El velo fue rasgado: por qué puedes acercarte a Dios hoy mismo

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El velo fue rasgado: por qué puedes acercarte a Dios hoy mismo

Cuando fallas, cuando pecas, cuando sientes que decepcionaste a Dios, ¿qué es lo primero que haces? La mayoría no corremos hacia Él. Nos escondemos. Dejamos de orar, dejamos de leer la Biblia, y comenzamos a sentir que primero tenemos que limpiarnos antes de poder presentarnos delante de Dios.

Esa reacción no es nueva. Es exactamente lo que hicieron Adán y Eva en el jardín: cuando escucharon a Dios caminar entre los árboles, corrieron a esconderse. Pero el pasaje que veremos hoy nos dice algo completamente distinto, y cambia todo.

‘Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne, y puesto que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura.’ (Hebreos 10:19-22)

Acerquémonos porque tenemos libertad

En el sistema de adoración del Antiguo Pacto, el Lugar Santísimo era el lugar donde habitaba la presencia de Dios. Solo el sumo sacerdote podía entrar, una vez al año, brevemente. Si no eras descendiente directo de Aarón, jamás cruzabas ese umbral. Había un velo en medio, y ese velo era la señal visible de la distancia que el pecado había puesto entre Dios y el ser humano.

Por eso, cuando el escritor de Hebreos dice que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo, era algo chocante y extraordinario para cualquier lector de su tiempo. Y sigue siendo extraordinario hoy.

Esa libertad se sostiene sobre dos bases. Primero, la sangre de Jesús. El pecado exige una pena: la muerte. Los sacrificios de animales en el Antiguo Pacto eran simbólicos y nunca podían quitar realmente el pecado, porque la vida de un animal no tiene el valor suficiente para pagar la deuda de un alma humana. Se necesitaba una ofrenda de otro valor. Por eso Dios envió a su Hijo, quien se hizo hombre, vivió sin pecado y ofreció su propia sangre como sacrificio completo y definitivo a nuestro favor.

Segundo, la carne de Jesús. El versículo 20 dice que Cristo inauguró un camino nuevo y vivo por medio del velo, es decir, su carne. Cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo se rasgó de arriba abajo. El velo de tela fue una señal de lo que había sucedido espiritualmente: el cuerpo de Cristo fue rasgado para abrirnos paso. El acceso al Lugar Santísimo quedó abierto.

El texto no dice que primero debes limpiarte. Dice que ya tienes libertad, ahora mismo, basada no en tu desempeño sino en la obra de Cristo. Huir de Dios después de pecar no es humildad; es incredulidad disfrazada de reverencia.

Acerquémonos porque tenemos un gran Sumo Sacerdote

Tener el camino abierto no basta si no hay un Mediador que te lleve por él. El versículo 21 añade que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios. Dios y el pecador no pueden tocarse directamente; se necesita a alguien que pueda estar del lado de Dios sin morir, y del lado nuestro sin contaminarse.

Cristo es ese Mediador perfecto. Se hizo semejante a nosotros en todo para representarnos de verdad, y a la vez es el Hijo eterno que está del lado de Dios. Cuando entra al cielo, no entra solo: entra llevándonos a nosotros con Él.

Además, Hebreos 7:22 lo llama fiador de un mejor pacto. El antiguo pacto dependía, en parte, de que el pueblo cumpliera, y el pueblo fallaba. El nuevo pacto no depende de que tú cumplas perfectamente, sino de que Cristo ya cumplió, y puso su nombre, su sangre y su vida como garantía. Si alguna vez dudas si Dios va a sostener su promesa, recuerda: no depende de tu firmeza en un mal día. Depende del Fiador, y este Fiador nunca falla.

Y su sacerdocio no terminó en la cruz. Hebreos 7:25 dice que Él vive perpetuamente para interceder por los que se acercan a Dios por medio de Él. Cuando pecas, cuando fallas, cuando el enemigo te acusa, hay Alguien que ya está hablando a tu favor. Tienes un Abogado que nunca duerme y que nunca te mira con desprecio, sino con compasión.

Acerquémonos con la actitud correcta

El texto no solo nos da el fundamento para acercarnos, sino también la manera en que debemos hacerlo. El versículo 22 presenta cuatro actitudes del corazón.

Con corazón sincero. No un corazón perfecto, sino un corazón sin apariencias. Sin la máscara religiosa. Decirle a Dios: Señor, esto es lo que soy, esto es lo que cargo. Esa honestidad no te aleja de Él; es la puerta de entrada.

En plena certidumbre de fe. No significa que nunca vas a dudar. Significa que tu confianza no descansa en cómo te sientes ese día, sino en lo que Cristo ya hizo. Hay días de oración con poder y días de oración a duras penas. La certidumbre no depende de tu temperatura espiritual; depende de un hecho histórico: Cristo murió, resucitó y está sentado a la diestra del Padre. Cuando dudes de ti mismo, no dudes de Él.

Con el corazón ya purificado de mala conciencia. Tu conciencia puede funcionar como un fiscal interno que no se cansa de presentar cargos contra ti. Pero la sangre de Cristo le dice a ese fiscal: caso cerrado. La próxima vez que tu conciencia te acuse por lo que ya confesaste, apunta a la cruz y recuerda: Cristo ya pagó.

Con el cuerpo lavado con agua pura. Esto apunta al nuevo nacimiento. El Espíritu Santo no limpió un pedazo de tu vida y dejó el resto manchado: te lavó completo. El bautismo es la señal pública de que esa limpieza ya ocurrió. Ya no eres el de antes.

Deja de vivir como si el velo todavía estuviera cerrado

Acercarte a Dios puede lucir de muchas formas: la oración en tu cuarto, la adoración congregacional, tu tiempo devocional con la Palabra, un clamor a Dios mientras vas en el carro. No hay límite de lugar, de tiempo ni de situación. Es ese movimiento del corazón por el cual te vuelves hacia Él.

Si eres creyente y llevas meses manteniendo a Dios a distancia porque sientes que no calificas, esta es la invitación: deja de vivir como si el velo todavía estuviera cerrado. Cristo lo rasgó. No tienes que ganarte lo que Él ya pagó.

Y si todavía no conoces a Cristo, no hay obra ni esfuerzo propio que pueda pagar tu deuda con Dios. Pero hay Uno que ya la pagó con su propia sangre, y el camino que Él abrió está abierto también para ti, hoy. No tienes que limpiarte primero. Tienes que acercarte primero, y dejar que Él te limpie.

El velo está rasgado. El camino está abierto. El Sacerdote está esperando. La pregunta que queda es tuya: ¿te vas a acercar?

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