No Temas: Recuerda Que Has Sido Redimido
Isaías 43:1
Introducción
Nadie tiene que enseñarnos a sentir temor. Basta con ser humanos y conscientes de nuestra fragilidad para que el temor encuentre mil brechas por las cuales entrar a nuestro corazón.
Tememos a la enfermedad. Tememos al fracaso. Tememos que nos abandonen. Tememos no ser suficientes. Tememos el futuro que no podemos ver ni controlar.
Y aunque tratamos de disimularlo delante de los demás, casi todos cargamos con algún temor que nos visita en las noches de insomnio o que nos acompaña en silencio mientras sonreímos por fuera.
La pregunta no es si tú temes algo. La pregunta es: ¿qué haces con ese temor?
El mundo te ofrece muchas respuestas: distráete, medícate, piensa positivo o no pienses tanto en eso. Pero ninguna de esas respuestas llega a la raíz del problema, porque el temor no se resuelve ignorándolo, sino abordándolo bíblicamente.
Eso es precisamente lo que Dios le dice a su pueblo en nuestro texto de hoy. No les da una técnica para manejar el temor. Les recuerda una realidad que, si la creen, cambia por completo la manera en que enfrentan todo lo que temen.
«No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; Mío eres tú» (Isaías 43:1)
Ahora bien, para sentir el verdadero peso de estas palabras, necesitamos saber a quién se las dijo el Señor y en qué circunstancias.
Nuestro texto se encuentra cerca del comienzo de una nueva sección del libro de Isaías, que se inicia en el capítulo 40. Hasta el capítulo 39, gran parte del mensaje del profeta se había concentrado en advertir a Judá acerca del juicio de Dios a causa de su pecado, su idolatría y su tendencia a confiar en las naciones en lugar de confiar en el Señor.
Al final del capítulo 39, el profeta mira hacia el futuro y anuncia que llegaría el día cuando Judá sería conquistada por Babilonia, Jerusalén sería destruida y sus habitantes serían llevados al exilio. Pero a partir del capítulo 40 hay un cambio notable de tono y perspectiva. Isaías mira proféticamente hacia ese futuro y habla al pueblo como si ya se encontrara en medio del exilio, sufriendo las consecuencias de su pecado.
Y aunque lo que quizás hubiéramos esperado que dijeran las primeras palabras de este capítulo fuera: Israel, sufres lo que sufres por tu pecado, lo que encontramos son palabras impregnadas de gracia:
«Consuelen, consuelen a Mi pueblo —dice su Dios—. Hablen al corazón de Jerusalén…» (Isaías 40:1-2)
El Dios que les había anunciado el juicio que justamente merecían, ahora quiere que Su pueblo sea consolado. Nuestro texto se encuentra en el capítulo 43, donde también el Señor procura consolar y animar a su pueblo con palabras igualmente llenas de gracia.
Y esto se hace bien evidente cuando contrastamos nuestro texto con las palabras que lo preceden al final del capítulo anterior:
«¿Quién entregó a Jacob al despojo, y a Israel a los saqueadores? ¿No fue el SEÑOR, contra quien pecamos? En Sus caminos no quisieron andar, ni obedecieron Su ley» (Isaías 42:24)
Pero ahora de repente leemos las primeras palabras de Isaías 43:1: «Mas ahora, así dice el Señor…». Es decir: «Israel, es cierto que has pecado contra mí en gran manera, pero ahora déjame decirte algo que quiero que sepas…», y lo que sigue no son palabras de reprensión.
Más bien les habla de quién Él es en relación a ellos:
«Mas ahora, así dice el SEÑOR tu Creador, oh Jacob, y el que te formó, oh Israel…» (Isaías 43:1)
Cuando el Señor les recuerda aquí que Él es su Creador, no se refiere simplemente a que los creó como seres humanos, sino a que Él mismo los había formado como pueblo para Sí. Había llamado a Abraham, había multiplicado su descendencia, los había sacado de Egipto y había hecho un pacto con ellos.
Con lo cual les estaba diciendo que el exilio babilónico vendría, pero no sería el final de ellos como pueblo de Dios. El mismo Dios que los había formado y que los disciplinaría por su pecado también sería el Dios que, conforme a sus promesas, los rescataría y los traería nuevamente a su tierra.
Es a este pueblo culpable y lleno de temor a quien Dios, en su gracia, le dice:
«…No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; Mío eres tú» (Isaías 43:1)
El Señor se acerca a su pueblo y le habla al corazón según su necesidad. Él conocía muy bien el temor que abrumaba sus corazones al pensar en el juicio que vendría sobre ellos. Y por eso les dice: «No temas». Solo en Isaías se lo dice 13 veces.
Pero de todas esas veces, hay tres en las que además de decirles que no teman les da la razón por la que no debían temer. Por ejemplo, en Isaías 41:10 y en 43:5 les dice:
«No temas, porque Yo estoy contigo» (Isaías 41:10; 43:5)
Pero en nuestro texto la razón es otra:
«No temas, porque Yo te he redimido» (Isaías 43:1)
En uno los llama a no temer porque Su presencia estaba con ellos: «Yo estoy contigo». En el otro los llama a no temer por lo que Él había hecho por ellos: «Yo te he redimido».
Cuando el pueblo de Israel escuchó estas palabras, entendieron muy bien lo que el Señor les quiso decir con «…Yo te he redimido».
Siglos antes y por mucho tiempo estuvieron esclavizados en Egipto. Humanamente hablando, no tenían ninguna posibilidad de liberarse. Egipto era una nación poderosa e Israel era un pueblo bajo gran opresión.
Pero Dios intervino. Plaga tras plaga, el Señor manifestó su poder hasta sacar a su pueblo de aquella nación. Y cuando Faraón cambió de parecer y salió detrás de ellos con su ejército, Israel quedó entre el ejército egipcio y el mar.
Se vieron sin salida. Pero precisamente aquella situación imposible se convirtió en el escenario en el cual Dios manifestó su gloria: abrió el mar, hizo pasar a su pueblo y destruyó a sus enemigos. Dios redimió a Israel.
Y ahora, siglos después, el pueblo necesitaba recordar lo que Él había hecho por ellos. Por eso les dice: «No temas, porque Yo te he redimido».
En otras palabras: No debes temer porque el Dios que te libró entonces sigue siendo tu Dios en este momento y lo será cuando te encuentres bajo el cautiverio babilónico.
Transición
Ahora, hermanos, a diferencia de aquellos israelitas, nosotros vivimos de este lado de la cruz. Y cuando escuchamos las palabras «porque Yo te he redimido», inevitablemente nuestros pensamientos se dirigen a una liberación infinitamente más gloriosa que la liberación de Egipto.
Nosotros también éramos esclavos. No de Faraón, sino de nuestros pecados. Y peor aún, no estábamos amenazados por un ejército, sino bajo la justa condenación de Dios.
Y no necesitábamos simplemente ser sacados de una nación; necesitábamos ser rescatados de la ira de Dios y ser reconciliados con el Dios tres veces santo. Y de eso nos rescató por medio de nuestro bendito Salvador.
Ahora, hermano, quizás tú me digas: Sí, eso lo entiendo claramente. El pueblo de Israel fue redimido de Egipto y Cristo me redimió de mis pecados y de eterna condenación. Lo que no entiendo es qué tiene que ver todo esto con mis temores.
En realidad, tiene muchísimo que ver. Porque cuando en nuestro texto Dios te dice: «No temas, porque Yo te he redimido», está llamándote a mirar todo lo que te causa temor a la luz de lo que Él hizo por ti en Cristo.
Y para que podamos ver cuán poderosas y relevantes son estas palabras para nuestra vida, quisiera que consideremos algunas de las implicaciones prácticas de nuestra redención, y cómo cada una de ellas nos da razones para enfrentar nuestros temores confiando en el Señor.
I. No Temas, Porque el Dios Que Te Redimió Ya Resolvió el Problema Más Grande Que Tenías
Hay momentos en la vida en los que sencillamente no sabemos qué hacer. Nos encontramos ante situaciones tan complicadas que no logramos ver una salida.
Pensamos en una posible solución, pero no funciona; consideramos otra, pero tampoco resuelve el problema. Y mientras más buscamos una salida y no la encontramos, más comienza a apoderarse de nosotros el temor.
Pero considera esto: jamás has tenido un problema más grande que el problema que Dios resolvió cuando te redimió.
¿Cuál era ese problema? El siguiente: ¿Cómo puede un Dios perfectamente santo y justo perdonar a un pecador culpable sin dejar de ser justo?
Ese era nuestro gran problema. Dios no podía sencillamente pasar por alto nuestros pecados. Su justicia demandaba que fueran castigados. Y nosotros no podíamos salvarnos.
Si la solución de aquel problema hubiera quedado en manos de hombres o de ángeles, ni toda la eternidad habría bastado para hallarla.
Pero Dios, que es rico en misericordia e infinito en sabiduría, hizo lo que nosotros jamás hubiéramos podido hacer: entregó a su propio Hijo en nuestro lugar.
En la cruz, la justicia de Dios no fue ignorada, sino satisfecha. Cristo tomó el lugar de su pueblo y recibió el castigo que nosotros merecíamos. Y así nos redimió de la culpa, dominio y consecuencias eternas de nuestros pecados.
Pues, mi hermano, si Dios fue capaz de resolver aquello que tú jamás habrías podido resolver —tu condenación eterna—, ¿habrá algo que enfrentes en esta vida que sea demasiado difícil para Él?
Puede que estés siendo asediado por fuertes tentaciones. Puede que te encuentres en el hoyo profundo de una prueba muy dura. Puede ser una situación familiar para la cual no encuentras solución. Puede ser un diagnóstico difícil que hayas recibido.
Sea lo que sea que hoy te haga temer, recuerda esto: el Dios que te dice «Yo te he redimido» es el mismo Dios que gobierna sobre aquello que estás atravesando. Por eso, no temas.
II. No Temas, Porque el Dios Que Te Redimió Cuidará de Tus Necesidades
Quizás digas: Pero es que el temor que yo siento no es por cosas imaginarias. Tengo necesidades reales que son nada fáciles: hay cuentas que pagar que se siguen acumulando. Hay una familia que mantener y los recursos no me dan. No le niego que a veces me despierto de madrugada y me entran unos temores.
Mi hermano, es cierto que tu situación es difícil. Y el Señor no te pide que niegues la realidad de tus necesidades. Lo que hace es enseñarte a mirarlas a la luz de una realidad mucho mayor: lo que Dios ya hizo por ti en Cristo.
¿Y cómo nos enseña el Señor a luchar con temores como esos? Llevándonos de regreso a la redención. Nos dice, en efecto: «Mira lo que ya hice por ti, y desde ahí mira ahora aquello que te causa temor».
Eso es precisamente lo que Pablo hace en Romanos 8:32:
«El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?» (Romanos 8:32)
Piensa por un momento: ¿qué hizo Dios cuando te vio en tu pobreza espiritual? Estabas en bancarrota. No tenías absolutamente nada con qué pagar por la salvación de tu alma. Y, sin embargo, Dios pagó por ti el precio más alto imaginable: la sangre preciosa de su propio Hijo.
Pablo razona de lo mayor a lo menor: si Dios ya te dio lo más grande, ¿cómo no te dará también todo aquello que necesitas para cumplir sus propósitos contigo?
Esto no significa que Dios promete darnos todo lo que queremos. Significa algo mucho mejor: Dios no dejará de darnos nada de lo que realmente necesitamos para nuestro bien y para su gloria.
Por eso, cuando sientas que el peso de la necesidad te está hundiendo, mira al Calvario y no temas porque has sido redimido.
III. No Temas, Porque el Dios Que Te Redimió No Se Olvidará de Ti
Hay otro temor que puede que en un momento u otro lleguemos a experimentar, pero que quizás no nos atrevemos a compartirlo con nadie: el temor de pensar, ¿realmente le importa al Señor lo que me está pasando?
Parecido a ese temor que sobrevino sobre los discípulos en la barca en medio de aquella gran tormenta. Lo que veían y sentían era real: el furor de las olas, la ferocidad de los vientos y lo que complicaba todo aún más: la oscuridad de la noche. Pero algo que también era real era que Jesús estaba con ellos.
Ahora, escuchen lo que dice en Marcos 4:38:
«Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; entonces lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»» (Marcos 4:38)
Lo que le dicen a Jesús es muy revelador: el temor no solo les hizo pensar que iban a morir; les hizo cuestionar el cuidado de Cristo por ellos: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
Ellos pudieron haberle dicho: Maestro, despierta, mira la tremenda tormenta que nos está azotando. Pero lo que hacen es que interpretan su inacción —el que estuviera durmiendo— como falta de preocupación por ellos.
Pero la pregunta que el Señor les hace después de calmar la tempestad revela lo que había en sus corazones: «¿Por qué están así amedrentados? ¿Cómo no tienen fe?» El problema no era la tormenta sino el temor y la incredulidad que interpretó el silencio de Cristo como abandono.
Mi hermano, cuando miras tus circunstancias difíciles, ¿has llegado a pensar que tú no le importas al Señor o que es indiferente a tu situación? Clamas y clamas, pero el Señor parece estar durmiendo cuando él ve que siguen pasándote los años y todavía estás soltera; llevas años tratando de echar tu negocito para adelante pero nada; por más que le has testificado a tu esposo inconverso, sigue como una piedra; el cáncer que se creía estaba en remisión, ha regresado.
Y quizás te has preguntado: ¿realmente le importo al Señor? Entre los miles de millones de personas que hay en el mundo, ¿realmente se fija Él en mí?
Escucha lo que el Señor le dice a su pueblo en Isaías 43:4:
«Ya que eres precioso a Mis ojos, digno de honra, y Yo te amo…» (Isaías 43:4)
Hermano, por estar en Cristo, así te ve Dios a ti. Tanto le importas al que te redimió que jamás se olvidará de ti. Cuando Satanás y el temor de tu corazón hagan un dúo y te digan que eres insignificante para Dios, recuérdales el precio que Él pagó para que fueras suyo por la eternidad.
En cierto momento el pueblo de Israel llegó a decir:
«…Sión dijo: «El Señor me ha abandonado, El Señor se ha olvidado de mí»» (Isaías 49:14)
Y la respuesta del Señor fue:
«¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaré. En las palmas de Mis manos, te he grabado» (Isaías 49:15-16)
Para tu Padre no eres un cualquiera entre miles de millones de personas en este mundo: eres uno de sus redimidos a quien Él ama entrañablemente. No temas.
IV. No Temas, Porque el Dios Que Te Redimió Te Sostendrá Hasta el Final
Otra cosa que puede producirnos temor es nosotros mismos. Somos tan cambiantes: un día estamos firmes y al otro día débiles.
Un día confiamos plenamente en la soberanía de Dios y al siguiente estamos llenos de ansiedad. Un día gozamos de comunión con el Señor y otro día sentimos nuestra frialdad espiritual.
Y al ser tan conscientes de nuestra debilidad, podemos preguntarnos: ¿y si algún día me aparto del Señor? ¿Y si dentro de diez años no soy tan fiel como hoy? Los otros días casi resbalaron mis pies —casi caigo en ese pecado que me tenía esclavizado—, ¿podré perseverar hasta el final siendo tan inestable?
Mi hermano, las palabras del Señor en nuestro texto dan por sentado que somos débiles. ¿Por qué crees que el Señor nos dice: «No temas…»? ¿Por lo fuerte que somos? ¿Porque nunca flaqueamos ni cambiamos?
Todo lo contrario. El Señor sabe lo propenso que somos a tambalear y a dejarnos dominar por nuestros temores. El Señor más que nadie se acuerda de que somos solo polvo.
Pero nuestra fortaleza y seguridad está en lo que sigue: «No temas, porque Yo te he redimido».
Nosotros cambiamos. Nuestras emociones cambian. Nuestras circunstancias cambian. Nuestra fuerza cambia. Pero la eficacia de la obra redentora de Cristo no cambia ni cambia la omnipotencia del que nos sostiene y guardará hasta el fin.
Cristo pagó el precio. El Padre aceptó su sacrificio. La deuda fue satisfecha. Y lo que Cristo hizo por su pueblo jamás podrá ser deshecho.
Ese sentido profundo de tu gran debilidad debería llevarte a refugiarte en tu Redentor, no a centrarte en ti. Debería llevarte a buscar su fortaleza.
Recuerda que tu esperanza de llegar finalmente a la gloria no descansa en la fuerza con la que tú puedas aferrarte a Cristo, sino en la fidelidad de Cristo, quien jamás soltará a aquellos que compró con Su propia sangre.
V. No Temas, Porque Tus Pecados y Fracasos del Pasado Están Cubiertos por la Sangre de Cristo
Hay otra clase de temor que puede aparecer especialmente cuando vamos avanzando en años. No es tanto el temor de lo que pudiera suceder mañana, sino el peso de mirar hacia atrás. Cuando somos jóvenes tendemos a mirar hacia adelante y pensar en todo lo que todavía podemos hacer.
Pero llega un momento en la vida cuando comenzamos a mirar más hacia atrás. Y entonces no solamente recordamos las misericordias del Señor —también vemos oportunidades perdidas, decisiones equivocadas, descuidos, pecados cometidos y cosas que, si pudiéramos volver atrás, haríamos de otra manera.
Quizás, tú mi hermano, miras hacia atrás y piensas: No fui el padre que debí haber sido. No fui la madre que debí haber sido. No amé a mi esposa como debía. No respeté a mi esposo como debía. Desperdicié demasiado tiempo. No serví al Señor como debí haberlo hecho.
Escuchas un sermón sobre la crianza de los hijos y, en vez de recibirlo como instrucción para obedecer a Dios hoy, cada punto se convierte en una acusación por lo que no hiciste hace veinte años.
Escuchas un sermón sobre el matrimonio. La mayoría de las parejas salen edificadas y animadas, pero tú en secreto piensas en todos tus fracasos. Escuchas acerca de redimir el tiempo y comienzas a lamentarte por todos los años que ya no puedes recuperar.
Y mientras más avanzas en edad, más consciente eres de que hay cosas que sencillamente no puedes volver atrás para corregir.
Hermano, esas cargas son reales, porque tienen que ver con pecados y fracasos de los que somos responsables. Pero si ya hemos buscado el perdón de Dios y de quienes hemos ofendido, no debemos seguir cargando como condena aquello que Cristo ya cargó y pagó por completo en la cruz.
Cuando Dios te dice: «No temas, porque Yo te he redimido», eso también tiene algo que decirte cuando miras hacia atrás y te lamentas por todo lo que debiste haber hecho mejor.
Cristo no te redimió solamente de los pecados que cometiste ayer. Él cargó también con los pecados de aquellos años que ahora recuerdas con lágrimas.
Él pagó por los pecados de tu juventud. Pagó por tus fracasos como padre o como madre. Pagó por tus pecados en el matrimonio. Pagó por las oportunidades que desperdiciaste. Pagó por todas aquellas ocasiones en las que sabías lo que debías hacer y no lo hiciste.
Por ello puedes refugiarte en lo que dice Romanos 8:1:
«…ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1)
Eso no significa que debamos mirar nuestro pasado con indiferencia. Significa que podemos mirarlo desde la cruz. Quizás tú dices: «Pero si pudiera regresar veinte años atrás, haría tantas cosas diferentes». Seguramente. Yo también. Pero no puedes regresar veinte años atrás.
Lo que sí puedes hacer es esforzarte por ser fiel a Cristo hoy. Puedes amar hoy. Puedes pedir perdón hoy. Puedes llamar a ese hijo hoy. Puedes hablar con tu esposa o con tu esposo hoy. Puedes servir al Señor hoy.
Puedes redimir el tiempo que todavía Dios, en su misericordia, ha puesto delante de ti. Y puedes hacerlo sin vivir paralizado por el temor de que tus fracasos pasados hayan arruinado irremediablemente tu vida.
Hermano, tu esperanza nunca estuvo en haber vivido una vida sin caídas ni derrotas. Tu esperanza está en un Redentor que pagó completamente por todos tus pecados.
El otoño de tu vida no tiene que convertirse en una estación dominada por el remordimiento. Puede convertirse en una estación de gratitud, humildad y obediencia. En un tiempo para celebrar la gracia de Cristo para contigo a pesar de que te ves como una caña cascada y una mecha que humea.
Es un tiempo para dar gracias al Señor porque por su obra en ti ahora ves con mayor claridad cuánto has necesitado la gracia de Dios. Es un tiempo para la humildad, porque sabes que cualquier cosa buena que haya habido en tu vida ha sido por Su misericordia. Y un tiempo para obedecer, porque mientras Dios te conceda vida, todavía tienes un presente en el cual puedes glorificarlo.
Así que cuando mires hacia atrás y tu conciencia te recuerde todo lo que debiste haber hecho y no hiciste, no niegues tus pecados. Confiésalos. Aprende de ellos. Haz lo que todavía pueda hacerse.
Pero después, mira más allá de tus fracasos. Mira al Calvario.
Y escucha nuevamente la voz de tu Dios:
«No temas, porque Yo te he redimido» (Isaías 43:1)
Una Palabra Para Quien Todavía No Tiene a Cristo Como Su Redentor
Amigo que todavía no tienes a Cristo como tu redentor, tristemente tú no puedes apropiarte de las palabras del texto de hoy. No puedes decir: «Cristo me ha redimido», porque todavía permaneces en tus pecados.
Entonces estas palabras deben hacerte pensar seriamente en tu condición. Tu problema más grande no es lo que pudiera sucederte mañana. Tu problema más grande es encontrarte delante de un Dios santo cargando todavía con la culpa de todos tus pecados.
Pero hay buenas noticias. Hay un Redentor para pecadores como tú y como yo. Jesucristo murió en lugar de pecadores. Él recibió sobre sí el castigo que ellos merecían y resucitó victorioso de la tumba.
Por eso no te digo que trates de mejorar tu vida para que Dios te acepte. Eso sería imposible. Te digo: ve a Cristo. Arrepiéntete de tus pecados y confía solamente en Él. Y tú que hoy tienes toda razón para temer, podrás llegar a escuchar estas maravillosas palabras de tu Redentor:
«No temas, porque Yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; Mío eres tú» (Isaías 43:1)
