Nadie tuvo que enseñarte a codiciar. Cuando eras niño, el juguete más interesante del área de juegos siempre era el que otro niño tenía en sus manos. De adulto, los juguetes cambian de nombre: el carro del vecino, el trabajo del compañero, el matrimonio de los amigos. Pero la guerra sigue siendo la misma.
El décimo mandamiento confronta exactamente eso. Y lo hace de una forma que ninguno de los otros nueve puede hacer: apunta directamente al corazón, antes de que las manos o la boca actúen.
¿Qué Dice el Mandamiento?
‘No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.’ (Éxodo 20:17)
Este mandamiento cierra el Decálogo, y no es un cierre menor. Es el más aterrador de todos, precisamente porque no tiene salida externa. Los primeros nueve mandamientos podían cumplirse —al menos en apariencia— desde afuera. Un hombre podía ir por la vida sin matar, sin robar, sin cometer adulterio abiertamente, y sentirse bastante bien consigo mismo. Los fariseos lo hacían. Chequeaban la lista. Nueve de nueve. Promedio perfecto. Pero cuando llegaban al décimo mandamiento, el promedio perfecto se derrumbaba.
Como dijo el teólogo Kevin DeYoung: este mandamiento declara en voz alta lo que los otros nueve susurraban.
Lo Que el Mandamiento Prohíbe
El verbo hebreo que se traduce como ‘codiciarás’ —ḥāmad— significa desear, anhelar, deleitarse. La primera vez que aparece en la Biblia no es en el Sinaí, sino en el jardín del Edén, cuando Eva vio que el árbol era ‘deseable’. El décimo mandamiento es la respuesta de Dios a lo que ocurrió en el principio.
Dios no prohíbe el deseo en sí mismo. Puedo desear una casa, una familia, progresar en mi trabajo. Los deseos no son el problema. Lo que el mandamiento prohíbe es un deseo desordenado, ingobernable y egoísta de algo que Dios no me ha dado, especialmente cuando ese algo le pertenece a otra persona.
Piensa en David. Desde la azotea de su palacio vio a Betsabé. Podría haber apartado la mirada. No lo hizo. Y la codicia lo llevó al adulterio, al engaño y al asesinato. La codicia no funciona con lógica. No calcula. Ciega. Y cuando ciega, convierte al hombre más bendecido en el ladrón más miserable.
Pero la codicia no solo apunta a lo que es del otro. También incluye desear de forma desordenada lo que Dios simplemente no nos ha dado, aunque no le pertenezca a nadie en particular. Anhelar tan intensamente una pareja, un hijo, una posición o la salud perdida, al punto de entristecernos y acusar a Dios de ser injusto con nosotros, eso también es codicia. Como lo expresa el pastor Sugel Michelén: la codicia es desear tanto una cosa que no tenemos, al punto de perder el contentamiento en Dios.
Y el apóstol Pablo le pone nombre a eso: idolatría. ‘La avaricia… es idolatría’ (Colosenses 3:5). Porque la cosa deseada ha ocupado el lugar que solo le pertenece a Dios: la fuente de nuestra satisfacción, nuestra seguridad, nuestra esperanza.
Lo Que el Mandamiento Ordena
Este mandamiento no solo prohíbe. También ordena algo positivo: contentamiento y amor genuino hacia el prójimo.
El contentamiento no es resignación ni optimismo fabricado. Es confianza. Es creer que lo que Dios eligió darte es mejor que lo que tú habrías elegido para ti. El escritor de Hebreos lo ancla en una promesa concreta: ‘Nunca te dejaré ni te desampararé’ (Hebreos 13:5). Cuando esa promesa te sostiene, el temor a quedarte atrás pierde su poder.
Pablo aprendió esto en la escuela de la adversidad: ‘He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación’ (Filipenses 4:11). Y el secreto que revela en el versículo siguiente no es fuerza de voluntad, sino Cristo mismo: ‘Todo lo puedo en Cristo que me fortalece’ (v. 13).
Y cuando ese contentamiento echa raíces en el corazón, produce algo natural hacia el prójimo: el amor. La codicia mira al otro y piensa: ‘Lo que tienes debería ser mío.’ El amor mira al otro y piensa: ‘¿Cómo puedo servirte?’ Romanos 12:15 lo desafía directamente: ‘Gócense con los que se gozan.’ El bienestar del otro deja de ser una amenaza para convertirse en una razón de alegría.
El Mandamiento Que Nos Expone
Cuando los israelitas escucharon la voz de Dios en el Sinaí, temblaron y se alejaron. No quisieron que Dios les hablara directamente. ¿Por qué? Porque la ley hizo exactamente lo que tiene que hacer: reveló quiénes eran. Y lo que vieron los hizo sentir culpables.
La ley es como un espejo. Te dice con precisión cómo te ves. Pero un espejo no puede lavarte la cara. La ley puede mostrarte tu codicia, pero no puede darte un corazón nuevo.
El pueblo en el Sinaí necesitaba un mediador. Moisés se acercó a la nube donde estaba Dios mientras el pueblo se quedaba atrás. Pero Moisés era un mediador imperfecto. Lo que Israel necesitaba —lo que tú y yo necesitamos— es un Mediador sin pecado, que pueda estar completamente de nuestro lado y completamente del lado de Dios al mismo tiempo.
La Única Cura para un Corazón Codicioso
Hebreos 12 presenta uno de los contrastes más dramáticos de la Biblia: ya no nos acercamos al monte Sinaí, con su fuego y su tormenta. Nos acercamos al monte Sión, a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel.
Jesucristo obedeció la ley perfectamente como hombre. Nunca codició. Nunca tuvo motivaciones pecaminosas. Y luego fue a la cruz cargando todas nuestras codicias: las veces que miramos con deseo lo que era del otro, las veces que acusamos a Dios de no ser suficiente, las veces que pusimos nuestros deseos en el lugar que solo le pertenece a Él. Resucitó para demostrar que esa deuda fue saldada.
La codicia siempre busca más. Cristo es el único que, cuando lo tienes, hace que ya no necesites buscar.
¿A Dónde Llevarás Tu Codicia Hoy?
La pregunta que vale la pena hacerse no es si volverás a codiciar. Probablemente lo harás. La pregunta es: ¿a dónde llevarás esa codicia cuando aparezca?
Si eres creyente, tienes un Mediador. Puedes llevar tu codicia al trono de gracia y decir con honestidad: ‘Señor, en este momento no estoy satisfecho contigo. Ayúdame.’ Él puede hacer lo que la ley nunca pudo.
Y si todavía no has confiado en Cristo, este mandamiento te ha mostrado algo importante: que has hecho de las cosas creadas un dios, que has codiciado lo que no te pertenece, que has acusado a Dios de no ser suficiente. La ley no te condena para destruirte. Te condena para que veas que necesitas un Salvador. Y ese Salvador tiene una invitación abierta: ven con tu codicia, con tu idolatría, con tus deseos desordenados. Arrepiéntete. Él cargó todo eso en la cruz y puede recibirte ahora mismo como hijo suyo.
