Introducción
En internet leí la siguiente reflexión que quisiera compartirles: Hay fechas que celebramos, aunque ninguno de nosotros haya estado allí cuando ocurrieron los acontecimientos. Pensemos, por ejemplo, en el Día de la Restauración de la República Dominicana. Cada 16 de agosto recordamos una lucha que la inmensa mayoría de nosotros nunca presenció. Nosotros no estuvimos allí. No escuchamos los disparos. No sentimos la incertidumbre de aquellos días. No tuvimos que abandonar nuestras casas ni arriesgar nuestra vida por recuperar la soberanía de la nación.
Y, sin embargo, lo celebramos. ¿Por qué celebrar algo que ocurrió antes de que naciéramos? Porque hay acontecimientos del pasado que explican quiénes somos en el presente. Una nueva generación puede no haber vivido la batalla, pero disfruta de la libertad que otros conquistaron. Y precisamente por eso necesita que alguien le cuente la historia. Porque cuando una generación deja de recordar el precio de su libertad, muy pronto comienza también a perder el significado de esa libertad.
Y esto se aplica a lo que sucedía con Israel. En ese momento ellos eran esclavos en Egipto, pero Dios levantó a Moisés como su líder, y le pide a Faraón que les deje salir para adorar a Dios en el desierto. Faraón se niega, y por eso el Señor le manda diferentes plagas a dicha nación. En este momento ya habían caído 9 de ellas. Egipto está devastado, pero Faraón ha endurecido su corazón y le advierte a Moisés que si lo vuelve a encontrar morirá.
El Señor entonces le anuncia a Moisés la llegada de la décima plaga, que sería la muerte de todos los primogénitos en Egipto, y le da instrucciones para una celebración que vendría como antesala a la plaga final mencionada al final de nuestro texto, pero que debía de ser celebrada de forma permanente una vez dicho pueblo fuese liberado.
Y era muy importante que Moisés dejara por escrito estas cosas, ya que estas palabras fueron escritas principalmente a la segunda generación de israelitas que estaban próximos a entrar a la tierra prometida, y que no habían nacido o estaban muy pequeños cuando sucedieron todas estas cosas que se narran en estos capítulos.
Pero como veremos con más detalle, lo que establece este pasaje tiene mucho que decirnos también a nosotros hoy, ya que lo ocurrido en esa ocasión, que produjo protección y liberación en los israelitas, no fue más que un anticipo a lo que ocurrió en las vidas de cada hijo de Dios, por lo que también debemos celebrar nuestra pascua, pero en la forma establecida en el Nuevo Pacto en el cual estamos.
De modo que estaremos viendo este pasaje con el tema de: Una Celebración que Preserva y Liberta. Y lo veremos en tres encabezados: I — La Instrucción Relativa a la Pascua (V. 1–27a); II — La Respuesta del Pueblo ante la Institución de la Pascua (V. 27b–28); y III — El Juicio de Dios para los que no celebraron la Pascua (V. 29–30).
I. La Instrucción Relativa a la Pascua (V. 1–27a)
«En la tierra de Egipto el Señor habló a Moisés y a Aarón y les dijo: ‘Este mes será para ustedes el principio de los meses. Será el primer mes del año para ustedes. Hablen a toda la congregación de Israel y digan: El día diez de este mes cada uno tomará para sí un cordero, según sus casas paternas; un cordero para cada casa. Pero si la casa es muy pequeña para un cordero, entonces él y el vecino más cercano a su casa tomarán uno según el número de personas. Conforme a lo que cada persona coma, dividirán ustedes el cordero. El cordero será un macho sin defecto, de un año. Lo apartarán de entre las ovejas o de entre las cabras. Y lo guardarán hasta el día catorce del mismo mes. Entonces toda la asamblea de la congregación de Israel lo matará al anochecer. Ellos tomarán parte de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas donde lo coman. Comerán la carne esa misma noche, asada al fuego, y la comerán con pan sin levadura y con hierbas amargas. Ustedes no comerán nada de él crudo ni hervido en agua, sino asado al fuego, tanto su cabeza como sus patas y sus entrañas. No dejarán nada de él para la mañana, sino que lo que quede de él para la mañana lo quemarán en el fuego.'» (Éxodo 12:1–10)
Era tan importante la celebración que se estaba instituyendo, que el calendario de Israel estaría ajustado a la misma. Y aunque dicha celebración ocurriría esa misma noche, algunas de estas mismas directrices al pueblo tendrían que ver con cómo debía de hacerse dicha celebración en el futuro. O sea que estas cosas se escribieron para recordarles a esta nueva generación, como ya dijimos, eso que sucedió en esa época y que los salvó, y por qué debía de seguir celebrándose siempre en el tiempo señalado.
Cada casa paterna debía preparar un cordero, y si era una familia pequeña, debían ponerse de acuerdo con sus vecinos para celebrarlo juntos. Había directrices en cómo cocinarlo y no se podía dejar sobras de dicha carne. Pero no solo eso, sino que, según el verso 11, estos primeros israelitas que iban a celebrar la Pascua debían de participar del mismo: ceñidas sus cinturas, las sandalias en sus pies y el cayado en su mano, lo comerán apresuradamente.
Y la idea con esto era que debían de estar listos para partir en cualquier momento luego de la cena. Al final del verso 11, vemos el nombre de dicha fiesta, cuando dice: Es la Pascua del Señor. La palabra pascua significa «paso» o «salto». Y el verso 12 explica dicho significado:
«Porque esa noche pasaré por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, tanto de hombre como de animal.» (Éxodo 12:12)
Pero esto no era solamente un juicio contra los egipcios y su tierra. Sino también, de manera extraña dice el texto, era juicio contra todos los dioses de Egipto. Los egipcios, al igual que el resto de las naciones paganas, eran politeístas. Creían en muchos dioses, y los mismos estaban relacionados con diferentes aspectos de la naturaleza. Por supuesto que estos dioses no es que sean seres reales. Solo existe un Dios verdadero.
Los demás son dioses falsos. Pero para los egipcios eran dioses reales, y en ese sentido el juicio que ocurriría en esa noche sería un mensaje contundente, de que todo aquello que representaban dichos dioses, y que les daba seguridad a los egipcios, al final se iba a desvanecer con esta plaga que era la culminación de las 9 anteriores como ya dijimos.
«La devastación aplastante de este ataque dejará claro que todos ellos son impotentes ante él, para que todos sepan que el Dios de Israel, Yahvé, es el Dios verdadero. Nadie puede librar de su mano. Yahvé es Dios; los otros dioses no lo son.»
No solo sería un golpe contundente contra la confianza de los egipcios en sus dioses, sino también una seria advertencia para los israelitas. Y como Moisés escribe este suceso a esa nueva generación de israelitas próximos a entrar a la tierra prometida, esto de los dioses tendría mucha relevancia, ya que la tierra prometida estaba también llena de adoradores de dioses falsos. Cuando estos israelitas leyeran del juicio a los dioses de los egipcios, y celebraran la pascua precisamente recordando estas cosas, esto sería una fuerte advertencia para ellos, de que los dioses de los cananeos no eran mejores que los dioses de los egipcios.
También eran dioses falsos que no iban a satisfacer las necesidades del alma, y por lo tanto debían de ser destruidos como parte del juicio de Dios contra las naciones cananeas. Y yo te pregunto, ¿cuáles son tus dioses hoy en día? Porque un dios no necesariamente debe de tener un nombre propio. Un dios es todo aquello en lo que pongo mi confianza o mis afectos, en lugar del único Dios vivo y verdadero.
Se puede hacer un dios de cualquier ser humano del pasado, o entidad imaginaria, al punto de rezarle, como si el mismo tuviera poderes para escuchar y responder. Se puede hacer un dios de seres humanos que están cerca de nosotros. Se puede hacer un dios de tu familia (padres, hijos, cónyuges). Por eso Cristo dijo:
«El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí.» (Mateo 10:37)
Nuestra cultura tiene sus dioses. Está el dios del sexo; está el dios de las riquezas. Y conectado con estos dioses está el dios del placer, de la fama, de la seguridad, etc. Y como Dios es celoso de su gloria, y no admite la adoración de ningún otro, Él se encargará de traer juicios que nos hagan ver que ciertamente aquello en lo que estábamos poniendo toda nuestra confianza y satisfacción, al final es una mera ilusión, y solo podremos disfrutarlas, conforme a su soberanía, cuando Dios se mantiene en el centro de nuestros afectos y como el único ser que adoramos.
Pero la realidad, mis hermanos, es que estos israelitas que debían de celebrar la pascua, en sus corazones, eran tan idólatras como los egipcios, y por eso necesitarían una provisión divina para que no fueran también afectados con el juicio divino de aquella noche. Por eso, dice el verso 7, que ellos debían de tomar parte de la sangre derramada del cordero para untarla en los dos postes y el dintel de cada casa donde se estuviere celebrando.
El dintel era la parte superior de donde se colocaba la puerta y los postes las dos columnas a los lados para sostenerla. ¿Por qué debían hacer esto? La respuesta la tenemos en el verso 13:
«La sangre les será a ustedes por señal en las casas donde estén. Cuando Yo vea la sangre pasaré de largo, y ninguna plaga vendrá sobre ustedes para destruirlos cuando Yo hiera la tierra de Egipto.» (Éxodo 12:13)
De modo que la provisión divina, para que los israelitas no recibieran el castigo que también se merecían, sería la señal de la sangre en el exterior de las casas, debiendo ser celebrada de manera permanente por Israel según el verso 14. En los versos 15–20 se menciona otra fiesta que en el futuro debía de ser celebrada justo cuando concluyera la cena de la Pascua, y era la Semana de los Panes sin Levadura.
Por siete días se comería panes sin levadura, como recordatorio de que ese mismo día en la noche el Señor sacaría a los israelitas de la tierra de Egipto. Más adelante se añadirían otras regulaciones relativas a esta fiesta. Y tan seria era esta celebración que cualquiera que la violara, fuera nativo o extranjero, sería cortado del pueblo, expresión esta que puede significar la expulsión del pueblo o aun la aplicación misma de la pena capital.
Una vez Moisés recibe estas instrucciones de parte del Señor, en los versos 21 al 24, él traspasa dichas instrucciones al pueblo. Esta fiesta o ceremonia debía de celebrarse permanentemente en Israel, como se repite en el verso 24. Y particularmente se enfatiza que debe de continuar luego de estar en la tierra prometida. Pero Moisés añade lo siguiente en los versos 25–27a:
«Cuando entren a la tierra que el Señor les dará, como ha prometido, guardarán este rito. Y cuando sus hijos les pregunten: ‘¿Qué significa este rito para ustedes?’, ustedes les dirán: Es un sacrificio de la Pascua al Señor, el cual pasó de largo las casas de los israelitas en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas.» (Éxodo 12:25–27a)
Esta nueva generación de israelitas, al leer estas palabras, debía también enseñarles a sus hijos no solo a practicarla sino a explicarle lo que la misma significaba. ¿Y qué significaba? Que el Señor en la misma noche que traía juicio mortal contra los egipcios a través de un ángel destructor, pasó de largo de la casa de los israelitas, al ver la sangre de los corderos en las entradas de sus casas. En la misma noche, Israel fue preservado como pueblo y libertado de la esclavitud de Egipto.
Pero, mis hermanos, la institución de esta fiesta o ceremonia de la Pascua, tendría un significado mucho mayor que apuntaría a un evento muchos siglos después. Al final, el sacrificio de todos esos corderos en aquella noche, y los demás sacrificios en las fiestas posteriores, representarían al sacrificio de Cristo, quien es presentado como el Cordero de Dios en el Nuevo Pacto. Por eso en Juan 1:29, el profeta Juan el Bautista, al ver a Cristo, proclamó:
«Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.» (Juan 1:29)
Noten que estos versos del 25 al 27 asumen la enorme importancia que tenemos los padres de traer a la mente y al corazón de nuestros hijos, no solo los hechos de Dios narrados en su Palabra, sino la interpretación correcta de estos hechos. Y para nosotros como padres, el fin debe ser guiar a nuestros hijos al corazón mismo del evangelio de Jesucristo, y las consecuencias prácticas que se derivan de este.
De modo que, solo por medio del sacrificio de Cristo, nuestra pascua final y más perfecta, podemos ser librados de la destrucción y vivir con libertad para adorar a Dios. Por eso Cristo es llamado nuestra Pascua en 1 Corintios 5:7. Porque, así como la sangre en el dintel y los postes de la puerta hacía que el ángel destructor pasara de largo en las casas de los israelitas, de igual manera, por causa de la obra de Cristo en nosotros, simbolizada en su sangre, somos librados del castigo que produce el juicio de Dios.
Y mis hermanos, estas cosas que Moisés habló trajeron una respuesta del pueblo de Israel que también debe ser una respuesta nuestra. Eso nos lleva a nuestro segundo encabezado que veremos brevemente:
II. La Respuesta del Pueblo ante la Institución de la Pascua (V. 27b–28)
«Y el pueblo se postró y adoró. Los israelitas fueron y lo hicieron así. Tal como el Señor había mandado a Moisés y a Aarón, así lo hicieron.» (Éxodo 12:27b–28)
O sea que, ante estas palabras terribles y a la vez aliviadoras de Moisés al pueblo, de que habría mortandad pero el pueblo de Dios sería salvado, el pueblo respondió en adoración y obediencia.
Y mis hermanos, eso es lo que se espera de cada cristiano cuando Dios viene y les habla a través de su Palabra. Ya sea leyéndola o escuchándola de forma privada, ya sea exponiéndose a ella a través de la predicación en el contexto de la iglesia reunida, o en otros contextos, nuestra respuesta debe ser doble: adoración y obediencia.
No puede ser obediencia sin adoración. Eso sería una respuesta moralista, que puede estar partiendo de un corazón que esté lejos de Dios y que simplemente procura estar en buenas con Él por causa de nuestra obediencia. Tampoco puede ser una adoración sin obediencia. Reaccionar con emociones y afectos, pero al final no haciendo caso a los mandamientos a cumplir. Eso podría ser una forma de emocionalismo, pero carente de una verdadera transformación. Debe haber adoración y obediencia.
Pero mientras Israel era preservado y luego liberado, el juicio definitivo vino sobre Egipto a través de la última plaga. Y eso nos lleva a nuestro tercer y último punto que veremos también de forma breve:
III. El Juicio de Dios para los que no celebraron la Pascua (V. 29–30)
«Y a la medianoche, el Señor hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito del ganado. Faraón se levantó en la noche, él con todos sus siervos y todos los egipcios. Y se oyó un gran clamor en Egipto, porque no había hogar donde no hubiera alguien muerto.» (Éxodo 12:29–30)
Lo que se narra aquí fue algo terrible. El clamor de la muerte de un hijo en una casa es algo que se nota. El clamor de la muerte de todos los hijos primogénitos, que en esas culturas se les daba una mayor importancia, en las miles de casas que había en Egipto, además de la muerte de los primogénitos de todo el ganado, fue una gran calamidad impresionante.
Era un llanto colectivo en todo Egipto. Como dice al final del verso 30: Y se oyó un gran clamor en Egipto, porque no había hogar donde no hubiera alguien muerto.
Ahora bien, mis hermanos. No fue que no hubo muertes en Israel. En todas las casas, tanto de los egipcios como de los israelitas hubo muerte. Lo que pasa fue que en Egipto murieron los primogénitos como resultado del juicio de Dios. En cambio, en Israel, fueron sacrificados los corderos en sustitución de los primogénitos.
Y yo te digo a ti, mi amigo que no conoces al Señor, que no hay forma de escapar del juicio venidero de Dios. Y este juicio será peor que el de la muerte de los primogénitos en Egipto. Porque será un juicio que abarcará a todos los hombres que estén fuera del único medio de protección divino. Y será un juicio no solo para el cuerpo, sino también para el alma.
«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno.» (Mateo 10:28)
Por eso necesitas venir a Cristo, para que así por medio de su sacrificio seas librado de la destrucción que vendrá sobre este mundo caído.
Conclusión
Así como Israel debía celebrar continuamente la pascua, recordando su salvación y liberación en Egipto, es nuestro deber, a través de los distintos medios de gracia, recordar continuamente que también fuimos salvados y liberados por medio de la obra de Cristo, y al igual que Israel, nos encontramos en un peregrinaje en este mundo hasta que lleguemos a nuestra Canaán celestial.
Y por eso es muy importante que cada cosa que hagamos como iglesia, la podamos conectar con este mensaje de preservación y de liberación. Hay muchas batallas que debemos luchar, contra el aborto, contra la ideología de género, contra el racismo, contra la explotación, etc. Pero si descuidamos el mensaje central del sacrificio de Cristo perderemos la identidad como iglesia, y nos convertiremos en una mera institución de promoción de valores.
Pero, mis hermanos, nosotros buscamos algo mucho más importante que la promoción de valores. Buscamos la exaltación de Cristo, a través del mensaje de su sacrificio para salvación del hombre. Y debemos recordarnos este mensaje a través de diferentes medios, y uno de los principales es a través de la celebración de la Cena del Señor. No es cualquier cosa lo que vamos a celebrar.
Es el recordatorio de una liberación mucho más grande, mucho más fantástica, mucho más importante, ya que, cuando Cristo, el Cordero de Dios colgaba en esa cruz, en ese momento cargó con todos los pecados nuestros, para que pudiéramos ser librados de la destrucción eterna. Y celebraremos esta ordenanza, hasta que Cristo vuelva, y ya no sea más necesario el símbolo, pues tendremos con nosotros la realidad de Cristo cara a cara.
Nuestra respuesta ante la salvación ofrecida por Dios por causa del sacrificio de Cristo, quien es nuestra pascua, debe ser el de purificar, no solo en lo interior, sino también en el contexto de nuestra comunidad. Dice:
«¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Limpien la levadura vieja para que sean masa nueva, así como lo son en realidad sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado. Por tanto, celebremos la fiesta no con la levadura vieja, ni con la levadura de malicia y maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad.» (1 Corintios 5:6b–8)
En este pasaje Pablo conecta el tema de la pascua y la fiesta de los panes sin levadura para decirnos que, ya que Cristo es nuestra pascua que fue sacrificada, no debemos, espiritualmente hablando, dejar que en la comunidad haya levadura, es decir, pecado sin tratar, ya que eso afectaría a todo el cuerpo.
De modo que no debemos desanimarnos cuando en la iglesia haya dificultades, tal como las hubo en las iglesias del Nuevo Testamento. Más bien recordemos que Cristo, nuestra pascua, ya fue sacrificada, por lo que seremos librados de la destrucción que merecíamos por nuestros pecados. Pero como consecuencia de su sacrificio, limpiémonos de esta levadura de malicia y de maldad, y participemos de los panes sin levadura de sinceridad y de verdad, para la gloria de Dios y el bien de todos nosotros.

