Serie: Las Marcas de una Iglesia Saludable
Predicador: Pastor Eduardo Saladín
Introducción
Como se había anunciado, hoy vamos a empezar una serie de mensajes acerca de las marcas de una iglesia saludable. Estas marcas que vamos a predicar son: el evangelio bíblico, la centralidad de la palabra de Dios en la vida de la iglesia. Vamos a hablar de la teología bíblica, de la historia de la redención, lo que es la conversión, la evangelización, la membresía, la disciplina bíblica, el discipulado, lo que es el liderazgo bíblico. ¿Qué queremos? Que todos ustedes entiendan que en la iglesia todos tenemos una labor, una función. No somos espectadores que vienen los domingos en la mañana. Tenemos que entender cuáles son las marcas que nosotros debemos buscar si queremos tener una iglesia saludable. Esperamos que este sea un tiempo para afirmarnos en la verdad y que podamos crecer juntos al entender el diseño de Dios para la iglesia y qué lugar ocupo yo en ese diseño de Dios.
Como habíamos anunciado, hoy queremos empezar hablando de qué es el evangelio. Queremos empezar por ahí porque vivimos en un tiempo en el cual la palabra «evangelio» es muy mal entendida, se utiliza con mucha frecuencia pero con muy poca precisión. Algunos piensan que el evangelio es algo de superación personal, cómo ser mejor, cómo tener éxito en la vida, cómo alcanzar mi potencial, cómo ser más próspero, cómo lograr mis metas, cómo sentirme bien conmigo mismo. Para otros, simplemente el evangelio es vivir mis valores cristianos, pertenecer a una iglesia, pero el evangelio, como cantábamos, es mucho más que eso. Hay muchas definiciones, pero muchas de esas definiciones están equivocadas. Qué bueno es saber que la Biblia no nos deja a oscuras en un tema tan crucial, porque este mensaje no fue inventado por ningún hombre, no fue inventado por ninguna iglesia. Es un mensaje que va a través de las épocas, a través de los siglos, a través de los años. Dios nos lo reveló aquí en las Escrituras. Es el mensaje, como cantábamos, de Jesucristo, que murió y resucitó para salvar a los pecadores.
Por eso Pablo le dice a los romanos: «Yo no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación». El evangelio Dios lo utiliza para darnos vida a nosotros. ¿Qué pasa? Hay un peligro: hay muchas personas predicando un evangelio diluido, algo parecido. Eso ocurrió desde los inicios de la iglesia, ha ocurrido a través de los años. Miren lo que Pablo le dice a los Gálatas:
«Me maravillo de que tan pronto ustedes hayan abandonado aquel que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. En realidad no es otro evangelio, sino que hay algunos que los perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara otro evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema. Como hemos dicho antes, también repito ahora: si alguien les anuncia un evangelio contrario al que recibieron, sea anatema.» (Gálatas 1:6-9)
Nosotros estamos llamados a anunciar ese mensaje de manera correcta, porque es el poder de Dios para salvación. Es la noticia, las buenas nuevas que salva a los pecadores. Por eso titulamos el mensaje: ¿Qué es el evangelio? Esta es una pregunta trascendental, es una pregunta personal y que tiene una relevancia eterna. Óyeme bien, tiene una relevancia eterna. Por eso oramos que Dios abra entendimiento para comprender qué es el evangelio y podamos responder como Dios quiere que respondamos.
Si nosotros no nos fundamentamos en el evangelio, en lo que nos enseña la palabra de Dios, y damos un mensaje reducido, un mensaje limitado, un mensaje cortado, un mensaje para agradar al público que está presente, estamos dando un mensaje que va a producir una fe superficial, un mensaje distorsionado que produce una falsa seguridad. Óyeme bien, que te va a hacer pensar que tú estás bien cuando realmente no lo estás. Hay muchas personas que al no entender el evangelio o recibir un evangelio light, licuado, van camino a una condenación eterna, sentados en los bancos de la iglesia. Pero el evangelio bíblico, como vamos a ver hoy, produce arrepentimiento verdadero, una fe genuina y una vida nueva.
En este mensaje queremos hablar qué nos enseña la palabra de Dios acerca del evangelio. Quiero dar crédito al ministro Greg Gilbert y su libro ¿Qué es el evangelio? Hoy vamos a ver muchos textos bíblicos.
I. Dios: El Creador, el Santo, el Justo
Vamos a ver primero a Dios como el creador, el santo, el justo. Quiero empezar por donde la Biblia empieza. La Biblia empieza con Dios. Dios es el origen, el centro del evangelio, porque Dios es nuestro creador. Dios es santo y Dios es justo. Fíjense qué interesante: el evangelio no empieza con los hombres, no empieza con nuestras necesidades, no empieza hablando de nuestros problemas, sino que nos habla primero de Dios. Antes de hablar de salvación, de perdón o de gracia, las Escrituras nos presentan a ese Dios que existe por sí mismo, a ese Dios que creó todas las cosas, a ese Dios que tiene derecho absoluto sobre su creación.
Aquí hay una verdad teológica: el evangelio está centrado en Dios. El evangelio es teocéntrico, no es antropocéntrico. El evangelio no está centrado en el hombre. Parte del carácter, la autoridad y la gloria de Dios, no del sentir nuestro. Como decía al inicio, cuando se invierte ese orden, entonces ese evangelio se reduce a una terapia emocional. «Ay, qué bien me siento con ese mensaje que oí, que me dice que yo soy lo máximo, que yo tengo el máximo potencial dentro de mí, que debo desarrollarlo, que debo estar en paz». Ese no es el mensaje. Me lleva a un moralismo religioso. Ya la cruz de Cristo no es una necesidad, es una opción que yo puedo tomar.
Vayan conmigo a Romanos capítulo 11, versículo 36, para que veamos esta verdad. Miren cómo Pablo nos dice que todo procede de Dios, todo se sostiene con Dios y todo existe para la gloria de Dios:
«Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria para siempre. Amén.» (Romanos 11:36)
«De él» nos indica el origen de todo: todo lo que existe procede del Dios vivo y verdadero. O sea, nosotros no venimos de una célula microbiótica, no somos el fruto del azar, no somos el fruto de un choque galáctico, no somos fruto de la casualidad ni de la chepa. Dios nos creó, como vamos a ver. «Por él» indica no solamente que Dios nos creó, sino que Dios es quien nos mantiene, nos gobierna, nos sostiene, nos preserva continuamente. «Para él» indica el propósito: el fin de todas las cosas es que Dios sea glorificado. Ya ahí tenemos un choque con nosotros, porque yo me creo que soy el centro del universo. Dios quiere ser glorificado, conocido, adorado, alabado, disfrutado por su pueblo para siempre.
Fíjense qué interesante: Dios es grande. Él es infinito, no tiene límites. Está lleno de poder. Él habla y las cosas suceden. Lo vemos a él en su palabra, lo vemos en la creación y lo vemos en la providencia. ¿No dice Génesis 1: «En el principio…»? Ese es el punto de partida. Dios fue que creó los cielos y la tierra. Él es el creador eterno y todo existe y depende de él. En el versículo 26 dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Y en el versículo 27 se nos dice:
«Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» (Génesis 1:27)
Ustedes ven, nosotros somos una creación de Dios, creados a su imagen. Tenemos una dignidad real, pero nosotros no somos autónomos. Tú y yo dependemos de Dios para existir. Tú y yo debemos responder ante Dios por la forma como vivimos. Nosotros no somos el centro.
«Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan.» (Salmo 24:1)
No se queda nada fuera. Él es el dueño de todo, tiene la propiedad absoluta.
Pero también ese Dios creador es un Dios perfectamente santo. Él es absolutamente puro, separado del mal, moralmente perfecto en su ser y en todas sus obras. Entonces, si Dios es un Dios santo, el pecado, la transgresión de su ley, el no darle a él la gloria que merece, es una ofensa real contra ese Dios soberano.
Isaías, a la muerte del rey Usías, tuvo una visión de la gloria de Dios, de los ángeles adorando a Dios. Los ángeles decían:
«Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; llena está toda la tierra de su gloria.» (Isaías 6:3)
Tres veces le dicen santo, santo, santo, enfatizando esa santidad de Dios. El profeta Isaías, que era un hombre de Dios, un mensajero de Dios, cuando vio a Dios en su gloria, cuando vio su santidad, cuando vio a esos ángeles proclamando esa santidad, dijo:
«Ay de mí, porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos, y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos.» (Isaías 6:5)
Miren lo que es la santidad de Dios.
«Muy limpio eres de ojos para mirar el mal, y no puedes contemplar la opresión.» (Habacuc 1:13)
Dios es nuestro creador, Dios es un Dios santo, pero Dios es un Dios justo. Dios es el juez de toda la tierra. Dios es quien define lo que es bueno y lo que es malo. Oye bien: no eres tú, no soy yo quien define lo que es bueno y lo que es malo. Es Dios. Cuando él nos evalúa, cuando él lo mide, lo hace con su verdad perfecta, sin error. Dios no tiene pana, no hace acepción de personas, no tiene favoritismos como nosotros. Nadie escapa a la mirada de Dios, nadie es juzgado injustamente, nadie es absuelto por una simple compasión humana, como hacen muchos jueces porque les dio pena esa persona y la trataron de una manera diferente. Tú y yo, todo ser humano, vamos a dar cuenta delante de Dios. Como él es perfectamente justo, no va a pasar por alto el pecado. El evangelio nos dice cuál es la única manera cómo Dios nos puede perdonar sin dejar de ser justo.
Miren cómo la Escritura describe el carácter de Dios:
«Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos. Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es él.» (Deuteronomio 32:4)
Dios es totalmente confiable, su juicio siempre va a ser el mejor.
Los ángeles le dicen a Abraham que ellos van a destruir Sodoma, y él dice: «¿No hará justicia el Juez de toda la tierra?». Si él es un juez, no va a pasar por alto nuestro pecado. Imagínese un juicio: hay una persona que es culpable y el juez libera a esa persona sin ninguna sanción, sin ninguna condena. Eso produce indignación en nosotros, decimos que ese juez es injusto, aunque él diga que lo condenó por compasión. ¿Por qué? Porque yo puedo tener compasión de una situación, pero la compasión no ignora la justicia. Si ignora la justicia, no es una compasión verdadera, porque está torciendo, está corrompiendo el veredicto de culpabilidad que hay sobre esa persona.
Entonces, fíjate lo que pasa: si Dios pasa por alto nuestra falta, nuestro pecado, en ese sentido está negando su propio carácter de justicia. ¿Por qué? Porque ese pecado nos ha apartado de él. Él es tres veces santo, como hemos visto. Él es justo, pero Dios puede perdonar al pecador sin dejar de ser justo. Es lo que vamos a ver hoy en este mensaje.
¿Qué debemos hacer nosotros, hermano? Vamos a ponernos en la perspectiva correcta. El universo no gira alrededor de mí. Yo no soy el sistema solar donde los planetas giran alrededor del sol. Dios debe ser el centro de mi vida. Eso es lo que vemos aquí. El evangelio nos muestra cómo es Dios.
II. La Condición del Hombre: Pecadores
En segundo lugar, el evangelio nos muestra cuál es nuestra condición delante de Dios. Nosotros somos pecadores. Nosotros nos hemos rebelado contra Dios. Nosotros tenemos un problema en el corazón de rebelión contra Dios. Es un problema moral, es un problema espiritual.
El apóstol Pablo le dice a los romanos:
«No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.» (Romanos 3:10-12)
Tenemos un problema todos los hombres. Es un problema universal. No somos justos delante de Dios, no lo buscamos como deberíamos buscarlo, nos hemos desviado de su camino.
La Biblia no nos presenta esto como una falla moral. Cuando nosotros queremos vivir como nos parece, estamos negando el señorío de Dios sobre nosotros. «Yo no quiero que tú reines sobre mí». Cuando tú pecas, tú transgredes la ley de Dios. Pero mira algo más: tú no le estás dando a Dios el lugar que a él le corresponde y te estás poniendo tú mismo en ese centro. Eso fue lo que hicieron nuestros primeros padres en el jardín del Edén. Desconfiaron del carácter y la bondad de Dios y pretendieron decidir lo que era bueno y lo que era malo aparte de Dios. Eso es lo que nos pasa a nosotros, hermano.
Pablo le dice a los romanos:
«Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios, ni le dieron gracias.» (Romanos 1:21)
Yo le añado: por el contrario, no lo honraron como debían, no le dieron gracias, sino que se hicieron vanos, incoherentes, queriendo buscar un significado, un propósito en la vida fuera de Dios. Vanos en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Tan pronto yo rechazo la verdad de Dios, la reemplazo por las tinieblas del error y del engaño. Así estamos nosotros. «Yo no te quiero servir, Señor». Esa culpa es universal, es una culpa real delante de Dios.
Estamos afectados. Mira cómo es la situación: somos culpables, responsables ante un Dios justo. Estamos condenados a una muerte eterna. No tenemos ninguna esperanza en nosotros mismos.
«Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.» (Romanos 3:23)
«Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.» (Romanos 6:23)
Yo oía una historia de una señora que fue al médico, tenía un cáncer de ovario grado cuatro, avanzadísimo, ya estaba en sus finales, pero ella no sabía que tenía ese cáncer porque el cáncer de ovario no se manifiesta en muchos casos con muchos síntomas. El pecado está así en nuestras vidas, está obrando en nuestras vidas. Ese pecado, si no recibimos el tratamiento correcto, que es ir a Jesucristo, nos va a consumir. Porque óyeme algo: nadie va a vivir para siempre. Todos nosotros tenemos nuestros días contados en esta tierra, y por eso vemos que mueren desde bebecitos hasta personas ancianas.
Si tú estás minimizando el pecado en tu vida, no quieras calmar la conciencia pensando que tú eres bueno, que tú haces obra de caridad, que tú aportas para muchas obras diferentes. La única manera de calmar tu conciencia es ver tu condición delante de Dios. Cuando entendemos la profundidad de esa enfermedad espiritual que me va a llevar a una muerte eterna, comenzamos a valorar cuán grande es el remedio que Dios ha provisto en Jesucristo.
El evangelio nos llama a reconocer con honestidad que somos pecadores delante de Dios, que no tenemos excusas, que no podemos estar comparándonos. Eso nos humilla, derriba toda jactancia y nos coloca en el lugar correcto. Tú, yo, todo hombre que nace, necesita la misericordia de Dios.
III. Jesucristo: El Único Salvador Perfecto y Suficiente
Mi culpa es real. Hemos transgredido la ley de Dios. Yo he pecado delante de ese Dios creador, santo y justo. ¿Qué esperanza hay para nosotros los pecadores? Esa pregunta nos lleva directamente al corazón del evangelio y a nuestro tercer punto: Jesucristo es el único salvador perfecto y suficiente.
Hay un texto que todos sabemos:
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» (Juan 3:16)
¿Quién fue que amó al mundo? Dios. La salvación comienza en Dios, no comienza en nosotros. ¿Quién fue que dio a su Hijo unigénito por nosotros? Dios fue que lo hizo. Esa iniciativa es divina, y el origen de la salvación está fundamentado en el amor de Dios manifestado en Jesucristo.
Mis hermanos, lo hemos dicho en otras ocasiones: Dios se encarnó. Eso fue lo que celebramos en la Navidad. Dios dejó su trono en el cielo, se vistió de carne y, estando aquí como hombre, sufrió la muerte de cruz. Ese fue el Cristo que vino. Dice la Escritura que no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros. Pero miren: él no pecó. Él nunca pecó. Él tuvo una vida de obediencia perfecta a Dios. Enfrentó tentaciones, enfrentó sufrimientos que fueron reales. Esa obediencia perfecta de Cristo es esencial para el evangelio. ¿Tú sabes por qué? Porque la justicia de Cristo es contada a favor del pecador que cree.
No es por mí, es por la obra que ya realizó en la cruz del Calvario. Él nos quita nuestra culpa y nos concede una justicia que nosotros nunca podríamos producir. Pero ese regalo costó mucho. Fue su muerte en la cruz. Fue una sustitución real por nosotros, por lo que nosotros debimos haber pagado por nuestra culpa. Por eso dice la Escritura:
«Al que no conoció pecado, Cristo, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que fuésemos hechos justicia de Dios en él.» (2 Corintios 5:21)
Dice Isaías profetizando de Cristo:
«Mas él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo por nuestra paz cayó sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados.» (Isaías 53:5)
Ese es el corazón del evangelio. Cristo murió como nuestro sustituto. Mi pecado, mi maldad, todo lo que yo he hecho fue puesto sobre él, y esa justicia de él me es otorgada. Ustedes ven: en la cruz, nuestro pecado no fue obviado, no fue olvidado, no fue minimizado, fue juzgado plenamente en la persona de Cristo. Qué maravilloso que Dios castigó el pecado en la persona de Cristo por su gracia.
La resurrección de Cristo es la confirmación de su victoria sobre el pecado y la muerte, y la garantía de nuestra justificación. Hermanos, el día que cerremos nuestros ojos, los que hemos confiado en Cristo, en el momento que sea, lo vamos a abrir en la presencia de Dios.
«Al cual fue entregado por causa de nuestras transgresiones, y resucitado por causa de nuestra justificación.» (Romanos 4:25)
Como dice Pablo a los corintios: «Si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados». Pero Cristo resucitó. La tumba está vacía. Él está en los cielos, ascendió como cantábamos, está sentado a la diestra de Dios el Padre. Nosotros, como veremos, estaremos y reinaremos con él. ¿Tú quieres una esperanza mayor que esa? No la hay.
Cristo es el único mediador suficiente. Recuerden, él dijo:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino es por mí.» (Juan 14:6)
Imaginémonos nosotros como una persona que tiene una deuda que no puede pagar. Tú ganas 500 dólares al mes y debes 100 millones de dólares. No hay algo que tú puedas hacer ganando 500 para pagar en esta vida esos 100 millones. No hay algo que puedas hacer para reunir ese dinero. Pero un día recibes una noticia de que esa deuda ha sido pagada en su totalidad, y no fue porque tú trabajaste de más, no fue porque trabajaste más horas, no fue porque eras un genio, sino que alguien pagó esa deuda por ti. Eso fue lo que ocurrió en la cruz del Calvario. Cristo asumió nuestra deuda, la pagó con su sangre, y su resurrección es la confirmación divina de que la cuenta quedó totalmente saldada para siempre.
A la luz de esto, hermanos, debemos dejar de confiar en nosotros mismos y confiar plenamente en la obra de Jesucristo a favor de nosotros. Él vivió una vida de perfecta obediencia, murió en nuestro lugar, resucitó victorioso. No hay nada que añadir ni negociar, solamente entregarnos en sus brazos. Ese es el evangelio. El evangelio no nos llama a probar que somos buenos o que merecemos la salvación, sino a confiar en un salvador único y suficiente que nos salva por completo.
IV. Nuestra Respuesta: Arrepentimiento y Fe
Si Cristo es el único camino a Dios, no basta conocerlo ni admirarlo a la distancia. ¿Qué debo hacer? ¿Cuál debe ser mi respuesta ante esa verdad? Porque todos hemos dicho «amén». Eso está en la Escritura, yo no me estoy inventando nada. Esto está aquí en la palabra de Dios. Esa es la pregunta que tú debes hacerte hoy: ¿cómo yo debo responder a ese evangelio de Jesucristo? ¿Cómo yo debo responder a lo que Cristo hizo por mí?
La respuesta que Dios nos pide a ti y a mí es: arrepentimiento y fe. El evangelio no es solo una noticia para escuchar. Es un anuncio que nos confronta porque nos muestra cuál es nuestra condición y quién es Dios y lo que hizo Cristo, y nos llama a dar una respuesta. O yo respondo a Dios, o yo sigo siendo un enemigo de Dios y lo resisto.
«El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en el evangelio.» (Marcos 1:15)
¿Sabes quién hizo ese llamado? El Señor Jesús. Él no nos está llamando a contemplar lo maravilloso que él es, no nos está llamando a mirar una idea religiosa, sino que nos está dando un mandato: arrepiéntanse y crean en el evangelio. Arrepentimiento y fe.
El arrepentimiento no es remordimiento por mi pecado. Es un cambio real de mente y de dirección. Es reconocer que yo he vivido para mí, que he transgredido la ley de Dios, que no le he dado la gloria que Dios merece, que he estado dándole las espaldas a Dios, y confesar mi culpa y abandonar ese camino de pecado para volverme a Dios.
«Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, para que sus pecados sean borrados.» (Hechos 3:19)
Ese arrepentimiento está ligado al perdón real. Es acudir a Dios para que, cuando yo voy donde él, él impute la justicia de Cristo en mi favor, me declare justo.
Esto deja algo claro: el problema está en nuestros corazones. Por eso, cuando yo me arrepiento, dejo de justificarme. «No, no, que lo voy a hacer mañana, que más tarde». Pero tú no eres dueño de tu vida, como hemos visto. Tú no sabes si te vas a morir mañana. No sabes si un infarto, un accidente, un coagulito al cerebro te van a dejar ahí. Lo que tienes que hacer es ponerte de acuerdo con Dios, con el veredicto de Dios sobre el pecado, arrepentirte de tu pecado: «Yo soy un pecador, he transgredido la ley de Dios». Y tener fe: descansar en Cristo y solo en Cristo como Señor y Salvador.
Ustedes ven, es una misma moneda de dos caras. Es una confianza total en Cristo. Es apoyarse en él como la única esperanza. Es recibirlo como salvador y rendirme a su señorío. Él es el Señor de mi vida. Él fue que me salvó, yo quiero vivir para su gloria. Por eso Juan dice:
«Mas a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios.» (Juan 1:12-13)
Creer en su nombre no es aceptar datos sobre Jesús, es confiar en él tal cual es revelado aquí en su palabra. Es depender de Cristo. Es entender que solamente él me puede dar perdón, me puede dar alivio, solamente él me puede dar una vida nueva. No es que yo confío en mi dinero, en mis relaciones políticas, en mis relaciones sociales. Cristo y solo Cristo ahí está mi salvación. Cristo y solo Cristo es mi esperanza.
Esa fe y ese arrepentimiento son inseparables. Donde Cristo es recibido como salvador, el pecado deja de ser abrazado como dueño.
Imagínense que usted está en un edificio que se está quemando. Usted está en un piso tres o cuatro y ya abajo está el fuego. No puede salir por la escalera. Viene un rescatista y le dice: «Salta, que aquí hay una malla. Nosotros te vamos a sostener aquí en esta malla». Tú tienes dos opciones: o te quedas donde estás confiando en que vas a encontrar una solución por ti mismo, o puedes abandonar ese lugar y tirarte de esa tercera planta en esa malla donde te van a recibir. Si tú sigues como estás sin Cristo, vas camino a una condenación eterna. Eso es seguro. No lo digo yo, lo dice la palabra de Dios. El arrepentimiento es reconocer que ese edificio está en llamas y dejar de confiar en nuestras propias fuerzas. La fe es saltar a los brazos de Cristo, convencidos de que él es fiel y suficiente para salvarme de mis pecados.
¿Cómo vas a responder al evangelio de Cristo? Debe ser con arrepentimiento y fe. No es aplazándolo, no es con neutralidad. El evangelio no nos deja como oyentes pasivos. Dios no nos llama a admirar a Jesucristo desde lejos, sino a apartarnos del pecado y confiar en él plenamente. Seguir escuchando sin dar una respuesta no es neutralidad, es resistir al llamado de Dios. Dios te ha dicho cuál es la condición, te ha dicho cuál es tu destino eterno. Entonces, deja de justificarte y arrepiéntete de tu pecado. Abandona ese camino, deja de apoyarte en ti mismo y apóyate en Cristo. Descansa en él y solo en él. No pienses que lo vas a hacer algún día, porque nadie sabe qué será del día de mañana.
V. Una Nueva Vida y un Nuevo Reino
Cuando una persona se arrepiente y cree, no solamente recibe el perdón de sus pecados, recibe una nueva ciudadanía. Está bajo el reinado de un nuevo rey y tiene una vida nueva bajo el señorío de ese rey. Qué glorioso.
«Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado.» (Colosenses 1:13)
Aquí vemos a ese Dios soberano que nos traslada de las tinieblas a la luz. Antes estábamos bajo el poder del pecado, ahora estamos bajo el reinado de Cristo. Pertenecemos a nuestro Dios. El evangelio no solamente cambia nuestra situación legal delante de Dios, cambia a quién pertenecemos y bajo qué autoridad vivimos.
«Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.» (Romanos 14:8)
Ya no importa lo que pase, hermano. Venga lo que venga, yo soy del Señor y voy a estar con él para siempre. ¿Por qué? Él tiene un señorío total sobre nosotros. El punto es este: si él es tu Señor, verifica en tu vida que tu tiempo, tus decisiones, tus relaciones, tus prioridades están bajo ese nuevo gobernante, bajo ese nuevo rey.
Tenemos una esperanza aún mayor. El reino ya comenzó, pero esperamos su consumación final. El Señor dijo: «He aquí el reino de los cielos está en medio de ustedes». Ese reino irrumpió con la presencia de Cristo y su obra. Ahora Cristo reina en nuestros corazones. Ya ese reino está actuando. Pero se nos dice:
«El reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos.» (Apocalipsis 11:15)
Nosotros como ciudadanos de ese reino vamos a reinar con él por toda la eternidad. Ese texto apunta a esa consumación futura. Ese reino será manifestado cuando Cristo reine visiblemente, cuando el pecado, la injusticia y la muerte sean eliminados.
Mientras tanto, vivimos como ciudadanos del cielo en un mundo que está marcado aún por la caída, como creyentes que todavía no hemos sido glorificados, pero tenemos una esperanza firme en que estaremos con Dios por toda la eternidad. Vivimos en este mundo, pero tenemos otra ciudadanía. Tenemos un nuevo rey, una nueva identidad, una ciudadanía celestial, una esperanza eterna. Obedecemos a Dios no para ganar la entrada al cielo, como hemos visto, sino porque ya hemos sido recibidos a través de la obra de Cristo. Eso debe llevarnos a que el tiempo que nos queda por vivir lo vivamos para la gloria de Dios.
Conclusión
Hoy no hemos considerado una idea religiosa más, ni una propuesta espiritual entre muchas propuestas, como todas esas concepciones equivocadas que tienen muchas personas del evangelio. Hemos visto el evangelio tal como Dios lo ha revelado. Hemos visto a Dios tal como él es, como el creador, santo y juez justo. Hemos tenido una visión de nosotros mismos: que somos pecadores, que somos rebeldes. Hemos contemplado a Jesucristo como el único salvador suficiente, que vivió en obediencia perfecta, que murió en sustitución de nosotros por nuestros pecados y resucitó venciendo la muerte. Hemos visto que debemos dar una respuesta a ese evangelio: arrepentirnos de nuestros pecados y confiar en Cristo para salvación. Hemos visto por último la realidad de una nueva ciudadanía: que vivimos bajo un nuevo señorío y debemos responder a esa noticia.
Esa noticia merece una respuesta. No es para decir «ay, qué bonito, yo lo entiendo, estoy de acuerdo con él». Si el evangelio es verdadero —y es verdadero, es la palabra de Dios, es la revelación de Dios a nosotros— debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con él? Muchos escuchan el mensaje y lo postergan, otros siguen confiando en sí mismos, y otros responden en arrepentimiento y fe. Queremos que todos los que estamos aquí en este día respondamos con arrepentimiento y fe.
Ese evangelio no nos puede dejar tranquilos. Nadie puede salir de aquí igual que como entró, al ver quién es Dios, quiénes somos nosotros, la obra que hizo Cristo y lo que Cristo demanda de nosotros. Por eso hay una pregunta profundamente personal que debemos hacernos en este día. No es para el que está al lado, ni para otro momento. Esa pregunta es: ¿estás descansando verdaderamente en Cristo como tu único salvador? Óyeme bien: ¿estás descansando únicamente en Cristo como tu único salvador? ¿Has respondido al evangelio con arrepentimiento y fe reales? Si es así, qué bueno. ¿Estás viviendo como un ciudadano del reino al que dices pertenecer?
El evangelio son buenas noticias, pero no será buena si solamente la escuchamos y la dejamos pasar. Dios ha hablado. Cristo ha hecho la obra. La invitación hoy está delante de nosotros. La única pregunta que queda es esta, y con ella concluyo: ¿cómo estás tú respondiendo al evangelio de Jesucristo en este día?
Amén.

