¿Alguna vez te has preguntado qué hace a un buen pastor? ¿O qué tipo de persona debería servir como diácono en una iglesia? Quizás tienes ideas propias sobre eso, o has visto cómo una mala decisión en el liderazgo puede sacudir a una congregación entera.
En 2014, una mega iglesia con 18 años de historia y más de 12,000 asistentes semanales cerró sus puertas. La razón principal: serios problemas de carácter en su líder principal. No fue una crisis de finanzas ni de doctrina, sino de integridad. Eso nos dice algo muy importante: el liderazgo importa, y Cristo lo sabe. Por eso, en Su Palabra, nos dejó instrucciones muy claras sobre quiénes deben guiar y servir en Su iglesia.
‘Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso.’ (1 Timoteo 3:2-3)
El oficio de pastor: una buena obra que vale la pena desear
Pablo comienza diciéndole a Timoteo algo que sorprende a muchos: aspirar al oficio de obispo —es decir, de pastor o anciano— es algo bueno. No es arrogancia ni ambición carnal. Es un deseo legítimo y espiritual.
En algunas iglesias existe el mito de que uno jamás debe decir que desea servir como pastor, porque la gente puede pensar que está ‘buscando puesto’. Pero Pablo desmiente eso directamente. Lo que sí condena es el deseo de poder, dinero o prestigio. Si alguien siente ese llamado interno genuino, debe comunicarlo y cultivarlo.
Las palabras obispo, anciano y pastor no describen tres oficios distintos, sino uno solo visto desde tres ángulos: la madurez del que sirve, su función de supervisión y su labor de cuidado del rebaño. Y la tarea que sostiene todo lo demás es enseñar y predicar fielmente la Palabra de Dios.
Las cualidades del pastor: más cercanas de lo que crees
Otro mito común es que el pastor debe ser un ‘Superman espiritual’: siempre disponible, sin luchas, sin fallas, con una familia perfecta. Pero las cualidades que Pablo describe son, en su mayoría, las mismas que Dios espera de todo creyente. Como bien señala el teólogo D. A. Carson, lo más notable de estas cualidades es lo poco notables que son.
Irreprochable. Este es el encabezado de toda la lista. No significa no haber pecado nunca, sino que hoy no hay acusación legítima que lo descalifique. Las demás cualidades lo definen.
Fiel en su matrimonio. Si tiene esposa, debe serle fiel: en su corazón, en sus ojos y en su conducta. No se exige estar casado, pero sí integridad total si lo está.
Dueño de sí mismo. Sobrio, prudente, decoroso. Un hombre equilibrado, disciplinado, no voluble ni reactivo.
Hospitalario. Con la casa abierta, invitando gente a su mesa con gozo y generosidad. No como obligación, sino como reflejo de su amor.
Apto para enseñar. Este es el único requisito de competencia, no de carácter. No se le pide que sea un predicador extraordinario, sino que sepa preparar y comunicar fielmente la Palabra. Es una habilidad que se aprende y se ejercita.
Sin vicios ni violencia. No adicto al alcohol, no violento, no rencilloso, no amante del dinero. Un pastor que pelea, grita y humilla a quienes lo contradicen no refleja a Cristo, aunque predique bien.
Buen gobierno del hogar. El hogar es donde todas las cualidades espirituales de un hombre se prueban de verdad. No se pide una familia perfecta, sino una casa donde se nota el cuidado, la dirección y el amor de un padre.
Madurez espiritual. No debe ser un recién convertido. La inmadurez abre la puerta al orgullo, y el orgullo abre la puerta al diablo. No se trata de años exactos, sino del tiempo necesario para que el carácter sea evidente y verificable.
Buena reputación fuera de la iglesia. Sus compañeros de trabajo, sus vecinos, sus conocidos: ¿qué dirían de él si se enteraran de que es pastor? La credibilidad del evangelio está conectada a la integridad de quienes lo representan.
Las cualidades de los diáconos: siervos con carácter
Los diáconos son los que sirven a las necesidades prácticas de la iglesia —administración, misericordia, apoyo al ministerio— para que los pastores puedan dedicarse a la Palabra y la oración. Y aunque su lista de cualidades es muy parecida a la de los ancianos, hay algo que la hace única: deben ser probados primero.
Antes de recibir el título, la persona debe ser observada mientras sirve. Su carácter, su hogar y sus convicciones bíblicas deben ser verificables. Pablo pide exactamente lo contrario a la lógica de ‘lo nombramos para ver si cambia’: primero el carácter probado, después el reconocimiento.
Los diáconos también deben guardar ‘el misterio de la fe con limpia conciencia’. No se les exige enseñar, pero sí conocer y amar la sana doctrina. No basta con tener disposición para servir: se necesita también amor por la Palabra.
El v. 11 menciona a mujeres en este contexto —posiblemente diaconisas— llamadas a la misma dignidad, sobriedad y fidelidad que los diáconos. El servicio fiel no es exclusivo de los hombres.
Un espejo antes de ser un filtro
Antes de usar esta lista para evaluar a otros, úsala como espejo personal. Estas cualidades no son solo para pastores y diáconos: son el retrato de un cristiano maduro. Cada creyente está llamado a crecer en integridad, fidelidad, dominio propio, hospitalidad y amor a la Palabra.
Si aspiras a uno de estos oficios, examina tus motivos. Pregúntate si tu familia diría lo mismo de ti en privado que lo que muestras en público. Cultiva el carácter antes de buscar el título. Y si la iglesia tiene la responsabilidad de elegir líderes, que lo haga en oración, dependiendo del Espíritu, evaluando cualidades bíblicas y no popularidad ni carisma.
La iglesia no cae porque su verdadero líder no falla
Es verdad que el liderazgo humano puede afectar profundamente a una iglesia. Pero la cabeza de la iglesia no es un pastor humano: es Jesucristo mismo. La iglesia que está anclada en Él no se caerá, aunque sus líderes fallen.
Y aquí está la buena noticia: las cualidades que Pablo describe no dependen únicamente de nuestro esfuerzo. Son el fruto de la obra de Cristo y del poder del Espíritu Santo en nosotros. Jesús es el Pastor perfecto que dio su vida por el rebaño. Jesús es el Siervo supremo que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
Si aún no has puesto tu fe en Él, puedes hacerlo hoy. Y si ya eres parte de Su iglesia, que esta lista te inspire a seguir creciendo a la estatura del hombre que Dios quiere que seas.

