, las emociones o los valores del mundo controlen nuestra manera de pensar y decidir.

Pensemos en una persona que decide qué comprar, dónde trabajar, cómo vestir o cómo vivir simplemente porque eso es lo que todos a su alrededor consideran importante. Nunca se detiene a preguntarse si esas decisiones agradan a Dios o corresponden con las prioridades de Su Palabra. Esa persona no está pensando con discernimiento; ha adoptado, sin examinarlos, los criterios de una cultura que vive al margen de Dios.

Ser sobrios en espíritu es lo contrario. Significa evaluar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios, y no según lo que la sociedad celebra, recomienda o considera exitoso. El creyente sobrio no permite que las circunstancias ni las opiniones de los demás gobiernen su esperanza, sino que mantiene la mirada puesta en la gracia que recibirá cuando Jesucristo sea revelado.

C. El mandato central: una esperanza completa, no dividida

Después de llamar a los creyentes a preparar su mente y a mantenerse sobrios, Pedro presenta el mandato principal del versículo: «Pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo».

La esperanza cristiana no es un deseo incierto de que las circunstancias mejoren. Es una confianza firme, total y sin reservas en lo que Dios ha prometido hacer cuando Jesucristo regrese.

Pedro no les dice aquí que pongan su esperanza en la gracia que ya habían recibido, aunque eso también sería verdad. Les ordena mirar hacia «la gracia que se les traerá», es decir, hacia una gracia todavía futura.

Estos creyentes ya habían nacido de nuevo, habían recibido el perdón de sus pecados y disfrutaban de una esperanza viva. Sin embargo, todavía esperaban la consumación de su salvación: el día en que Cristo sería revelado, sus pruebas terminarían, recibirían plenamente su herencia y serían librados para siempre de la presencia del pecado.

La gracia venidera es la culminación plena y segura de la salvación que Dios ya comenzó en cada creyente. Lo que inició en la regeneración, lo completará en la glorificación.

Por eso Pedro NO dice simplemente: «Tengan esperanza», sino: «Pongan su esperanza completamente» en esa gracia. No debemos dividir nuestra confianza entre las promesas eternas de Dios y las seguridades temporales que ofrece este mundo.

Doctrina. La esperanza cristiana es la confianza firme en que Dios completará, cuando Cristo regrese, la obra de salvación que comenzó por gracia en cada creyente.

Hebreos 11 presenta a hombres y mujeres que vivieron confiando en las promesas de Dios, aunque no llegaron a contemplar su cumplimiento pleno durante su vida:

«En fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Hebreos 11:13).

Ellos no vivieron orientados solamente por lo que podían ver o alcanzar en el presente. Su vida estaba dirigida por la certeza de que Dios cumpliría lo que había prometido. Esa es la esperanza que Pedro demanda de nosotros.

No significa que Dios no conceda bendiciones ni cumpla promesas durante esta vida, sino que nuestra confianza definitiva no descansa en lo que podamos recibir aquí. Está puesta en la gracia que alcanzará su plenitud cuando Jesucristo sea manifestado.

Aplicación. Pregúntate: ¿en qué descansa realmente tu esperanza? ¿En la estabilidad de tu trabajo, en tu salud, en tus recursos y en que todo salga como deseas, o en la promesa segura de que Cristo regresará y completará la obra que comenzó en ti? Puedes vivir hoy con una esperanza firme, no porque tengas la garantía de que todas tus circunstancias mejorarán inmediatamente, sino porque sabes que la gracia final viene en camino.

El apóstol Juan explica que esta esperanza futura también transforma nuestra vida presente:

«Sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es. Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro» (1 Juan 3:2–3).

La esperanza puesta en el regreso de Cristo no nos vuelve pasivos ni indiferentes. Quien espera ser semejante a Cristo cuando Él se manifieste procura vivir en santidad desde ahora.

Transición. Por eso Pedro pasa de la esperanza futura a la santidad presente: la esperanza puesta en la venida de Cristo no permanece solamente en la mente, sino que transforma nuestra manera de vivir.

II. Vivan como hijos obedientes de un Dios santo (vv. 14–16)

«Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: «Sean santos, porque Yo soy santo»» (1 Pedro 1:14–16).

A. Los hijos de Dios deben parecerse a su Padre

El versículo 13 dirige nuestra mirada hacia la gracia futura; los versículos 14 al 16, hacia nuestra manera de vivir en el presente. Quienes han sido llamados y recibidos como hijos de Dios deben reflejar el carácter santo de su Padre celestial.

1. Una nueva identidad: hijos caracterizados por la obediencia

Pedro llama a los creyentes «hijos obedientes». La expresión puede traducirse literalmente como «hijos de obediencia». Es una forma bíblica de decir que la obediencia debe caracterizar profundamente su nueva manera de vivir, como cuando la Escritura habla de «hijos de luz».

Nota. Pedro no está enseñando que los creyentes obedecen perfectamente ni que han dejado de luchar contra el pecado. Está diciendo que la obediencia es ahora la dirección de su vida. La desobediencia ya no puede ser considerada normal ni aceptable para quienes pertenecen a Dios.

Antes de conocer a Cristo, estos creyentes vivían gobernados por «los deseos que tenían en su ignorancia». Ahora poseen una nueva identidad: han sido llamados por Dios por pura gracia, pertenecen a Su familia y como respuesta de haber sido recibidos en la familia de Dios, deben vivir como hijos que desean agradar a su Padre.

Transición. Pedro explica esta obediencia en dos direcciones: primero, lo que deben abandonar; y después, lo que deben procurar.

2. El aspecto negativo: no volver al molde de la vida anterior

Pedro ordena: «No se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia». La palabra «conformarse» comunica la idea de adoptar la forma de un molde. Pensemos en el concreto fresco que, al ser vertido en un molde, toma exactamente la forma de aquello que lo rodea.

Antes de conocer a Cristo, estos creyentes vivían moldeados por sus propios deseos pecaminosos y por una cultura que aprobaba y celebraba esos deseos. La sensualidad, los excesos, las borracheras y la idolatría formaban parte de la vida normal de la sociedad pagana que los rodeaba, como Pedro mismo explica más adelante en su carta:

«Porque el tiempo ya pasado les es suficiente para haber hecho lo que agrada a los gentiles, habiendo andado en sensualidad, lujurias, borracheras, orgías, embriagueces y abominables idolatrías» (1 Pedro 4:3).

La ignorancia de estos creyentes no significaba que fueran moralmente inocentes. Significaba que vivían sin conocer verdaderamente a Dios y sin comprender la gravedad de sus deseos pecaminosos. Pero Dios los llamó a salir de esa vida. Por eso ya no debían permitir que los deseos anteriores ni los valores de la sociedad continuaran moldeando su conducta.

El creyente todavía lucha contra los deseos del pecado, pero ya no debe someterse a ellos como antes. El pecado puede continuar presente, pero ya no debe gobernar.

3. El aspecto positivo: reflejar el carácter santo de Dios

Después de señalar lo que deben abandonar, Pedro presenta el mandato positivo: «Así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir».

Este es el mandato principal de la sección. La medida de nuestra santidad no son las costumbres religiosas, las preferencias personales ni las reglas humanas. Nuestro modelo es el carácter mismo de Dios.

Dios es absolutamente santo: está exaltado por encima de todo lo creado y completamente separado del pecado y la maldad. En Él no existe impureza, injusticia, falsedad ni corrupción. Todo lo que Él es y hace es perfectamente puro, justo y bueno.

Cuando Pedro dice: «Sean santos, porque Yo soy santo», no está enseñando que podamos alcanzar la santidad absoluta e infinita que pertenece únicamente a Dios. Significa que, porque pertenecemos a Él, debemos apartarnos del pecado y procurar reflejar Su carácter en toda nuestra conducta.

Por eso Pedro añade que debemos ser santos «en toda» nuestra manera de vivir. Ningún área queda fuera de este llamado: nuestros pensamientos, palabras, relaciones, decisiones, trabajo, uso del dinero, entretenimiento y conducta cuando nadie nos observa.

Nota. Podemos pensar en la luna, que no produce su propia luz, sino que refleja la luz del sol. De manera semejante, el creyente no genera santidad por sí mismo. Dios es la fuente y el modelo de toda santidad, y Su Espíritu obra en nosotros para hacernos semejantes a Cristo. Sin embargo, esto no significa que el creyente permanezca pasivo. El mismo Dios que obra en nosotros nos manda rechazar los deseos pecaminosos, renovar nuestra mente, obedecer Su Palabra y procurar activamente la santidad. No crecemos en santidad por nuestras propias fuerzas, pero tampoco lo hacemos sin disciplina, lucha y obediencia. La gracia de Dios no elimina nuestro esfuerzo; lo hace posible, lo sostiene y lo dirige.

4. El fundamento bíblico del mandato

Pedro confirma este llamado apelando a la Escritura: «Porque escrito está: «Sean santos, porque Yo soy santo»». Estas palabras proceden del libro de Levítico, donde Dios llamó a Israel a vivir de una manera distinta de las naciones que lo rodeaban. Su conducta debía corresponder con la identidad del pueblo que Dios había llamado y redimido.

Pedro aplica ahora ese mismo principio a la iglesia. El pueblo de Dios vive en medio de una sociedad cuyos valores, deseos y prioridades muchas veces se oponen a Su voluntad. Por eso, quienes pertenecen al Dios santo deben vivir de una manera diferente.

No se trata de ser diferentes por orgullo, extravagancia o superioridad moral. Se trata de que nuestra manera de vivir muestre que pertenecemos a Dios.

Doctrina. La santidad no es el precio que el creyente paga para ser aceptado por Dios. Es la conducta que corresponde a quienes ya han sido llamados y recibidos como Sus hijos. El modelo de nuestra santidad no son las reglas humanas, sino el carácter santo de Dios. Su poder procede de la gracia y de la obra del Espíritu Santo, pero exige que el creyente rechace activamente el pecado y procure obedecer a Dios en toda su manera de vivir.

Aplicación. Pregúntate: ¿qué deseos de tu vida anterior todavía intentan moldearte? Quizás no aparecen en formas tan visibles como las borracheras y la idolatría mencionadas por Pedro. Tal vez se manifiestan como deseo de reconocimiento, comparación constante, amor al dinero, entretenimiento impuro, resentimiento, orgullo, envidia o irritabilidad con la familia. No consideres esos deseos como algo pequeño o inofensivo. Son expresiones de una manera de vivir de la cual Cristo te llamó a salir.

Pregúntate también: ¿existe alguna parte de tu vida que has mantenido fuera del llamado a la santidad? ¿Tus pensamientos? ¿Lo que miras? ¿La manera en que hablas? ¿Cómo tratas a tu familia? ¿La forma en que trabajas cuando nadie te supervisa? ¿La manera en que utilizas tu tiempo y tus recursos? Pedro no dice que seamos santos solamente en las áreas visibles o religiosas, sino «en toda» nuestra manera de vivir.

Por tanto, no permitas que los deseos anteriores sigan moldeando tu conducta. Procura que cada área de tu vida refleje, cada vez con mayor claridad, la santidad de tu Padre celestial, no para ganar Su amor, sino porque, mediante la fe en Cristo, ya perteneces a Su familia.

Transición. Pero el Dios santo a quien llamamos Padre también juzga imparcialmente las obras de Sus hijos. Por eso Pedro añade una tercera exhortación.

III. Condúzcanse con temor reverente delante del Padre (v. 17)

«Y si invocan como Padre a Aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación» (1 Pedro 1:17).

A. El Dios a quien llamamos Padre también juzga con justicia

Pedro comienza diciendo: «Y si invocan como Padre». No está expresando una duda acerca de si estos creyentes llaman Padre a Dios. La idea es: «Ya que ustedes lo invocan como Padre».

Este es uno de los privilegios más grandes del creyente. Por medio de Cristo hemos sido recibidos en la familia de Dios y podemos acercarnos a Él como Jesús enseñó a Sus discípulos:

«Padre nuestro que estás en los cielos» (Mateo 6:9).

Pero Pedro añade inmediatamente otra verdad acerca de ese mismo Dios: Él es Aquel que «imparcialmente juzga según la obra de cada uno». El Dios a quien llamamos Padre no deja de ser el Juez santo. Su amor paternal no significa que sea indiferente a la conducta de Sus hijos. Él no tiene favoritos, no pasa por alto el pecado y no modifica Su medida de justicia según la identidad de la persona que tiene delante.

Nota. Esto no significa que el creyente vuelva a estar bajo condenación ni que deba ganar su salvación mediante sus obras. Cristo ya cargó con la condenación de todos los que creen en Él. Sin embargo, la gracia que nos libra de la condenación no elimina nuestra responsabilidad delante de Dios. Nuestras obras no son el fundamento de nuestra aceptación, pero sí revelan cómo estamos viviendo como hijos de Dios. Llegará el día en que cada creyente dará cuenta delante del Señor de la manera en que vivió, sirvió y utilizó lo que recibió.

Por eso Pedro ordena: «Condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación». Este temor no es el pánico de un esclavo que espera ser rechazado ni el terror de un criminal que aguarda su condenación. Es el temor reverente de un hijo que ama a su Padre, reconoce Su santidad y no quiere vivir de una manera que lo deshonre.

El temor reverente combina confianza y seriedad. Nos acercamos a Dios con la seguridad de que es nuestro Padre, pero también vivimos conscientes de que Él ve, conoce y evalúa cada aspecto de nuestra conducta.

Pedro añade que debemos vivir así «durante el tiempo de nuestra peregrinación». Nuestra vida presente es temporal. Somos extranjeros en un mundo que no comparte los valores de nuestro Padre celestial y caminamos hacia la herencia que Él ha reservado para nosotros. Por eso no debemos acomodarnos despreocupadamente a este mundo. Mientras dure nuestra peregrinación, necesitamos mantenernos espiritualmente vigilantes, tomando en serio la presencia de Dios en cada decisión.

Doctrina. El mismo Dios que recibe al creyente como Padre es también el Juez santo que evalúa imparcialmente su conducta. La paternidad de Dios no elimina Su santidad ni Su justicia; y Su justicia no cancela el amor con el que recibe a Sus hijos. Estas dos verdades no producen terror, sino una confianza reverente que nos guarda de tomar la gracia a la ligera. El temor de Dios no nos hace huir de Él. Nos lleva a acercarnos con confianza, obedecerlo con seriedad y procurar no deshonrar a Aquel que nos ama como Padre.

Aplicación: José vivió consciente de la mirada de Dios

Pensemos en José cuando la esposa de Potifar intentó seducirlo. Estaba lejos de su familia, en una tierra extranjera, y aparentemente tenía la oportunidad de pecar sin ser descubierto. Sin embargo, José respondió:

«¿Cómo entonces podría yo hacer este gran mal y pecar contra Dios?» (Génesis 39:9).

José sabía que, aunque ninguna persona estuviera observándolo, vivía delante de Dios. No rechazó la tentación solamente por temor a las consecuencias ni por lealtad a Potifar, sino porque entendía que aquella conducta era un pecado contra Dios. Eso es temor reverente: vivir conscientes de la presencia de Dios y tomar en serio Su santidad en cada decisión, especialmente cuando nadie más nos está mirando.

El mismo principio aparece en Nehemías. Los gobernadores anteriores habían utilizado su autoridad para beneficiarse a costa del pueblo, pero Nehemías se negó a seguir su ejemplo. Él explicó la razón de su conducta con estas palabras:

«Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios» (Nehemías 5:15).

José temió a Dios en una tentación privada; Nehemías lo temió en el ejercicio público de su autoridad. En ambos casos, el temor reverente los llevó a rechazar lo que otros hacían y a vivir conscientes de que debían rendir cuentas delante de Dios.

Pregúntate: ¿vives consciente de que Dios ve cómo hablas cuando estás irritado, cómo tratas a tu familia, cómo trabajas cuando nadie te supervisa, lo que miras en privado y aun las motivaciones que nadie más conoce? El temor reverente nos lleva a preguntarnos antes de actuar: «¿Honra esto al Padre que me llamó? ¿Corresponde esta decisión con Su carácter santo?»

Podemos vivir con la certeza gozosa de que Dios es nuestro Padre y, al mismo tiempo, con la seriedad de saber que observa cada paso de nuestra peregrinación. Esto no produce terror ni significa que Dios dejará de amarnos cuando fallamos; pero tampoco nos permite usar Su amor como excusa para vivir sin vigilancia, arrepentimiento y obediencia. La gracia nos da confianza para acercarnos al Padre; el temor reverente nos guarda de tomar Su santidad a la ligera.

Transición. Pero ¿qué razón tiene el creyente para conducirse con este temor reverente? Pedro responde recordándonos el precio incomparable de nuestra redención: no fuimos rescatados con cosas perecederas como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.

IV. Recuerden el precio y el propósito de su redención (vv. 18–21)

«Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a ustedes. Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y esperanza de ustedes sean en Dios» (1 Pedro 1:18–21).

A. El fundamento de las exhortaciones anteriores

Los versículos 18–21 presentan el fundamento de las tres exhortaciones anteriores: esperar en la gracia venidera, vivir en santidad y conducirse con temor reverente.

Al decir «Ustedes saben», Pedro les recuerda que han sido redimidos por Dios. Por tanto, su obediencia no busca ganar la gracia, sino que nace de ella: viven de una manera diferente porque Dios los rescató y ahora le pertenecen.

Pedro explica primero de qué fueron redimidos: «de su vana manera de vivir heredada de sus padres». La palabra «redimidos» se usaba para describir el precio pagado para liberar a un esclavo o cautivo. Pedro escoge esa palabra porque la condición anterior de estos creyentes no se limitaba a algunos pecados aislados. Vivían esclavizados a una manera de pensar, desear y actuar separada de Dios.

Era una vida «vana»: vacía de propósito eterno, incapaz de reconciliarlos con Dios y transmitida de una generación a otra como algo normal. Para muchos de ellos, esa herencia incluía la idolatría, la sensualidad y los excesos que Pedro menciona en 1 Pedro 4:3. Esa manera vana de vivir no ha desaparecido; solo ha cambiado de apariencia.

Aplicación. Hoy puede manifestarse en una familia que enseña que el éxito material es la meta suprema de la vida; en reglas religiosas heredadas que no son una fe personal en Cristo; en un hogar donde la reputación importa más que la integridad; o en patrones de ira, control y orgullo justificados con la frase: «Así somos en esta familia». También se manifiesta en la búsqueda constante de aprobación, reconocimiento e imagen. Son formas modernas de una antigua manera de vivir que mantiene a Dios fuera del centro. La tradición familiar puede explicar de dónde procede una conducta, pero nunca puede convertir en santa una manera de vivir contraria a Dios.

B. Redimidos por la sangre de Cristo según el plan eterno de Dios

Pedro explica cuál fue el precio de nuestra redención: «No con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo». Ninguna riqueza de este mundo podía liberarnos de la esclavitud del pecado. Nuestra redención requirió un precio incomparablemente mayor: la vida del Hijo de Dios entregada en sacrificio en la cruz.

Pedro presenta a Cristo como un cordero «sin tacha y sin mancha». Esta imagen recuerda los sacrificios del Antiguo Testamento y muestra que Jesús es el Cordero perfecto: vivió sin pecado y se entregó voluntariamente para cargar con el pecado de Su pueblo.

Su muerte no fue una solución improvisada. Cristo «estaba preparado desde antes de la fundación del mundo». Antes de la creación, Dios ya había determinado llevar a cabo nuestra redención por medio de Su Hijo. Ese propósito eterno se manifestó en la historia cuando el Hijo de Dios asumió una naturaleza humana, murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos.

Pedro añade que Cristo se manifestó «por amor a ustedes». La redención fue planeada desde la eternidad y realizada en la historia para salvar a quienes no podían rescatarse a sí mismos.

C. Redimidos para que nuestra fe y esperanza estén en Dios

Pedro concluye mostrando el propósito de esta obra: «Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y esperanza de ustedes sean en Dios».

Por medio de Cristo llegamos a creer en Dios. No conocemos al Padre ni nos acercamos a Él independientemente del Hijo, sino por medio de la persona y la obra de Jesucristo.

Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y le dio gloria. La resurrección confirma la suficiencia de Su sacrificio, declara Su victoria sobre el pecado y la muerte, y garantiza que todos los que están unidos a Él también participarán de Su gloria.

Por eso nuestra fe y nuestra esperanza no descansan en nuestro desempeño, nuestra capacidad para mantenernos firmes ni la calidad de nuestras obras. Descansan en Dios, que planeó nuestra redención, entregó a Su Hijo y lo resucitó de entre los muertos.

Doctrina. La redención fue planeada por Dios desde la eternidad y realizada en la historia mediante la sangre preciosa de Cristo. El Hijo de Dios se entregó voluntariamente como el Cordero sin tacha y sin mancha. Su resurrección y glorificación confirman la eficacia de Su obra y garantizan que la fe y la esperanza del creyente pueden descansar completamente en Dios. La redención no solo nos libra del juicio; también nos rescata de una manera vana de vivir para que ahora pertenezcamos a Dios y vivamos para Su gloria.

Pensemos en la primera Pascua en Egipto. Dios había anunciado que Su juicio caería sobre la tierra, pero también había provisto un medio de salvación. Cada familia debía sacrificar un cordero y colocar su sangre sobre los postes y el dintel de la puerta. Dios declaró:

«La sangre les será a ustedes por señal en las casas donde estén. Cuando Yo vea la sangre pasaré de largo, y ninguna plaga vendrá sobre ustedes para destruirlos cuando Yo hiera la tierra de Egipto» (Éxodo 12:13).

La salvación de aquella noche no descansaba en el mérito moral de las familias que estaban dentro de las casas. Descansaba en la provisión que Dios había establecido y que ellos recibieron mediante una fe obediente. De manera semejante, tu seguridad delante de Dios no descansa en lo que puedas ofrecerle, sino en el sacrificio suficiente de Cristo recibido por la fe.

Pregúntate: ¿en qué basas tu paz cuando te acuestas por la noche? ¿En tu desempeño reciente como cristiano, en cuántos días has logrado obedecer sin fallar o en el hecho de que Cristo pagó un precio que ningún esfuerzo tuyo podría igualar?

Puedes descansar en la certeza de que el Dios que planeó tu redención antes de la fundación del mundo y resucitó a Jesucristo de entre los muertos es poderoso para sostener tu fe y tu esperanza hasta el final.

Pero recuerda también que Cristo no te redimió para que regresaras voluntariamente a la antigua esclavitud. La misma sangre que te libra del juicio te rescata de una manera vana de vivir. Fuiste comprado a un precio infinito. Por eso no debes volver a entregar tu mente, tus deseos y tu conducta a aquello de lo cual Cristo te libertó. La redención produce descanso, pero también gratitud, obediencia y una vida consagrada al Dios que nos hizo Suyos.

Conclusión

En 1 Pedro 1:13–21 hemos visto que Dios llama a Sus hijos a vivir con esperanza, santidad y temor reverente porque han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo y ahora le pertenecen.

Tal vez estás cansado de intentar ganar la aceptación de Dios mediante tu propio esfuerzo, midiendo constantemente tus obediencias y tus fracasos. Este pasaje te recuerda que no procuramos la santidad para ser recibidos como hijos, sino porque, mediante la fe en Cristo, ya pertenecemos a Su familia. Nuestra seguridad no descansa en nuestro desempeño espiritual, sino en la obra perfecta de Cristo y en el Dios que lo resucitó de entre los muertos.

Pero quizás has caído en el peligro contrario y has utilizado la gracia como una excusa para vivir sin vigilancia, arrepentimiento ni obediencia. El Padre que te recibió con amor es santo y juzga imparcialmente la conducta de Sus hijos. Cristo no nos redimió para que continuáramos viviendo como antes, sino para que vivamos para Dios.

Por eso, piensa en una persona concreta con quien te relacionarás esta semana: tu cónyuge, uno de tus hijos, un familiar, un compañero de trabajo o un hermano de la iglesia. Pregúntate: ¿refleja la manera en que trato a esa persona la santidad del Padre a quien pertenezco? ¿Hay algún deseo anterior —orgullo, ira, impaciencia, necesidad de control, amor al dinero o búsqueda de aprobación— que todavía está moldeando mi conducta?

No hagas este examen para ganar la aceptación de Dios, sino como la respuesta de un hijo que ya ha sido recibido en Su familia.

Si ya has sido redimido, no regreses a la vana manera de vivir de la cual Cristo te rescató. Pon toda tu esperanza en la gracia venidera. Vive como hijo obediente de un Dios santo. Condúcete con temor reverente durante el tiempo de tu peregrinación. Y recuerda que no fuiste redimido con oro ni con plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, para que tu fe y tu esperanza descansen en Dios.

Pero puede haber entre nosotros alguien que todavía no conoce a Dios como Padre porque nunca ha puesto verdaderamente su confianza en Jesucristo. Tal vez has buscado seguridad en tu religión, en tus buenas obras, en tu conducta o en la idea de que no eres tan malo como otras personas. Pero nada de eso puede pagar el precio de tu redención. Ningún esfuerzo humano puede liberar un alma esclavizada al pecado.

La Palabra de Dios declara:

«Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hechos 16:31).

Creer en el Señor Jesús no significa solamente reconocer que Él existió o aceptar intelectualmente que murió y resucitó. Significa reconocer que eres un pecador incapaz de salvarte a ti mismo, volverte a Dios en arrepentimiento y descansar completamente en Jesucristo y en Su obra en la cruz.

No tienes que limpiar primero tu vida para venir a Cristo. Debes venir a Él precisamente porque no puedes limpiarte a ti mismo. Cristo, el Cordero sin mancha, pagó un precio que tú jamás podrías pagar.

Por tanto, deja de confiar en tus propios méritos y confía hoy en el Señor Jesucristo. Él perdona y salva completamente a todo pecador que viene a Él con arrepentimiento y fe. En Cristo recibirás perdón, una esperanza viva y una nueva vida delante de Dios. Cree hoy en el Señor Jesús, y serás salvo.

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