Hay fechas que celebramos aunque ninguno de nosotros haya estado presente cuando ocurrieron. Las celebramos porque los acontecimientos del pasado explican quiénes somos en el presente. Cuando una generación deja de recordar el precio de su libertad, muy pronto comienza a perder también el significado de esa libertad.
Esto es exactamente lo que Dios quería evitar en Israel. Y es lo que también necesitamos escuchar nosotros hoy.
El contexto: esclavos que necesitaban ser librados
Israel llevaba años como pueblo esclavo en Egipto. Dios levantó a Moisés como líder y le ordenó a Faraón que dejara salir al pueblo para adorarle. Faraón se negó una y otra vez. Vinieron nueve plagas devastadoras, y el corazón de Faraón seguía endurecido.
Entonces el Señor le anunció a Moisés la décima y última plaga: la muerte de todos los primogénitos en Egipto. Pero antes de que ocurriera, Dios instituyó una celebración. Una celebración que no solo prepararía al pueblo para esa noche, sino que debía repetirse para siempre como recordatorio de lo que Dios hizo.
‘La sangre les será a ustedes por señal en las casas donde estén. Cuando Yo vea la sangre pasaré de largo, y ninguna plaga vendrá sobre ustedes para destruirlos cuando Yo hiera la tierra de Egipto.’ (Éxodo 12:13)
Las instrucciones de la Pascua: una provisión divina para un pueblo pecador
Dios fue muy específico. Cada familia debía tomar un cordero sin defecto, sacrificarlo al anochecer del día catorce del primer mes, y untar su sangre en los postes y el dintel de la puerta de su casa. Esa noche, el ángel destructor pasaría por Egipto, pero al ver la sangre en las puertas, pasaría de largo.
El nombre de esta celebración lo dice todo: Pascua, que significa ‘paso’ o ‘salto’. Dios pasaría de largo sobre las casas marcadas con sangre.
Pero aquí hay algo que no debemos perder de vista: los israelitas no eran inocentes. En sus corazones, también eran idólatras. También merecían el juicio. La diferencia no estaba en su mérito, sino en la señal de la sangre del cordero. Fue esa provisión divina la que los preservó.
Además, este juicio no era solo contra los egipcios. Era también un juicio contra todos los dioses de Egipto. Los egipcios creían en muchos dioses ligados a las fuerzas de la naturaleza. Esa noche, Dios demostró que todos esos dioses eran impotentes. Solo Yahvé, el Dios de Israel, es el Dios verdadero.
¿Y tú, cuáles son tus dioses?
Este mensaje no es solo para los egipcios del pasado. Un dios no necesita tener un nombre propio. Un dios es todo aquello en lo que ponemos nuestra confianza o nuestros afectos en lugar del único Dios vivo y verdadero.
Puede ser el dinero, el éxito, el placer, la familia, la fama o la seguridad. Jesús mismo advirtió: ‘El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí’ (Mateo 10:37). Y como Dios es celoso de su gloria, se encargará de mostrar que todo aquello en lo que pusimos nuestra confianza fuera de Él es, al final, una mera ilusión.
La respuesta del pueblo: adoración y obediencia
Cuando Moisés transmitió estas instrucciones al pueblo, la respuesta fue inmediata y doble: ‘el pueblo se postró y adoró. Los israelitas fueron y lo hicieron así’ (Éxodo 12:27b-28).
Adoración y obediencia. Eso es lo que se espera de todo creyente cuando Dios habla a través de su Palabra. No puede ser solo obediencia sin adoración, porque eso se convierte en moralismo vacío. Tampoco puede ser solo emoción sin obediencia, porque eso es sentimentalismo sin transformación real. La respuesta verdadera al evangelio siempre incluye las dos cosas.
El juicio que no pudo evitarse
A medianoche, el Señor hirió a todo primogénito en Egipto, desde el hijo de Faraón hasta el hijo del último prisionero. No hubo hogar en Egipto donde no hubiera alguien muerto. El clamor fue aterrador y colectivo.
En Israel también hubo muerte esa noche. Pero fueron los corderos los que murieron en lugar de los primogénitos. La sangre del cordero sustituyó la vida del hijo.
Y esto apunta directamente a Cristo. Porque así como la sangre del cordero en las puertas de Israel los libró del juicio divino, la sangre de Cristo nos libra a nosotros del juicio eterno que merecemos por nuestros pecados. Por eso Juan el Bautista proclamó al ver a Jesús: ‘Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ (Juan 1:29). Y por eso Pablo escribe que ‘Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado’ (1 Corintios 5:7).
Viviendo como pueblo librado: lo que esto significa para nosotros hoy
Así como Israel debía celebrar la Pascua continuamente para recordar su salvación y liberación, nosotros también debemos recordar, de manera continua, que fuimos salvados y libertados por medio de la obra de Cristo. Estamos en un peregrinaje en este mundo, y necesitamos que este mensaje central nos sostenga.
Por eso la Cena del Señor no es una ceremonia vacía. Es el recordatorio de una liberación mucho más grande: cuando Cristo, el Cordero de Dios, cargó en la cruz con todos nuestros pecados para librarnos de la destrucción eterna. Y la celebraremos hasta que Él vuelva.
Y hay una consecuencia práctica que no podemos ignorar. Pablo nos dice en 1 Corintios 5 que, ya que Cristo es nuestra Pascua sacrificada, debemos limpiar la levadura de malicia y maldad de nuestras vidas y comunidades. No la levadura vieja del pecado sin tratar, sino los panes sin levadura de sinceridad y de verdad.
La salvación que recibimos no es una licencia para vivir como queramos. Es la motivación más poderosa para vivir en pureza, en comunidad, y para la gloria de Dios.
Una palabra para quien aún no conoce al Señor
No hay forma de escapar del juicio venidero de Dios. Ese juicio será sobre el alma y el cuerpo, y será eterno. Pero hay una provisión: el sacrificio de Cristo. Así como la sangre en el dintel protegió a Israel, la obra de Cristo te protege a ti si acudes a Él. Ven a Cristo hoy, y sé librado.

