Serie: Santos porque Él es santo: Contemplando al Dios santo y viviendo a la semejanza de Cristo
Introducción a la serie
Hoy es fácil abrir una aplicación en el teléfono, tomar una fotografía, y en segundos mejorar la iluminación, borrar las imperfecciones y arreglar la figura o el rostro de una persona para que luzca más joven, más alta o de otra manera.
La persona en la imagen parece distinta, pero en la vida real no ha cambiado nada, solo cambió lo que otros ven. Muchos intentan vivir su fe de la misma manera, cuidan lo que sus amigos, su familia y su iglesia perciben de ellos, sin que haya ocurrido una transformación verdadera en el corazón.
Pero ¿es eso lo que la Biblia llama santidad?
La santidad no es una lista de reglas ni una apariencia religiosa, es la perfección misma de Dios. Los seres celestiales, en adoración constante, lo proclaman:
«Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos» (Isaías 6:3)
y ese mismo Dios llama a Sus hijos a reflejar ese carácter:
«Sean ustedes santos, porque Yo soy santo» (1 Pedro 1:16)
La santidad, entonces, no es solamente una perfección que admiramos en Dios, es el carácter que Él mismo está formando en nosotros.
El orden de la transformación. La santidad comienza en un instante, esto es lo que llamamos santidad posicional, el momento en que Dios nos salva, nos une a Cristo y nos declara santos en Él:
«los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1 Corintios 1:2)
Pero esa misma santidad también se vive en un proceso de toda la vida, esto es lo que llamamos santificación progresiva, la obra continua por la cual, mediante Su Palabra y Su Espíritu, esa nueva identidad se manifiesta cada vez más en nuestra conducta.
No cambiamos para convertirnos en hijos de Dios, comenzamos a cambiar porque, por gracia, ya hemos sido recibidos como Sus hijos. Esa es la verdad que quiero que llevemos grabada en el corazón en las semanas que vienen.
Y por eso, hoy comenzamos una serie de mensajes que hemos titulado ‘Santos porque Él es santo: Contemplando al Dios santo y viviendo a la semejanza de Cristo’.
Esta santidad de la que hablamos no es una fotografía editada, es una obra profunda de Dios que transforma nuestra manera de pensar, desear, hablar, adorar y servir. Vamos a contemplar quién es ese Dios santo, escuchar Su llamado directo, descubrir lo que Cristo ya hizo para hacernos santos, y aprender a perseguir esa santidad con temor y con amor.
Empecemos, entonces, junto al profeta Isaías, entrando con él en la sala del trono celestial.
Introducción al sermón
Vamos a abrir nuestras Biblias en Isaías 6:1-8. Escuchemos la visión que transformó su vida, y que nos presenta al Dios santo delante de quien vivimos:
«En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo. Por encima de Él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: «Santo, Santo, Santo, es el SEÑOR de los ejércitos, Llena está toda la tierra de Su gloria». Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, Pues soy hombre de labios inmundos Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, Porque mis ojos han visto al Rey, el SEÑOR de los ejércitos». Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado». Y oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». «Aquí estoy; envíame a mí», le respondí.» (Isaías 6:1–8)
Cuando todo parece cambiar
Hay momentos en la vida en que una sola noticia parece cambiarlo todo: muere una persona importante para nosotros, se pierde un trabajo, llega un diagnóstico médico inesperado o desaparece algo o alguien que durante años nos había dado estabilidad. Entonces comenzamos a preguntarnos: «¿Qué sucederá ahora? ¿Cómo podremos sostenernos? ¿Cómo enfrentaremos el futuro?».
El Contexto
Algo semejante ocurría en Judá cuando Isaías recibió la visión que vemos en el capítulo 6 de su libro. El relato comienza diciendo: «En el año de la muerte del rey Uzías» (Isaías 6:1).
Uzías había reinado 52 años, trayendo estabilidad, prosperidad y fortaleza a la nación, y para la mayoría de los habitantes de Judá era el único rey que habían conocido. Pero ahora había muerto, y con su muerte terminaba una época, mientras el poderoso Imperio asirio comenzaba a levantarse como una seria amenaza.
Isaías vivía junto con el pueblo, entonces, en medio de incertidumbre política y amenaza extranjera. La pregunta que muchos se hacían era: ahora que Uzías ha muerto, ¿quién va a gobernarnos?
La respuesta de Dios NO llegó mediante un análisis socio-político de la situación, sino mostrándole al profeta quién era Él realmente.
Isaías fue llevado a contemplar al verdadero Rey. Uzías había muerto, pero ese Rey seguía vivo. El trono terrenal atravesaba una transición, pero el trono celestial permanecía ocupado, sentado porque reina, porque gobierna, porque nada escapa de Su autoridad.
Esta visión transformó la vida y el ministerio de Isaías, pero Dios no comenzó dándole una lista de tareas ni un plan para resolver la crisis nacional. Antes de transformar sus labios, transformó su visión; antes de mostrarle su pecado, le mostró Su santidad; y antes de pedirle que sirviera, le mostró Su gloria.
Idea central: Cuando contemplamos verdaderamente la santidad y la majestad de Dios, somos llevados a reconocer nuestra impureza, recibir Su gracia purificadora y entregar voluntariamente nuestra vida a Su servicio.
Contemplemos, entonces, junto a Isaías, al verdadero Rey, y veamos cómo la visión de Su santidad comienza a transformar el corazón del profeta.
I. La transformación comienza cuando contemplamos la santidad y la majestad del verdadero Rey (vv. 1-4)
El Rey permanece sentado
Isaías dice: «Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime» (Isaías 6:1).
Nota: Quiero aclarar que Isaías no contempló la esencia infinita de Dios, algo que ningún ser humano puede hacer y seguir con vida (Éxodo 33:20), sino una manifestación limitada y adaptada de Su gloria. Una visión real, pero parcial, suficiente para revelarle Su santidad sin exponerlo a Su gloria plena e inaccesible.
La palabra Señor (Adonai) presenta a Dios como el Soberano, el Dueño y el Gobernante absoluto. Isaías no contempla simplemente a un ser espiritual poderoso, sino al Rey supremo, cuya autoridad se extiende sobre cada persona, nación, ejército y acontecimiento de la historia.
Está sentado porque reina, Su posición comunica autoridad, estabilidad y dominio absoluto. Dios no reacciona desesperadamente ante las circunstancias de la historia, Él gobierna la historia conforme a Sus propósitos. El trono de Judá podía quedar vacío, pero el trono del rey del universo jamás queda vacío.
Los gobernantes humanos llegan al poder y luego desaparecen, los imperios se levantan y caen, y las instituciones que parecían inconmovibles se debilitan. Dios, en cambio, permanece:
«El Señor ha establecido Su trono en los cielos, y Su reino domina sobre todo» (Salmo 103:19)
Isaías añade que aquel trono era «alto y sublime» (Isaías 6:1). Ningún gobernante está a la altura de Dios, ningún ejército puede amenazarlo, ninguna crisis puede debilitarlo y ningún acontecimiento puede tomarlo por sorpresa. Uzías llegó a ser poderoso, pero terminó enfermo de lepra, aislado y muerto. El Señor nunca aumenta ni disminuye en poder.
Aplicación: La fe no niega la realidad de la enfermedad, la pérdida, los problemas familiares o la incertidumbre; aprende a contemplarlos desde la realidad superior del trono de Dios. Quizás no entendemos por qué una puerta se cerró o por qué una situación cambió repentinamente. Pero antes de explicarnos el futuro, Dios quiere que recordemos quién gobierna el futuro.
Una majestad incontenible
Isaías continúa diciendo que «la orla de Su manto llenaba el templo» (v. 1). La visión no describe el rostro de Dios ni presenta los detalles de Su figura, se detiene en un solo elemento, el borde inferior de Su manto llenaba toda la casa. En el mundo antiguo, el manto de un rey comunicaba dignidad y majestad, pero aquí solamente la orla del manto del Señor llena el templo, y aquella construcción que parecía tan grande resulta pequeña ante Su majestad.
Aplicación: Dios no puede ser encerrado en una construcción ni reducido a los conceptos limitados de nuestra mente. Podemos conocerlo verdaderamente porque Él se ha revelado, pero nunca podremos comprender de manera completa todo lo que Él es; Su gloria no puede ser contenida.
Nota teológica: El Nuevo Testamento nos ayuda a comprender la grandeza de esta visión. Hablando de Jesucristo, Juan declara que Isaías «vio Su gloria, y habló de Él» (Juan 12:41). El Jesús que más tarde caminaría humildemente por Galilea, sería rechazado por los hombres y moriría en una cruz, es el mismo Señor glorioso sentado sobre el trono alto y sublime. El Rey del templo celestial es el Cristo que vino al mundo para salvar a pecadores.
Reverencia ante el Santo
Isaías dice que alrededor del trono había serafines, y que cada uno tenía seis alas:
«Con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban» (Isaías 6:2)
Estos seres celestiales eran poderosos y puros, pero no son el centro de la visión; su actitud nos muestra la majestad del Dios delante de quien permanecen.
Con dos alas cubrían sus rostros, porque reconocían la gloria del Señor; con dos cubrían sus pies, probablemente como expresión de humildad; y con dos volaban, mostrando que estaban preparados para cumplir Sus órdenes. Los serafines nos enseñan tres disposiciones inseparables: reverencia, humildad y obediencia.
Aplicación: Por medio de Cristo nos acercamos confiadamente a Dios, pero esa confianza nunca debe volverse irreverencia. Los serafines nos lo enseñan, aun estando cerca del trono, se cubren y permanecen atentos para obedecer. Contemplar la santidad de Dios no produce una emoción pasajera, produce un corazón dispuesto a servir.
«Santo, Santo, Santo»
Los serafines proclamaban:
«Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria» (Isaías 6:3)
Toda la atención de la adoración celestial está concentrada en Dios, los serafines no hablan de sí mismos, proclaman quién es el Señor.
Esa triple repetición expresa la intensidad absoluta de Su santidad. No es un atributo más entre otros, es lo que caracteriza todo lo que Dios es y todo lo que hace, Su amor, Su poder, Su justicia, todo en Él es santo.
Y esa misma santidad es lo que lo distingue por completo de nosotros, somos criaturas, Él es el Creador, dependemos de Él, Él no depende de nadie, cambiamos, Él permanece siempre igual.
Los serafines lo llaman también «el Señor de los ejércitos». Mientras Judá temía el crecimiento del ejército asirio, Isaías contemplaba al verdadero Comandante de todos los ejércitos, visibles e invisibles. Asiria podía parecer invencible, pero seguía bajo la autoridad soberana de Dios.
Los serafines añaden: «Llena está toda la tierra de Su gloria». Esa gloria no está limitada al templo, se manifiesta en toda la creación y, de manera suprema, en Jesucristo. El ser humano busca llenar la tierra con su propia gloria y su propio reconocimiento, pero el cielo proclama que la tierra ya está llena de una gloria infinitamente mayor.
Una visión transformadora saca al hombre del centro y devuelve a Dios el lugar que siempre le ha pertenecido.
Cuando todo tiembla
Isaías añade:
«Se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo» (Isaías 6:4)
Incluso el templo, que representaba solidez, tembló ante la santidad divina, cuando Dios se manifiesta, la creación tiembla. El humo comunicaba dos verdades a la vez, que el Señor estaba verdaderamente presente, y que Su gloria era demasiado grande para que una criatura la contemplara por completo. Dios se revela, pero nunca se entrega al control del hombre, sigue siendo Dios aun cuando se acerca a nosotros.
Aplicación: Esta visión confronta la manera superficial en que muchas veces nos acercamos a Él, cantamos sin pensar, oramos por costumbre, y terminamos acostumbrándonos a un lenguaje cristiano vacío de asombro. Pero el Dios de Isaías 6 es el mismo Dios al que hoy adoramos, Su santidad no ha disminuido ni un poco.
Volver a mirar el trono
Isaías no necesitaba una explicación política, necesitaba ver quién es Dios. Lo mismo nos pasa a nosotros, antes de transformar nuestras circunstancias, Dios quiere transformar la manera en que las miramos.
Hasta aquí, Isaías solo ha visto y escuchado, pero esa visión está a punto de hacer temblar su propio corazón: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy» (Isaías 6:5).
II. La visión del Dios santo nos quebranta, pero Su gracia nos purifica (vv. 5-7)
«Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, Pues soy hombre de labios inmundos Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, Porque mis ojos han visto al Rey, el SEÑOR de los ejércitos». Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado».» (Isaías 6:5-7)
Esa misma visión que expuso el corazón de Isaías no lo deja destruido bajo el peso de su culpa, el Dios cuya santidad revela el pecado también provee, por pura gracia, la limpieza que el profeta jamás habría podido producir por sí mismo.
A. La santidad de Dios expone el pecado de Isaías (v. 5)
Isaías exclama: «¡Ay de mí!» (v. 5a). Esta expresión resulta especialmente significativa porque, en el capítulo anterior, el profeta había pronunciado seis veces la palabra «ay» para denunciar los pecados de Judá, la codicia, la embriaguez, la arrogancia y la injusticia de quienes llamaban bueno a lo malo y malo a lo bueno.
Pero después de contemplar al Dios tres veces santo, Isaías pronuncia un séptimo «ay», solo que esta vez no lo dirige contra otra persona, el hombre que había denunciado el pecado de los demás ahora se incluye bajo el juicio divino.
Isaías no estaba equivocado al confrontar los pecados de Judá, eran pecados reales que debían ser denunciados. El peligro aparece cuando podemos ver claramente los pecados de los demás, pero permanecemos ciegos ante los nuestros. Cuando Isaías contempla al Señor, deja de compararse con el codicioso o el injusto, y comienza a contemplarse a sí mismo a la luz del carácter perfecto de Dios.
Ilustración: La santidad de Dios actúa como una luz intensa que revela lo que antes permanecía oculto, de la misma manera en que una habitación puede parecer limpia hasta que un rayo de sol entra por la ventana y hace visibles las partículas de polvo suspendidas en el aire. La luz no produjo el polvo, el polvo ya estaba allí, la luz simplemente permitió verlo.
Cuanto más pequeña es nuestra visión de Dios, más fácilmente nos sentimos satisfechos con nosotros mismos, pero cuanto más contemplamos Su santidad, más claramente reconocemos la gravedad de nuestro pecado.
Isaías explica entonces el contenido concreto de esa confesión (v. 5b). Dice: «Porque perdido estoy», una expresión que comunica estar arruinado, deshecho o silenciado. No dice sentirse ligeramente incómodo, sino que reconoce no tener argumentos, defensas ni excusas delante del Rey santo.
Explica su condición: «Soy hombre de labios inmundos». Isaías era profeta, y sus labios eran el instrumento de su vocación, pero después de escuchar la adoración pura de los serafines comprende que ese mismo instrumento estaba contaminado. Jesús enseñó que
«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34)
nuestros labios revelan lo que habita dentro de nosotros.
Añade: «Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito». El profeta no se considera superior a la nación a la que ha sido enviado, reconoce que él también forma parte de aquel pueblo y necesita la misma gracia que los demás.
Isaías concluye: «Porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos». Esta es la causa principal de su quebrantamiento, no está deshecho porque se haya comparado con otros hombres, sino porque ha contemplado al Rey.
Una verdadera visión de la gloria de Dios nunca alimenta el orgullo humano, nos humilla y nos lleva a reconocer que nuestra mayor necesidad no es mejorar nuestra imagen, sino recibir limpieza. Sin embargo, el quebrantamiento no es el final de la historia, Dios no le concedió aquella visión para abandonarlo en la desesperación, le mostró su necesidad porque Él mismo ya había provisto la respuesta.
B. La gracia de Dios toma la iniciativa y quita la culpa (vv. 6-7)
«Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado».» (Isaías 6:6-7)
El versículo 6 comienza diciendo que un serafín vuela hacia Isaías. El profeta no se mueve hacia el altar, no intenta acercarse al trono ni inventa una manera de limpiarse, solamente puede confesar «¡Ay de mí!». Entonces Dios actúa. Toda la iniciativa pertenece al Señor, Él le concedió la visión, expuso su pecado, produjo su quebrantamiento, envió al serafín y proporcionó la limpieza.
La confesión de Isaías no compró la gracia ni fue una obra meritoria que obligara a Dios a perdonarlo, fue la respuesta honesta de un hombre cuya conciencia había sido iluminada por la santidad divina. Juan declara:
«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9)
pero la base del perdón no es la intensidad de nuestro dolor, sino la fidelidad y la justicia de Dios manifestadas en la obra de Jesucristo.
El serafín llevaba «un carbón encendido… que había tomado del altar con las tenazas» (v. 6). El carbón no procedía de cualquier lugar, sino del altar, el lugar del sacrificio que Dios había establecido para tratar con la culpa del pecador, su significado procedía de su relación con el sacrificio aceptado por Dios.
El Dios santo NO dice «tu pecado no importa», sino «tu pecado debe ser expiado, y Yo he provisto el medio».
El serafín se acerca entonces y toca con aquel carbón la boca de Isaías, exactamente el lugar que el profeta había confesado como impuro, Isaías dijo «soy hombre de labios inmundos», y Dios responde tocando sus labios, declarando:
«Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado» (Isaías 6:7)
No le dice a Isaías que ahora comienza el proceso de ganar el perdón, le anuncia una obra ya realizada. Llegó al versículo 5 diciendo «estoy perdido», pero en el versículo 7 Dios le declara que su culpa ya ha sido quitada.
Aplicación: Aquí contemplamos el evangelio anticipado en la visión. Isaías no proporciona el sacrificio que lo limpia, viene completamente de Dios; y lo mismo ocurre con nosotros, el sacrificio que quita nuestra culpa tampoco sale de nuestras manos. Dios entregó a Su propio Hijo, y Juan declara:
«La sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7)
El perdón es gratuito para nosotros, pero tuvo un costo infinito para Cristo. Hebreos declara que la sangre de Cristo limpia nuestra conciencia de obras muertas
«para que sirvamos al Dios vivo» (Hebreos 9:14)
Dios no nos perdona simplemente para que nos sintamos mejor, nos purifica para restaurarnos a Su servicio, no para conseguir Su perdón, sino porque, sobre la base del sacrificio de Cristo, ya hemos sido perdonados.
III. La gracia del Dios santo prepara al hombre purificado para servir (v. 8)
«Y oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». «Aquí estoy; envíame a mí», le respondí.» (Isaías 6:8)
A. La gracia restaura la comunión con Dios
Al principio, Isaías solo escuchaba a los serafines proclamar la santidad de Dios. Pero después de que su pecado fue perdonado, puede escuchar directamente la voz del Señor. No se volvió perfecto, pero su culpa fue tratada por completo mediante el sacrificio que Dios mismo proveyó, y ese perdón le abrió una puerta que antes no tenía, comunión con Dios y un lugar en Su servicio.
El pecado siempre nos impulsa a escondernos. Adán y Eva se escondieron de Dios después de pecar, y Pedro, después de ver el poder de Cristo, cayó de rodillas y le dijo:
«Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador» (Lucas 5:8)
Pero la gracia hace lo contrario, limpia al pecador para que pueda permanecer delante de un Dios santo sin temor. Por eso Pablo puede decir:
«Habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1)
Hay una diferencia importante entre el arrepentimiento genuino y el simple remordimiento. El arrepentimiento reconoce el pecado, se duele delante de Dios y confía en Su perdón, Pablo lo llama «tristeza según Dios» y dice que produce vida:
«tristeza según Dios» que «produce arrepentimiento que lleva a la salvación» (2 Corintios 7:10)
El remordimiento, en cambio, se queda atrapado en el sentimiento de culpa, revive el pecado una y otra vez, y termina castigándose a sí mismo por algo que la cruz ya resolvió.
Aferrarnos así a la culpa no es humildad, aunque a veces se sienta como tal, es incredulidad, es confiar más en nuestro propio sentimiento que en la palabra de Dios. La verdadera humildad es reconocer que no merecíamos esa gracia, y recibirla con gratitud, dejando ir lo que la cruz ya resolvió.
B. La misión comienza en Dios
Isaías escucha al Señor preguntar: «¿A quién enviaré?» (Isaías 6:8). La misión no comenzó en el profeta, comenzó en el corazón de Dios, la pregunta no significa que esté confundido, sino que llama a un mensajero y le permite responder voluntariamente.
Este principio recorre toda la Escritura, Dios envió a Moisés, envió a los profetas y, en la plenitud del tiempo, envió a Su propio Hijo:
«cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo» (Gálatas 4:4)
y después de resucitar, Cristo dijo a Sus discípulos:
«Como el Padre me ha enviado, así también Yo los envío» (Juan 20:21)
No invitamos al Señor a participar en nuestros planes, Él nos invita a participar en Su obra.
Dios no llamó a Isaías porque no tuviera otros servidores, alrededor del trono había serafines dispuestos a cumplir inmediatamente Sus órdenes. Dios no necesitaba a Isaías, pero decidió utilizarlo, y eso mismo nos enseña que el servicio es un privilegio de la gracia, no una demostración de nuestra propia grandeza:
«Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros» (2 Corintios 4:7)
C. El Dios que envía también capacita
El Señor pregunta: «¿A quién enviaré, y quién irá por Nosotros?» (Isaías 6:8), primero en singular y luego en plural. La escena presenta al Rey rodeado de Su corte celestial, pero leída a la luz de toda la Biblia, encontramos también un eco trinitario, Juan afirma que Isaías contempló la gloria de Cristo (Juan 12:41), y Pablo, más adelante, atribuye las palabras de este mismo capítulo al Espíritu Santo (Hechos 28:25).
Nuestra misión tiene, por tanto, un origen trinitario, y por eso no salimos solos, Cristo prometió:
«Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20)
y aseguró a Sus discípulos que recibirían poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos (Hechos 1:8). El Dios que envía también acompaña, capacita y sostiene.
D. La gracia produce una respuesta personal y obediente
Isaías escucha la pregunta y responde: «Aquí estoy; envíame a mí» (Isaías 6:8). La primera expresión comunica presencia, atención y disponibilidad, es como si dijera: «estoy presente, estoy dispuesto y me pongo a Tu disposición».
No dice «aquí está mi talento» ni «aquí están mis credenciales», no ofrece solamente una parte de su vida, se ofrece a sí mismo. Pablo expresa esta misma respuesta cuando escribe:
«Por las misericordias de Dios, que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Romanos 12:1)
Observen el orden, primero vienen las misericordias de Dios y después la entrega. Isaías no responde desde la culpa, sino desde la gratitud, en el versículo 5 había dicho «¡Ay de mí!», pero ahora dice «Aquí estoy».
Aplicación: Su respuesta es también personal, no mira a los serafines y dice «envíalos a ellos», responde «envíame a mí». Es fácil pensar en lo que otros deberían hacer, pero la pregunta de Dios llega hasta nuestro propio corazón.
Isaías se ofrece, además, sin conocer todos los detalles de su misión, la fe obedece no porque conozca todo el camino, sino porque conoce el carácter de quien llama. No necesitamos una revelación especial para amar, perdonar, servir, anunciar el evangelio o vivir con integridad.
Conclusión
Isaías 6 comenzó con un rey que había muerto y terminó con un profeta transformado porque contempló al Rey que nunca muere. Ese es el mismo llamado que tú recibes hoy.
La respuesta de Isaías, sin embargo, apunta hacia una realidad todavía mayor. Isaías era un hombre pecador que tuvo que ser purificado antes de ser enviado, Cristo es el Hijo santo que no necesitó purificación:
«Él no cometió pecado, ni fue hallado engaño en Su boca» (1 Pedro 2:22)
Isaías fue tocado por un carbón del altar, Cristo se ofreció a Sí mismo como el sacrificio perfecto, sabiendo que Su misión lo conduciría a la cruz, pero vino voluntariamente para cumplir la voluntad del Padre (Juan 6:38).
Nosotros no somos enviados para repetir esa obra, ya fue terminada una vez y para siempre, somos enviados para anunciarla. El servicio cristiano comienza con la gracia, no con la culpa, Dios busca disponibilidad, no autosuficiencia:
«nuestra suficiencia es de Dios» (2 Corintios 3:5)
Pregúntate qué pecado está poniendo Dios al descubierto en tu corazón en este momento. No huyas de esa luz, porque la misma luz que expone el pecado es la que te conduce a Cristo. Reconoce honestamente tu condición, abandona tus excusas y acude por la fe a Jesucristo. No eres perdonado porque tu pecado sea pequeño, sino porque Cristo es un Salvador perfecto y suficiente.
Y si ya has recibido ese perdón, la pregunta que sigue es: ¿qué estás haciendo con la gracia recibida? Isaías no fue purificado para seguir viviendo para sí mismo, sino para escuchar, responder y servir.
Decir «Aquí estoy» no significa «soy suficiente», sino «mi vida te pertenece». No significa «conozco todos los detalles», sino «confío en quien me envía». Esa misión comienza justamente en el lugar donde Dios ya te ha colocado, tu hogar, tu iglesia, tu trabajo, tu comunidad.
Al comenzar esta serie, Santos porque Él es santo: Contemplando al Dios santo y viviendo a la semejanza de Cristo, recuerda que no buscamos la santidad para convertirnos en hijos de Dios, la buscamos porque, por gracia, ya hemos sido redimidos, unidos a Cristo y recibidos en Su familia.
Que esta sea nuestra oración hoy: «Señor, abre mis ojos para contemplar Tu santidad. Examina mi corazón y muéstrame mi pecado. Llévame nuevamente a la cruz, donde mi culpa fue expiada. Y porque me has perdonado, Tu Espíritu me capacita y mi vida te pertenece, aquí estoy; envíame a mí».

