Serie Los 10 Mandamientos. IBSG. 10.5.26
Estamos estudiando Los diez mandamientos según Éxodo 20:1–17. Hasta aquí hemos visto, los primeros 5:
1. No tendrás otros dioses delante de mí (v. 3)
2. No te harás ningún ídolo (vv. 4–6)
3. No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano (v. 7)
4. Acuérdate del día de reposo para santificarlo (vv. 8–11)
5. Honra a tu padre y a tu madre (v. 12)
6. No matarás (v. 13)
¿Qué pasaría si yo les dijera que hay uno o varios asesinos entre nosotros esta mañana? No sé exactamente quién es, o quiénes son, pero al terminar este mensaje lo sabremos.
De hecho, es posible que lo sepamos antes de que termine. Y la respuesta va a incomodar a más de uno.
Éxodo 20:13 No Matarás
I. La razón y el significado del mandamiento
A. Nota introductoria. La razón para la existencia de este mandamiento
Antes de preguntar que significa o qué prohíbe este mandamiento, conviene preguntar por qué existe.
¿Por qué Dios considera que este mandamiento merece estar entre los diez más fundamentales de toda su ley?
La respuesta está en el principio que lo sostiene todo, enunciado con claridad en Génesis 1.27:
«Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» (Génesis 1:27)
El ser humano es único en toda la creación, es el único ser que lleva la imagen de Dios, lo que llamamos el Imago Dei.
«Y esa realidad tiene una consecuencia directa, nuestras vidas no nos pertenecen, sino que le pertenecen al Dios que nos creó y nos la dio.
Imagina que un pintor pinta un cuadro en un lienzo, esa creación, esa pintura no le pertenece al lienzo sino al pintor que la creó.
De la misma manera, Dios formó a cada ser humano a su imagen, le sopló el aliento de vida, y por eso esa vida le pertenece a Él, no a nosotros mismos.»
Atentar contra una vida humana o quitarla es atentar contra aquello que más refleja a Dios en toda la creación. Quitar una vida sin la autorización divina es usurpar una prerrogativa que solo le corresponde al Creador.
Job 12.10 lo expresa con precisión, (RVC):
«La vida de todo ser está en sus manos; ¡él infunde vida a toda la humanidad!» (Job 12:10)
El Sexto Mandamiento existe porque la vida humana es sagrada, y es sagrada porque cada persona, sin excepción, sin distinción, lleva impresa la imagen del Creador.
Con ese fundamento establecido, pasemos ahora al texto mismo. El Sexto Mandamiento es una de las declaraciones más breves de toda la ley de Dios. En el hebreo original son apenas dos palabras: lo ratzach.
Es una prohibición breve, directa y enfática, pero esa brevedad no significa falta de precisión. Al contrario, las palabras fueron escogidas cuidadosamente, y entenderlas correctamente cambia por completo nuestra comprensión de este mandamiento.
B. El significado preciso del verbo
El hebreo cuenta con al menos ocho palabras distintas para designar el acto de quitar una vida. Dios no eligió una genérica, sino ratzach, un término con límites muy definidos.
Este verbo nunca aparece en la Biblia en contextos de guerra, nunca describe una ejecución capital, nunca se emplea para la defensa propia, y ningún texto bíblico lo usa cuando Dios o sus ángeles quitan una vida.
Su uso está reservado, de manera consistente, para el homicidio planificado o premeditado, el asesinato de un enemigo personal, el homicidio pasional, y ciertas formas de homicidio culposo.
Por eso, la traducción clásica ‘no matarás’ resulta demasiado amplia. Y aunque ‘no asesinarás’ es más precisa en español, tampoco recoge todo el alcance del término, porque ratzach incluye también el homicidio involuntario que resulta de la negligencia o el descuido culpable.
La idea central del mandamiento podría expresarse así: «No quitarás injustamente una vida humana» o «No quitarás una vida sin la autorización de Dios.»
C. Lo que este mandamiento no prohíbe
Antes de decir lo que el mandamiento sí prohíbe, conviene decir lo que no prohíbe, porque aquí es donde con mayor frecuencia se producen los malentendidos.
Nota. No prohíbe toda forma de matar. El mandamiento no prohíbe toda forma de quitar una vida. ¿Cómo lo sabemos? Por la propia ley de Moisés. El mismo código que contiene este mandamiento en el capítulo 20 establece, en el capítulo 21, la pena de muerte para quien lo viole.
Éxodo 21.12 lo dice sin rodeos:
«El que golpee (hiera, abate) a un hombre y lo mate, ciertamente morirá.» (Éxodo 21:12)
Si Dios hubiera querido prohibir toda forma de matar sin excepción, esa sentencia sería una contradicción dentro de su propia ley: ‘no matarás’ seguido inmediatamente de ‘el que mate, morirá’.
El hecho de que Moisés escriba ambas cosas sin ningún reparo confirma que ratzach tiene un alcance específico, no universal. Prohíbe el homicidio injusto, no todo acto de quitar una vida.
1. No prohíbe la pena capital
La ejecución de una sentencia o pena capital, administrada por la autoridad civil competente, no viola el Sexto Mandamiento.
Génesis 9.6 establece el principio antes incluso de la ley mosaica, (NTV):
«Si alguien quita una vida humana, la vida de esa persona también será quitada por manos humanas. Pues Dios hizo a los seres humanos a su propia imagen.» (Génesis 9:6)
El argumento es preciso, porque el ser humano lleva la imagen de Dios, quien arrebata esa vida injustamente debe responder con la suya.
La pena capital no contradice la santidad de la vida; la afirma, es el reconocimiento de que la vida vale tanto que quitarla sin autorización tiene el precio más alto.
2. No prohíbe la guerra justa
El mandamiento tampoco impone el pacifismo, Dios mismo ordenó a Israel combatir en determinadas circunstancias.
Y en el Nuevo Testamento, Pablo afirma en Romanos 13.4 que el gobernante civil:
«no en vano lleva la espada, pues servidor de Dios es, un vengador que castiga al que practica el mal.» (Romanos 13:4)
La autoridad civil tiene el derecho de la espada tanto para 1) administrar justicia internamente como 2) para defender a sus ciudadanos.
Nota. Una guerra no es justa de manera automática, 1) debe ser declarada por una autoridad legítima, 2) perseguir una causa justa, 3) emplear fuerza proporcional y 4) proteger a los civiles.
Pero dentro de esos límites, la guerra no viola el Sexto Mandamiento.
3. No prohíbe la defensa propia de manera legítima
El verbo ratzach no aparece en ningún contexto de autodefensa a lo largo del Antiguo Testamento. La ley de Moisés lo confirma en Éxodo 22:2:
«Si el ladrón es sorprendido forzando una casa, y es herido y muere, no será homicidio.» (Éxodo 22:2)
La defensa propia frente a un ataque violento, y, por extensión, la defensa de la familia y de los inocentes, no queda cubierta por esta prohibición. A veces es necesario proteger una vida tomando otra, por lo que el mandamiento no lo impide.
Que hemos visto en el primer punto, la razón para el mandamiento, somos creados y tenemos la imagen de Dios. El significado de la palabra ratzach, y lo que el mandamiento no prohíbe: la pena capital justa, la guerra justa, la defensa propia legítima, y por qué ese límite tiene sentido.
II. Lo que este mandamiento prohíbe
A. El homicidio: sus formas y su raíz
El mandamiento prohíbe en primer lugar toda forma de homicidio directo. Conviene distinguir sus modalidades principales porque no todas operan de la misma manera.
1) El asesinato premeditado es la forma más grave. Es el homicidio calculado, planificado con anticipación, ejecutado con frialdad.
Caín no mató a Abel en un arrebato impulsivo: el texto dice que «habló con su hermano Abel y le dijo que fueran al campo» antes de atacarlo (Gn. 4.8), lo que implica una intención formada.
Es el homicidio que la ley civil llama de primer grado, y es el uso más directo del verbo ratzach.
2) El homicidio por odio o por ira es más súbito pero igualmente culpable, porque la ira no planifica, sino que explota.
Pero cuando esa explosión quita una vida, sigue siendo homicidio. Proverbios 29.22 advierte:
«El hombre iracundo provoca peleas, y el hombre furioso abunda en transgresiones.» (Proverbios 29:22)
El odio arraigado y la ira descontrolada son semillas del mismo fruto.
3) El homicidio por codicia o traición incluye toda muerte motivada por el interés personal, el que mata a alguien para heredar (por codicia), para silenciar un testimonio, para ganar poder.
Es el homicidio de Acab contra Nabot (1 R. 21), motivado por el deseo de una viña, por la codicia.
4) El homicidio culposo es quizás el menos evidente pero no el menos real.
Deuteronomio 4.42 habla del que:
«inadvertidamente mató a su prójimo sin haber tenido enemistad con él de antemano.» (Deuteronomio 4:42)
Hay muertes que resultan por un descuido grave, por la negligencia irresponsable de decisiones tomadas sin considerar el valor de la vida del otro.
Dios las toma en serio aunque no hayan sido intencionales.
B. El aborto. El Holocausto que no se llama así
Las personas hablan del holocausto de los judíos durante la segunda guerra mundial, donde se estima que murieron 6 millones de judíos, lo cual es algo horrendo.
Pero hay otro exterminio que lo supera en número y que ocurre en silencio, con protección legal, y que en muchos círculos ni siquiera se llama por su nombre.
Según la Organización Mundial de la Salud, se realizan aproximadamente 73 millones de abortos en el mundo cada año, 200.000 cada día, más de dos por segundo.
En poco más de cincuenta años, el número de vidas destruidas supera en más de diez veces el total de judíos asesinados en el Holocausto.
El aborto no es simplemente un debate político o médico, sino que es un asunto moral y espiritual, porque involucra una vida humana creada por Dios.
La pregunta decisiva no es cuándo comienza la vida legal, sino cuándo comienza la vida humana.
Y cuando alguien dice que el feto todavía no es vida humana, la respuesta es sencilla: si no es vida humana, ¿qué clase de vida es?
Dios no deja lugar a ambigüedad. Jeremías 1.5 registra sus palabras:
«Antes que te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré; te puse por profeta a las naciones.» (Jeremías 1:5)
• Tres realidades se superponen en ese versículo. Lo que está en el vientre es una persona, no un grupo de células.
• Ese ser es conocido por Dios con conocimiento íntimo y personal, el mismo tipo de conocimiento que implica la relación más cercana posible.
• Y ese ser tiene un propósito asignado por Dios antes de nacer. Quitarle la vida no es solo terminar una existencia biológica: es destruir a alguien que Dios formó, conoció y llamó.
• El vocabulario del Nuevo Testamento lo confirma. La palabra griega brephos designa al niño no nacido y al recién nacido con el mismo término, sin distinción de personería. En Lucas 1.41, cuando María visita a Elisabet, el texto dice: «Cuando Elisabet oyó el saludo de María, el bebé saltó en su vientre.» Ese bebé no nacido —Juan el Bautista— recibe el mismo término que Lucas usa en el capítulo 2 para el niño Jesús recién nacido en Belén: brephos.
• Para el vocabulario inspirado del Nuevo Testamento, el que está en el vientre y el que está en los brazos de su madre son la misma persona.
El Salmo 139.13,15-16 lo expresa con una gran belleza:
«Porque Tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. No estaba oculto de Ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en Tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.» (Salmo 139:13,15-16)
Dios ve al niño no nacido. Dios conoce al niño no nacido. Dios forma al niño no nacido.
«el aborto continúa solo porque los bebés no son suficientemente fuertes para defenderse. Sus gritos se apagan en el entorno aséptico de las clínicas. Alguien tiene que pelear sus batallas, porque ellos no pueden hacerlo.» — Erwin Lutzer
C. El suicidio. Es reclamar una soberanía que no nos pertenece
Cada año, más de 720.000 personas en el mundo mueren por suicidio, y muchas más lo intentan sin lograrlo. Detrás de cada cifra hay una persona que llegó a un punto en que la vida le pareció insoportable.
Dios no nos ha dado el derecho de quitarnos la propia vida porque hacerlo es reclamar una soberanía sobre la existencia que solo le pertenece a Él. Nuestras vidas no son nuestras, Dios nos la dio, por lo que debemos entender que somos mayordomos de ellas no los dueños.
D. La eutanasia. La compasión que no es verdadera
Mal llamada «muerte por compasión», la eutanasia continúa expandiéndose en numerosos países. Lo que comenzó como una excepción para casos extremos rápidamente se ha convertido en una práctica cada vez más común y normalizada.
La Escritura traza una distinción que la cultura ignora, hay diferencia entre terminar un tratamiento y terminar una vida.
Lo primero puede ser legítimo cuando las medidas extraordinarias solo prolongan el proceso irreversible de morir.
Lo segundo nunca lo es, porque Dios es el Señor de la vida; arrebatarla es usurpar una prerrogativa que no nos pertenece.
Cuando el escudero del rey Saúl se negó a darle muerte aunque estaba agonizando, el texto señala que era por temor a Dios (1 S. 31.4). Incluso ante el sufrimiento extremo, esa línea no se cruza.
Y la experiencia confirma hacia dónde lleva cruzarla. En los Países Bajos, la eutanasia que era solo para adultos conscientes con dolor insoportable se extendió a niños, enfermos mentales y ancianos con achaques.
Lo que se llama compasión termina siendo homicidio con respaldo legal.
Nota final. La cultura que ha aprendido a matar
No todas las formas de violar el Sexto Mandamiento son directas. También participamos de una cultura de muerte cuando consumimos y normalizamos la violencia como entretenimiento.
La Asociación Americana de Psiquiatría documentó que para cuando un niño llega a los 18 años habrá visto 16.000 homicidios simulados y 200.000 actos de violencia en pantalla.
Además, un estudio publicado en 2023 encontró que una mayor exposición infantil a medios violentos aumentaba en un 70% las probabilidades de conducta violenta grave en la adultez.
Lo más alarmante no es solo la cantidad, sino el efecto: la violencia ya no horroriza; entretiene. La crueldad y el dolor se convierten en diversión, y eso endurece la conciencia.
«los videojuegos violentos y la televisión aplican exactamente las mismas técnicas de condicionamiento y desensibilización que el ejército usa con sus soldados.» — David Grossman, psicólogo militar retirado
Además, más de 980 estudios revisados por el Colegio Americano de Psiquiatría Forense encontraron una relación directa entre la violencia en pantalla y la violencia en la vida real.
El creyente no puede ser indiferente a lo que consume ni a lo que permite entrar en su hogar.
El Sexto Mandamiento no regula solo nuestras acciones, sino también aquello que alimenta nuestros ojos, oídos y corazón.
III. El homicidio que nadie confiesa, el asesinato del corazón
Quizás tú estás pensando: «Por lo menos este lo cumplo. Yo no he matado a nadie.» ¿Tu estas seguro que es así?
A. Lo que Jesús hizo con este mandamiento
En el Sermón del Monte, el Señor Jesús cita directamente el Sexto Mandamiento y luego lo lleva a una profundidad que sus oyentes no esperaban.
Mateo 5:21–22:
«Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’ y: ‘Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte’. Pero Yo les digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: ‘Insensato’ a su hermano, será culpable ante la corte suprema; y cualquiera que diga: ‘Idiota’, será merecedor del infierno de fuego.» (Mateo 5:21-22)
Jesús no está corrigiendo la ley de Dios ni añadiendo algo que Moisés omitió, sino que está exponiendo lo que la ley siempre tuvo como intención.
Hay un principio para interpretar los Diez Mandamientos que los reformadores articularon con claridad, cada mandamiento regula no solo la conducta exterior, sino también las actitudes del corazón.
«no debo deshonrar, odiar, injuriar ni matar a mi prójimo, ni con pensamientos, ni con palabras, ni con gestos, y mucho menos con actos.» — Catecismo de Heidelberg
El resultado es revelador y demoledor, el Sexto Mandamiento, que parecía el más fácil de guardar, resulta ser uno de los más exigentes, demandantes. Porque aunque no hayamos matado a nadie con las manos, hemos asesinado a muchos con las palabras y en los pensamientos.
Calvino tenía un nombre para esto: asesinato del corazón. Y todos somos culpables de él.
B. Las formas del homicidio interior
El homicidio que Dios condena comienza mucho antes de llegar a las manos, empieza en nuestros corazones, en nuestro interior.
1. La envidia
La envidia, en el sentido bíblico, no es simplemente el deseo de tener lo que otro posee. Es algo más oscuro, es el deseo de quitárselo para que él lo pierda. No es «quiero lo que tienes»; es «quiero que tú no lo tengas».
Esa actitud lleva en sí el germen del homicidio, quiere el daño del otro, su empobrecimiento, su ruina. No necesita un arma para matar; ante Dios, ese deseo ya es homicidio.
2. El odio
El odio es un resentimiento arraigado, una animosidad permanente y vengativa contra alguien. No es una emoción pasajera; es una postura establecida del corazón que desea el mal del otro.
El apóstol Juan lo dice sin rodeos en 1 Juan 3.15:
«Todo el que odia a su hermano es homicida, y ustedes saben que ningún homicida tiene vida eterna que permanezca en él.» (1 Juan 3:15)
Odiar a alguien es, en el fondo, desear que no estuviera en nuestro camino. Es una forma de asesinato que no deja evidencia visible, pero que Dios ve perfectamente.
3. La ira descontrolada
La ira es una pasión más súbita, más explosiva. Existe una ira justa, Dios mismo se enoja contra el pecado, y hay causas que merecen indignación.
Pero esa ira justa es la excepción, no la regla de nuestra vida emocional.
La mayoría de las veces nuestra ira es egoísta, desproporcionada, y lleva en sí algo claramente homicida. Decimos a veces: «Si las miradas mataran…» El punto de Jesús es que a veces sí mata, no en el cuerpo, pero sí en el corazón.
4. Las palabras como arma destructiva
La envidia, el odio y la ira no siempre permanecen en silencio. Con frecuencia encuentran su salida en la lengua, en nuestras palabras.
Jesús lo estableció como principio en Mateo 12.34, en una confrontación con los fariseos a quienes acababa de acusar de atribuir las obras del Espíritu Santo al diablo:
«¡Camada de víboras! ¿Cómo pueden hablar cosas buenas siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.» (Mateo 12:34)
Las palabras no mienten sobre el interior, sino que revelan exactamente lo que hay dentro.
Y Proverbios 12.18 describe lo que hacen cuando salen cargadas de odio:
«Hay quien habla sin tino como golpes de espada.» (Proverbios 12:18)
«Golpes de espada» no es metáfora decorativa: una espada penetra, desgarra y destruye tejido que no se regenera fácilmente.
Así actúan las palabras usadas como armas.
Una acusación falsa destruye una reputación que tardó años en construirse.
Una burla en el momento equivocado aplasta a una persona en su punto más vulnerable.
Un comentario despectivo en público puede marcar a alguien para toda la vida.
No hay sangre visible, pero el daño es real y el Sexto Mandamiento lo condena.
Por eso debemos preguntarnos con honestidad: ¿hemos usado palabras para herir?
¿Nos hemos alegrado secretamente de la caída de alguien?
¿Hemos permitido que la ira controle nuestras respuestas?
Todos hemos estado ahí, por lo que el Sexto Mandamiento nos alcanza a todos.
IV. Lo que este mandamiento ordena, el mandato de proteger, defender y proclamar la vida
Todo mandamiento de Dios no solo prohíbe un pecado; también ordena el deber opuesto. El Sexto Mandamiento no solo dice «no quites una vida», sino también «protege y cuida la vida».
Y eso implica más que abstenernos de la violencia. Como señala Philip Ryken, a veces basta con no hacer nada para violar este mandamiento.
Vivir en una cultura de muerte nos llama a valorar activamente la vida humana y a actuar en favor del prójimo, porque toda persona lleva la imagen de Dios, toda vida debe ser protegida y cuidada.
Eso se traduce en al menos cuatro deberes concretos.
1. Ama a tu prójimo
El primer deber positivo del Sexto Mandamiento es el amor.
Podemos violar este mandamiento no solo con las manos sino con la indiferencia, cuando nos negamos a hacer el bien al prójimo, cuando ignoramos a alguien que está sufriendo, cuando volvemos la vista ante el que necesita protección.
«el Sexto Mandamiento es un llamado a ser un gran amador de toda la humanidad, desde la concepción hasta la tumba.» — Kent Hughes
Ese amor no es un sentimiento pasivo; es una orientación activa que se expresa en gestos concretos, en palabras que edifican, en presencia cuando se necesita presencia, y en intervención cuando se necesita intervención.
¿Hay alguien a quien te niegas a amar en este momento? ¿Alguien con quien tienes un conflicto y a quien estás ignorando deliberadamente? Esa negativa también tiene un nombre en el vocabulario del Sexto Mandamiento.
2. Rechaza todo desprecio por el prójimo
Toda forma de desprecio hacia otro ser humano, basada en su origen, nacionalidad, su color de piel, su condición social, económica, cultural o su etnia, viola el principio que está en la raíz del Sexto Mandamiento, que cada persona lleva la imagen de Dios.
No hay categorías de seres humanos que sean inferiores a otros. No hay vidas que valgan menos que otras. Rebajar a otro en pensamiento, en palabra o en actitud es rebajar al Dios cuya imagen ese otro porta.
El racismo, los prejuicios y la exclusión son incompatibles con el evangelio y con una visión bíblica de la dignidad humana.
No podemos afirmar el Imago Dei con nuestros labios mientras despreciamos a otros con nuestras actitudes.
3. Habla y actúa en defensa de los que no pueden defenderse
El mandamiento nos llama a ser defensores de los vulnerables. Proverbios 31.8-9 es explícito:
«Abre tu boca por los mudos, por los derechos de todos los desdichados. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado.» (Proverbios 31:8-9)
El niño no nacido no puede hablar por sí mismo.
El anciano desvalido que esta en su hogar o en un asilo no tiene poder político. El discapacitado no tiene quien lo represente en los pasillos donde se toman las decisiones sobre su vida.
El creyente tiene una responsabilidad ante Dios de alzar la voz por ellos.
El silencio cómodo, la neutralidad calculada, la abstención de «no quiero meterme en líos, problemas o controversias» no es una posición neutral, es una forma de dejar que el mal avance sin resistencia.
Dios nos llama a defender al vulnerable, consolar al afligido y responder al mal haciendo el bien.
4. Comparte el evangelio con quienes están muertos en sus pecados
Hay una dimensión del Sexto Mandamiento que raramente se menciona y que sin embargo tiene respaldo bíblico directo.
Toda persona lleva la imagen de Dios y posee un alma inmortal destinada a la eternidad. No compartir el evangelio con alguien que marcha hacia la destrucción eterna es, en cierto sentido, una forma de homicidio espiritual.
Ezequiel 33.8-9 lo dice con una dureza que no admite evasión:
«Cuando Yo diga al impío: ‘Impío, ciertamente morirás’, si tú no hablas para advertir al impío de su camino, ese impío morirá por su iniquidad, pero Yo demandaré su sangre de tu mano. Pero si tú, de tu parte adviertes al impío para que se aparte de su camino, y él no se aparta de su camino, morirá por su iniquidad, pero tú habrás librado tu vida.» (Ezequiel 33:8-9)
Si sabemos que una persona va camino a la destrucción eterna y no le decimos nada, ¿no somos en alguna medida cómplices de esa muerte?
¿Crees realmente el evangelio? Si lo crees, ¿cómo justificas cuán pocas predicas el evangelio de Jesucristo a tus vecinos, a tus familiares, a las naciones?
Toda persona merece escuchar el evangelio no solo porque estamos bajo el mandato de cumplir la Gran Comisión, sino porque toda persona lleva la imagen de Dios y vale tanto para Él que Jesucristo estuvo dispuesto a dar su vida para que esa persona pueda tener vida eterna.
Conclusión
¿Recuerdas la pregunta con la que comenzamos esta mañana? ¿Qué pasaría si hay uno o varios asesinos entre nosotros? Pues bien, ya tenemos la respuesta. Y es más incómoda de lo que cualquiera esperaba.
Hemos estudiado el alcance del Sexto Mandamiento y el resultado es el mismo que producen todos los mandamientos de Dios cuando se examinan con honestidad, ninguno de nosotros los ha cumplido perfectamente.
Quizás nunca hayamos quitado una vida físicamente, pero sí hemos pecado en el corazón, en las palabras, en la ira, en el desprecio y en la indiferencia hacia otros.
Y eso revela nuestro problema más profundo, estamos separados de Dios y necesitamos gracia. Juan lo confirma en 1 Juan 3.15:
«Todo el que odia a su hermano es homicida, y ustedes saben que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.» (1 Juan 3:15)
El asesino que buscábamos esta mañana no estaba sentado en otra silla, sino que estaba en la nuestra. El Sexto Mandamiento nos deja a todos en el mismo lugar, culpables delante de Dios y necesitados de un Salvador.
Y precisamente ahí entra el evangelio con toda su gloria. Jesús murió para salvar a quienes violaron la ley que Él obedeció perfectamente. Él tomó nuestra condenación para que nosotros pudiéramos recibir perdón, reconciliación y vida eterna.
Cuando Caín mató a Abel, la sangre de Abel clamó por justicia. Pero Hebreos 12.24 nos dice que la sangre de Jesucristo habla mejor que la sangre de Abel.
La sangre de Abel clamaba por justicia; la sangre de Cristo clama por misericordia.
Y desde la cruz, Jesús oró:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34)
Lo dijo por quienes lo crucificaban. Y lo dijo también por pecadores como nosotros.
Para el creyente
Si eres creyente pero has estado caminando con ira no confesada, con un resentimiento alimentado, con una relación rota que has ignorado deliberadamente, este mandamiento te llama hoy al arrepentimiento y a la reconciliación.
No puedes adorar a Dios con las manos limpias y el corazón sucio. Jesús lo dijo con claridad en Mateo 5.23-24:
«Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano.» (Mateo 5:23-24)
La gracia de Dios no solo perdona: también transforma y reconcilia. No salgas hoy de aquí con esa carga. Confiésalo delante de Dios y da el paso hacia la reconciliación con tu hermano.
Para el que no conoce a Cristo
Y si esta mañana has descubierto que tu corazón está más lejos de Dios de lo que pensabas, que hay odio, resentimiento o indiferencia que revelan tu separación de Él, no salgas de aquí igual. No necesitas reformarte: necesitas nacer de nuevo.
La invitación de Cristo sigue en pie hoy. Mateo 11.28:
«Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar.» (Mateo 11:28)
Hay perdón, gracia y vida en Cristo. Arrepiéntete de tus pecados y pon tu fe en Jesucristo como tu único Salvador y Señor.
Él murió por homicidas. Murió por ti. Y su sangre es suficiente para limpiar todo lo que has hecho y todo lo que has sido. La única manera de salvar tu vida es confiando en Aquel que entregó la Suya para darte vida eterna.


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