Introducción
Una de las frases más conocidas del escritor cristiano John Maxwell dice «Todo se levanta o se cae por el liderazgo». ¿Es esta frase verdadera?
En 2014, la mega iglesia Mars Hill, con 18 años de establecida y una asistencia semanal de 12,000 personas en 13 sedes, cerró sus puertas. ¿La razón determinante? Serios problemas de carácter en su líder principal, que causaron grandes escándalos públicos.
Y si esto es así, ¿qué tan importante es para la iglesia tener un liderazgo confiable? ¿Qué puede hacer una iglesia local para tener un liderazgo adecuado?
Hay muchos mitos o ideas no bíblicas que la gente tiene sobre lo que debe o no debe ser un pastor o un diácono. Hoy queremos ver lo que Cristo dice que deben ser las cualidades de los que lideran y sirven en Su iglesia.
Quizás tú has pensado en alguien que pudiera ser un anciano o un diácono. O tal vez tú mismo tienes un fuerte deseo de servir en uno de esos oficios. Este mensaje es para ti.
Y para ello, quiero invitarte a 1 Timoteo 3.
Contexto
Pablo había dejado a Timoteo en Éfeso para enfrentar a líderes que enseñaban falsas doctrinas y que ya habían provocado acusaciones y caídas entre los ancianos de la iglesia (5:19-20). Por eso le escribe esta carta, «para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad» (3:15).
En Creta pasaba algo parecido: engañadores que trastornaban familias enteras, a quienes era necesario «taparles la boca». Por eso Pablo envió allí a Tito, para poner orden.
En ambas crisis, la respuesta de Pablo fue la misma: establecer un liderazgo espiritual calificado. Y de esa respuesta nacieron dos de los pasajes más importantes sobre liderazgo y servicio jamás escritos: 1 Timoteo 3:1-13 y Tito 1:5-9.
Leamos 1 Timoteo 3:1-13:
«Palabra fiel es esta: si alguien aspira al cargo de obispo (supervisor), buena obra desea hacer. Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso. Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad; (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?). No debe ser un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo. Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo. De la misma manera, también los diáconos deben ser dignos, de una sola palabra, no dados al mucho vino, ni amantes de ganancias deshonestas, sino guardando el misterio de la fe con limpia conciencia. Que también estos sean sometidos a prueba primero, y si son irreprensibles, que entonces sirvan como diáconos. De igual manera, las mujeres deben ser dignas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. Que los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus propias casas. Pues los que han servido bien como diáconos obtienen para sí una posición honrosa y gran confianza en la fe que es en Cristo Jesús.» (1 Timoteo 3:1-13, NBLA)
Hoy vamos a ver las cualidades de los pastores y los diáconos en tres secciones. Primero, la descripción del oficio del pastor; segundo, las cualidades del pastor; y tercero, las cualidades de los diáconos o servidores. Y mi propósito es que, tanto la iglesia como los que aspiran a estos oficios, podamos comprender claramente las cualidades que Cristo espera en el liderazgo, a fin de que las busquemos y las cultivemos.
I. El Oficio de Obispo Es una Buena Obra
«Palabra fiel es esta: si alguien aspira al cargo de obispo (supervisor), buena obra desea hacer.» (1 Timoteo 3:1)
A. ¿Qué es un obispo y cuáles son sus funciones?
Un obispo es literalmente un supervisor; alguien que vela, que vigila, que visita para supervisar, que cuida.
Sé que para muchos «obispo» suena a alguien con autoridad sobre varias iglesias, como en la católica o la anglicana. Pero ese uso no apareció sino hasta el siglo II. Para los apóstoles, el oficio de obispo era lo mismo que el anciano o el pastor. Miremos Tito 1:5-6:
«Por esta causa te dejé en Creta, para que pusieras en orden lo que queda, y designaras ancianos en cada ciudad como te mandé. Lo designarás, si el anciano es irreprensible, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía. Porque el obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios, no obstinado, no iracundo, no dado a la bebida, no pendenciero, no amante de ganancias deshonestas.» (Tito 1:1-6a)
Es claro para Pablo que anciano y obispo es lo mismo. ¿Y qué de la palabra «pastor»? También es lo mismo. Mira a Pablo en Hechos 20:17, 28:
«Desde Mileto mandó mensaje a Éfeso y llamó a los ancianos de la iglesia. Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con Su propia sangre.» (Hechos 20:17, 28)
Algunos se preguntan: «si son lo mismo, ¿por qué usar distintas palabras?» Porque cada palabra expresa una función distinta.
Piensa en un padre de familia que es médico: para sus pacientes es «doctor», para sus hijos es «papá», y para su esposa es «mi esposo», o «mi amor» o «papi», dependiendo cómo esté el ambiente 😊.
Cuando Pablo habla con los líderes de Éfeso, los llama ancianos por su madurez, obispos por su función de supervisión y pastores por su labor de cuidado. No son tres oficios, sino uno solo visto desde tres ángulos.
Y aunque el pasaje mismo no define las funciones de un pastor, conviene mencionarlas brevemente. Los ancianos gobiernan la iglesia, no por coerción sino a través de la Palabra; cuidan al rebaño para que no se desvíe; son los principales ejemplos de la congregación; oran por la iglesia y por los enfermos; y forman a nuevos líderes.
Pero sobre todas esas funciones hay una que las sostiene a todas: enseñan y predican la Palabra (1 Ti. 3:2; 5:17; Tit. 1:9; 2 Ti. 4:2). Un anciano que no hace estas cosas, sencillamente no está haciendo el trabajo que Dios le encomendó.
B. Anhelar el oficio de supervisor es desear una «buena obra»
En algunas congregaciones existe un mito de que uno nunca debe aspirar a algún cargo ministerial y mucho menos decirlo, sino que hay que esperar que te ofrezcan el cargo, de lo contrario la gente te puede juzgar de que estás buscando puesto.
Pablo aquí desmiente esa idea diciendo que aspirar («ὀρέγεται»), desear, anhelar, buscar ansiosamente (codiciar, 1 Tim 6:10) el oficio de anciano es bueno. La ambición espiritual no es pecado. Lo que se condena es el deseo de poder, de dinero (vv. 3, 8) o del prestigio (v. 6).
El primer requisito para ser un obispo es anhelarlo, desearlo intensamente. Esto es lo que se conoce como «el llamado interno al ministerio».
«Quien no desea el oficio no está calificado para ejercerlo.» — John MacArthur, MacArthur/Mayhue, p. 765
Sin embargo, a pesar de que es una «buena obra», cada vez son menos los que la anhelan. Si tú has sentido ese llamado, pero lo has silenciado —quizás por temor al costo del ministerio, o por perseguir metas terrenales que no son compatibles con el oficio— quiero animarte a orar por eso, acercarte a los líderes y comunicar tu sentir. No vaya a ser que estés apagando el don que Dios ha puesto en ti.
Pero la iglesia también tiene su cuota de responsabilidad: a veces ponemos la vara más alta de lo que Dios la pone, alimentando otro mito que debemos derribar: la idea de que el pastor es prácticamente un Superman espiritual, un hombre de acero que siempre está firme, que no cae en tentaciones, que no le para a nada, que siempre está disponible para todo el mundo.
Las cualidades que veremos a continuación, excluyendo la capacidad de enseñar, son cualidades que la Biblia demanda de todo cristiano, y no solo de los pastores. Como bien señala el teólogo D. A. Carson, lo más notable de estas cualidades es lo poco notables que son. Y eso es lo que hace posible que se puedan imitar.
Desear ser obispo es bueno, pero el deseo no basta: el llamado interno debe ser comprobado por el llamado externo, es decir, por el reconocimiento de la iglesia a través de cualidades verificables. Y esas cualidades son exactamente lo que Pablo describe a continuación, en nuestra segunda sección.
II. Cualidades del Obispo (vv. 2-7)
En la sociedad greco-romana era común tener listas de requisitos para los puestos públicos. En el Antiguo Testamento, cuando Jetro le sugiere a Moisés que seleccione ancianos que le ayuden, le da una lista de cualidades:
«Además, escogerás de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas, y los pondrás sobre el pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez.» (Éxodo 18:21)
Los sacerdotes levitas también tenían su lista de requisitos (Lev. 10; 21).
Dice Pablo que: «Un obispo debe ser, pues, irreprochable…» (1 Tim 3:2a)
Literalmente dice: «Por tanto es necesario que el obispo sea». Ya que el oficio es honroso, requiere un estándar no negociable. ¡Ojo! Es lo que el obispo debe ser ahora, en el presente. No se trata de lo que fue en el pasado.
A. Cualidad general: irreprochable (v. 2a)
Es el encabezado de toda la lista, tanto en Timoteo como en Tito. Ser «irreprochable» no significa no haber pecado o no fallar, sino que hoy no hay acusación legítima que lo descalifique.
Nada en su vida le da a otro base para acusarlo o denunciarlo: no tiene cola que le pisen.
Las demás cualidades definen y amplían lo que significa ser irreprochable.
B. Fidelidad y carácter personal (v. 2b)
Marido de una sola mujer
Llama mucho la atención que justo después de irreprochable, la Escritura demanda que el obispo sea «hombre de una sola mujer» (original).
Algunos creen que este requisito prohíbe la poligamia y otros creen que excluye a quienes tienen un segundo matrimonio.
Nosotros creemos que aboga por la fidelidad conyugal. No se exige estar casado (Pablo y probablemente Timoteo eran solteros; cf. 1 Co 7:7-8). Si tiene esposa, debe ser fiel a ella, en pensamiento, en su corazón, con sus ojos y con su conducta.
Sobrio, prudente, decoroso, hospitalario
Luego Pablo presenta cuatro cualidades de carácter personal. Sobrio es alguien equilibrado, sensato, con una mente despejada. Prudente quiere decir dueño de sí mismo, disciplinado, no voluble ni inestable. Decoroso también se traduce respetable, ordenado, virtuoso.
El obispo también debe ser hospitalario, «amigo de extranjeros: el que trata al desconocido como si ya fuera de la familia» (Hendriksen).
Si todos los creyentes estamos llamados a ser hospitalarios (Rom 12:13), ¿cuánto más un anciano? El anciano debe ser un anfitrión gozoso, con la casa abierta, invitando gente a su mesa, sin murmuración. Esto habla de su generosidad, apertura y humildad.
Esto es algo que me gusta mucho hacer. Sin embargo, no siempre fue así.
En mis inicios en el ministerio, luchaba con el ajetreo de tener a alguien invitado en la casa. Pero una vez hospedamos por un par de semanas a un joven extranjero, miembro de una iglesia amiga. Yo no sabía por lo que él estaba pasando, pero él se sintió tan amado y como parte de la familia que ese viaje marcó su vida para siempre y hemos mantenido la amistad por alrededor de 20 años. Ese joven se casó con una joven de la que era nuestra iglesia, y hoy día es pastor y tienen una hermosa familia.
C. Apto para enseñar
Pero un obispo también debe ser apto para enseñar. Este es el único requisito que no es de carácter, sino de competencia.
Aquí también hay que enfrentar el mito de que todo anciano debe ser un gran predicador y maestro. El texto no dice que debe tener «el don de enseñanza». Eso es deseable. Pero lo que el texto demanda es la capacidad para enseñar. Debe tener el conocimiento suficiente y cierta medida de habilidad para comunicar fielmente la Palabra de Dios; no requiere un don extraordinario.
Por ejemplo, tú y yo podemos aprender a cocinar un arroz con habichuelas y carne decente. Alguien nos enseña, practicamos, se nos quema un par de veces la olla, y al final le agarramos el punto. Eso es una aptitud: se aprende, se ejercita y se mejora. Pero todos conocemos a una señora que tiene un sazón que nadie le enseñó, y cuando ella cocina, la gente no puede dejar de comer. Eso es un don.
Pablo no le pide al anciano que sea esa cocinera. Le pide que sepa cocinar.
Que sepa preparar la Palabra y servirla con fidelidad al texto, para que la gente se alimente — eso requiere esfuerzo y dedicación, pero se puede aprender.
Hay algunos ancianos que tienen ese don especial y que se dedicarán más a enseñar y predicar, como dice 1 Tim 5:17, pero todos los ancianos deben saber enseñar.
Entender esto es importante, tanto para la iglesia que confirma a los pastores como para los hombres que aspiran al ministerio.
No todos en un equipo de béisbol son jonroneros. Algunos son buenos «fildeando» y defendiendo. No todos los ancianos hacen lo mismo y no debemos comparar a un aspirante a anciano con uno que tiene años predicando y enseñando.
Y si tú aspiras al oficio pastoral pero no tienes un don de enseñanza destacado, eso no te descalifica. Ocúpate seriamente en desarrollar esas destrezas y enfócate en el carácter.
D. Dominio propio y trato con los demás (v. 3)
Pablo no solo nos dice lo que el obispo debe ser, sino también lo que NO debe ser. A partir del v. 3, vemos cuatro vicios que el anciano (y el cristiano en general) debe evitar a toda costa:
Un creyente no debe ser adicto al alcohol ni a ninguna otra sustancia que lo domine. No es que no pueda tomar un poco de vino, sino «que no se quede junto al vino» (traducción literal).
¿Cómo le llaman los dominicanos a alguien que está pendiente a todo lo que sucede con todo el mundo? Le llamamos «pendenciero». Pero ese NO es el significado correcto de esa palabra. No pendenciero quiere decir no violento, no golpeador, que no sea un bully. («Aunque conozco a algunos pastores que les encanta hacerle bullying a uno, y hasta desde el púlpito»). En Tito 1:7 dice «no iracundo». Por el contrario, debe ser amable.
¿Cómo responde un líder cuando es criticado injustamente? El pendenciero golpea la mesa, levanta la voz y humilla al que le contradice. El amable respira, escucha, y responde con mansedumbre, aunque le duela. Los dos sintieron lo mismo. Solo uno reflejó a Cristo.
Tampoco debe ser contencioso, rencilloso, un buscapleitos.
El obispo no debe ser avaricioso, «no amante de ganancias deshonestas» (Tito 1:7). Esta cualidad es sumamente importante, y muchos han caído en descrédito y han traído mala reputación al evangelio por ir tras el dinero. No es que un anciano no pueda tener riquezas, sino que no debe tener como meta de vida hacerse rico.
Uno de los mitos que los evangélicos creen es que los pastores que reciben salario deben ganar menos dinero que todo el mundo en la iglesia. Pablo desmiente esto:
«Los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza. Porque la Escritura dice: «No pondrás bozal al buey cuando trilla», y: «El obrero es digno de su salario».» (1 Timoteo 5:17-18)
Otro mito es que todos los ancianos deben estar dedicados a tiempo completo y sostenidos por la iglesia. Pero, así como el obrero es digno de su salario, también hombres como Pablo tenían oficios que les permitían sustentarse a sí mismos — ambas realidades son bíblicas.
Y tú que aspiras al oficio, hazte esta pregunta con honestidad: si nunca te ofrecieran ni un centavo por servir, ¿igual querrías hacerlo?
Pablo está llevando una progresión: de cualidades personales a cualidades en el hogar y luego ante la sociedad.
E. Gobierno del hogar (vv. 4-5)
Y creo que todos estaríamos de acuerdo en que, donde todas las cualidades espirituales de un hombre se prueban no es en el púlpito, ni en el culto, sino en el hogar.
Un obispo debe probar que puede cuidar la iglesia de Dios, por la forma como gobierna su propia casa. Especialmente, teniendo a sus hijos en sujeción con toda honestidad.
Algunas iglesias creen el mito de que la familia del pastor debe ser perfecta. Y a veces ponemos una carga no bíblica sobre los hijos de los pastores, quienes terminan resentidos con la iglesia. Debemos entender que los niños son niños, y que los hijos de los pastores no nacen cristianos.
Un buen agricultor no puede garantizar que cada mata de su finca salga perfecta. Pero cuando uno pasa por su finca, se nota que está bien cuidada: la cerca está en pie, tiene agua suficiente, las matas están podadas, el terreno está limpio. Eso es lo que Pablo pide del hogar del anciano. No hijos perfectos, sino una casa donde se ve el cuidado, la dirección y la disciplina de un padre.
Tú que anhelas el ministerio: si hoy tu esposa o tus hijos tuvieran que describir cómo eres en la casa —no en el púlpito, no delante de la iglesia— ¿qué dirían? Esa es la pregunta que Pablo te está haciendo aquí.
Un pastor no se hace en el púlpito; se revela en su casa.
Dos cualidades más del anciano, antes de pasar a las cualidades de los diáconos. Y estas dos áreas que siguen son muy peligrosas, porque un fallo en ellas y se le da lugar al diablo.
F. Madurez (v. 6)
«No debe ser un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo.» (1 Timoteo 3:6)
En otras palabras, el obispo debe ser un cristiano relativamente maduro. No se requiere una cantidad específica de años, sino el tiempo necesario para que el carácter sea evidente.
También hay que tomar en cuenta la propia madurez de la iglesia, porque la madurez espiritual de los ancianos debe ser equivalente a la madurez de la iglesia donde sirven.
Pablo y Bernabé nombraron ancianos en iglesias que apenas tenían un año o menos de ser plantadas, y se entiende que los ancianos tenían ese mismo tiempo como creyentes (Hechos 14:23). Quizás eran conocedores del Antiguo Testamento y con cierta madurez humana. Lo cierto es que los apóstoles pudieron discernir que eran los hombres más adecuados para la situación específica de esa iglesia.
El mismo Pablo, después de su conversión, esperó cerca de diez años antes de emprender su primer viaje misionero. El apóstol que exige madurez para el oficio, primero la exigió de sí mismo.
¿Cuál es el riesgo de darle el cargo de pastor a un nuevo creyente?
Que se envanezca, por su inmadurez espiritual. Satanás lo va a tentar para que caiga en la condenación que el diablo mismo cayó, por su propia soberbia.
Hay un balance muy delicado aquí y necesitamos la dirección del Espíritu Santo para elegir un anciano. No puede ser un recién convertido, pero tampoco la iglesia debe aspirar a que sea un hombre tan maduro como los ancianos que han estado sirviendo por años. De lo contrario, el liderazgo de la iglesia envejecerá sin ningún relevo.
La iglesia debe estar dispuesta a ayudar a los nuevos ancianos a crecer y madurar en su fe, porque, así como los ancianos forman la iglesia, así también la iglesia forma a los ancianos.
G. Testimonio público (v. 7)
«Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo.» (1 Timoteo 3:7)
Piensa en tu compañero de trabajo más cercano, que conoce cómo hablas, cómo respondes, cómo te refieres a los demás, si te quejas o si murmuras a los superiores, si cumples con tu trabajo, etc. Y un día se entera de que te elijen como líder de tu iglesia. ¿Qué diría de tu iglesia?
Ese compañero, sin saberlo, también está evaluando si el evangelio que predicas es real.
No es un asunto de popularidad, sino de integridad reconocible incluso para los no creyentes.
Todas estas cualidades son la marca de los pastores del rebaño de Cristo: hombres imperfectos, pero piadosos y fieles, con un carácter equilibrado, un trato amoroso, un hogar ejemplar y una buena reputación en el mundo.
¿Por qué importa mantener este estándar? Porque la congregación será como sus líderes, y porque la misión de la iglesia está conectada a la credibilidad de quienes la representan: cuando un líder falla, se convierte en piedra de tropiezo para el evangelio.
Y así pasamos a la última sección, que veremos más brevemente: las cualidades de los diáconos.
III. Cualidades de los Diáconos (vv. 8-13)
La estructura de Cristo para su iglesia es simple: pastores que sirven con la Palabra y la oración, y diáconos que sirven a las mesas.
Definición. Diakonos es la palabra común para «siervo». El oficio comenzó con servir a las mesas y luego se extendió a cualquier servicio a las necesidades de otros — un oficial que asiste a los ancianos en las tareas prácticas (misericordia a los necesitados, administración de recursos, apoyo al ministerio pastoral), para que ellos puedan dedicarse a la Palabra y la oración.
En algunas congregaciones los diáconos funcionan como un «poder legislativo» que hace contrapeso al pastor, pero esto no debe ser: el Señor estableció a los ancianos para gobernar, a los diáconos para servir, y a la congregación para velar por ambos.
Y con excepción de ser apto para enseñar, sus cualidades son paralelas a las del obispo — por eso Pablo usa la expresión «de la misma manera». ¿Y por qué son listas tan parecidas? Porque son las cualidades que tú y yo como cristianos debemos reflejar. Y si acaso no te identificaste con el anciano porque no aspiras a serlo, aquí no te puedes escapar.
A. Carácter (v. 8)
Los siete primeros diáconos de la iglesia (Hch 6:3-5) fueron escogidos como «varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría». El carácter, y no solo la disposición a servir fue lo que los calificó.
Los diáconos deben también ser irreprensibles (v. 10). Deben ser «dignos», es decir, respetables y decorosos, tanto los hombres como las mujeres (v. 11).
Deben ser personas «de una sola palabra», no le dicen una cosa a una persona y otra distinta a otra persona. Esta cualidad es muy importante, ya que los diáconos se involucran con situaciones personales de los miembros, y deben evitar la indiscreción y el chisme.
Si tú manejas información sensible de otros hermanos —una situación familiar, una necesidad económica, una lucha personal— pregúntate: ¿soy alguien en quien la gente puede confiar eso sin miedo a que se convierta en comentario de pasillo?
Al igual que los ancianos, los diáconos no deben ser adictos al vino ni amantes de ganancias deshonestas. Deben ser gente confiable, ya que manejan recursos de la iglesia.
B. Convicción (v. 9)
«guardando el misterio de la fe con limpia conciencia.» (1 Timoteo 3:9)
Aunque a los diáconos no se les exige ser aptos para enseñar, sí se espera que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Son personas que conocen y entienden bien la sana doctrina y la guardan.
A veces pasamos por alto esta cualidad al elegir a los diáconos, porque nos enfocamos solo en que sea un buen servidor.
No basta con que te guste servir. Pregúntate si amas la Palabra tanto como amas la actividad.
C. Prueba previa (v. 10)
Algo particular de los diáconos es que «deben ser puestos a prueba primero, y si son irreprensibles, entonces ejerzan el diaconado» (v. 10).
Esto no es necesariamente un examen formal, sino un período de tiempo en que la persona sea observada por la iglesia mientras realiza tareas diaconales, sin tener el título. La prueba debe ser tanto de carácter, de su hogar, como de sus convicciones bíblicas.
Esto está muy lejos de la lógica que a veces se usa en algunas iglesias: «Tal vez si lo nombramos diácono deje de estar criticando tanto. Pongámoslo en la lista de candidatos. Si sale elegido, quizás hasta cambie». Pablo pide exactamente lo contrario: primero el carácter probado, después el título.
D. Las mujeres (v. 11)
«De igual manera, las mujeres deben ser dignas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo.» (1 Timoteo 3:11)
Sin entrar en muchos detalles: este pasaje admite dos lecturas — que Pablo hable de mujeres diaconisas, o de las esposas de los diáconos. Me inclino por la primera, principalmente porque Pablo repite la misma frase «de igual manera» que usó para introducir a los diáconos, y no añadió el posesivo «sus mujeres». No obstante, no soy dogmático aquí.
Cualquiera que sea el significado, se trata de mujeres involucradas en el servicio a la iglesia, llamadas a la misma dignidad, sobriedad y fidelidad que los diáconos.
E. Vida familiar (v. 12)
Volviendo a los diáconos, ellos también deben ser fieles en su matrimonio y tener su hogar en orden, así como los ancianos.
F. Recompensa (v. 13)
Algo particular que los buenos diáconos ganan es «una posición honrosa y gran confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (v. 13).
Al inicio vimos que el oficio de obispo es una buena obra, pero el de diácono gana una posición honrosa. No hay un oficio mejor o peor que el otro, pues ambos vienen como un regalo de Cristo para su iglesia.
Y eso debe ser una gran motivación para desear el oficio diaconal.
Conclusión
Iglesia: escoger ancianos y diáconos es una responsabilidad seria que debe llevarse a cabo en oración y dependencia del Espíritu. Los líderes no deben ser elegidos por lo que producen, sino por lo que son — no por popularidad, carisma, ni siquiera por necesidad, sino por las cualidades bíblicas. Tomemos en serio nuestro rol de probar estas cualidades antes de elegir.
Para los que aspiran y para quienes ya ocupamos un oficio: examinemos nuestros motivos, no sea que nos mueva el prestigio, el poder o la promoción personal. Evaluemos constantemente nuestro carácter, nuestro trato con los demás, nuestra familia y nuestra reputación hacia los de afuera. Sobre todo, cuidemos nuestra vida espiritual y seamos gente de la Palabra.
Para todos: antes de ver esta lista como un filtro para evaluar a otros, veámosla como un espejo para nosotros mismos. Cristo quiere que cada uno de nosotros refleje estas cualidades de santidad y carácter íntegro, creciendo en la fe hasta la estatura de un hombre maduro.
Pero quizás, después de ver esta lista, te sientas abrumado. Yo también me siento así cada vez que la repaso. Para estas cosas, ¿quién es suficiente?
Es cierto que todo se levanta o se cae por el liderazgo. Pero, aunque la iglesia puede ser afectada por un mal liderazgo terrenal, la cabeza de la iglesia no es un liderazgo humano: es Jesucristo mismo. Por lo tanto, ¡la iglesia local que está anclada en Cristo, no se caerá!
Y ahí está también la respuesta a mi pregunta: ¿quién es suficiente? Nadie, si dependiera de nuestro esfuerzo. Estas cualidades son una consecuencia de la obra de Cristo y del poder del Espíritu Santo en nosotros.
Los pastores y obispos humanos pueden fallar, pues son pecadores. Pero tenemos al perfecto «Pastor y Obispo de nuestras almas», el cual, como dice 1 Pedro 2:24-25:
«Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados.» (1 Pedro 2:24)
Los diáconos humanos también pueden fallarnos, pero Cristo,
«el Hijo del hombre, no vino para ser servido, sino para servir [como un diácono] y para dar Su vida en rescate por muchos.» (Mateo 20:28)
Por eso, si tú aún no te has arrepentido de tus pecados y no has puesto tu fe en Jesucristo como tu Señor y Salvador, puedes hacerlo ahora mismo. Él murió por tus pecados para que ahora tú puedas vivir en justicia.
Si recibes a Cristo, vendrás a formar parte de esa iglesia que Él compró con Su preciosa sangre.
Amén.

