Texto Bíblico
«Mientras ellos iban por el camino, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos», le dijo Jesús, «pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza». A otro le dijo: «Ven tras Mí». Pero él contestó: «Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». «Deja que los muertos entierren a sus muertos», le respondió Jesús; «pero tú, ve y anuncia por todas partes el reino de Dios». También otro dijo: «Te seguiré, Señor; pero primero permíteme despedirme de los de mi casa». Pero Jesús le dijo: «Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios».» (Lucas 9:57-62)
Introducción
Imaginen a un grupo de excursionistas atrapados en una montaña mientras se aproxima una tormenta. La neblina se hace cada vez más densa, el camino comienza a desaparecer y permanecer allí significa exponerse a un peligro mortal. De repente aparece un rescatista que conoce perfectamente la montaña. Él les dice: «Puedo llevarlos a un lugar seguro, pero deben seguirme ahora. Tendrán que abandonar parte de su equipaje porque hará más lento el descenso. No podrán detenerse a resolver otros asuntos ni regresar a buscar lo que dejaron. Además, habrá momentos difíciles en el camino; tendrán que confiar en mí y obedecer mis instrucciones».
Uno de ellos responde: «Estoy dispuesto a seguirte, siempre que el camino no sea demasiado difícil». Otro dice: «Iré contigo, pero primero déjame terminar algunas cosas». Y un tercero comienza a caminar, pero constantemente mira hacia atrás, lamentando el equipaje que tuvo que abandonar. El problema de estos hombres no es que rechazaran abiertamente al rescatista. Todos afirmaban querer seguirlo. El problema era que deseaban ser rescatados bajo sus propias condiciones. Algo parecido ocurre en el pasaje que estudiaremos hoy. Tres personas expresaron interés en seguir a Jesús, pero cada encuentro reveló algo en sus corazones.
Pero antes de estudiar el pasaje, quisiera que viéramos algo del contexto. El evangelio de Lucas tiene un énfasis especial en presentar a Jesucristo como el cumplimiento de las profecías dadas en el Antiguo Testamento que hablaban de la manifestación del reino de Dios en el mundo. Pero era un reino que se iba a manifestar de una forma progresiva, y cuyo crecimiento no sería a través de una conquista militar, sino a través del anuncio de las buenas nuevas.
Esas buenas nuevas, comenzaron a ser anunciadas por Cristo mismo, pero a su vez Este comenzó a capacitar a sus discípulos para que llevaran el mensaje junto con Él, y así lo siguieran haciendo cuando ya no estuviera físicamente con ellos. Este mensaje de buenas nuevas invitaba a todos a seguirle a Él, para así ser parte de este reino.
Sin embargo, aunque había una invitación universal para ser parte de este reino, no era suficiente un mero asentimiento mental o emocional. Cristo buscaba no meros profesantes externos como parte de sus seguidores. Él buscaba, y sigue buscando verdaderos discípulos, que estén dispuestos a entregar sus vidas para Él.
Y eso fue algo que nuestro Señor insistió con más énfasis, en la medida en que su ministerio terrenal llegaba a su fin. Noten en qué momento histórico se narra este episodio:
«Sucedió que cuando se cumplían los días de Su ascensión, Jesús, con determinación, afirmó Su rostro para ir a Jerusalén.» (Lucas 9:51)
De modo que aquí estamos en la parte final de su ministerio, en el cual se nos narran estos tres encuentros que, aunque no necesariamente ocurrieron en el mismo momento, Lucas quiso agruparlos para traer una enseñanza general del mismo. Y pudiéramos describir la enseñanza general de la siguiente manera: Ser un discípulo de Cristo implicará para nosotros demandas innegociables, pero que valen la pena asumir.
De modo que el título de este mensaje es: Demandas Innegociables para Seguir a Cristo. Y para ello, dividiremos este pasaje siguiendo cada uno de estos encuentros que tuvo el Señor, de la siguiente manera:
- I. Una demanda a considerar el costo de seguir a Cristo (vv. 57-58)
- II. Una demanda a priorizar nuestro llamado a servir a Cristo en Su Reino (vv. 59-60)
- III. Una demanda a no anhelar nuestra pasada manera de vivir (vv. 61-62)
I. Una demanda a considerar el costo de seguir a Cristo (vv. 57-58)
El texto inicia diciendo: Mientras ellos iban por el camino. Como ya dijimos por el contexto, Cristo iba con sus discípulos hacia Jerusalén, donde finalmente ocurrirían los eventos de su crucifixión y muerte. No sabemos en qué punto del camino estaba ni cuánto tiempo faltaba para llegar a su destino, pero de seguro no era mucho tiempo.
Y en ese contexto se le acerca una persona, que le dice: «Te seguiré adondequiera que vayas». Según el texto paralelo de Mateo 8:18, esta persona era un escriba. Los escribas, que pertenecían al grupo de los fariseos, eran los maestros de la ley, encargados de darle instrucción al pueblo. Ellos eran, por lo general, personas hostiles a Jesús y a sus enseñanzas.
Esta declaración, entonces, debió ser sorprendente para todos los que la oyeron. Este hombre se le acercó al Señor de forma voluntaria, sincera y sin ningún tipo de presión. Más aún, se le acerca llamándole «Maestro», como también se recoge en Mateo 8:19. Aunque este escriba tenía mucho conocimiento de la ley de modo que era un instructor oficial, al oír a Cristo y ver sus obras le reconoce como su Maestro.
Todavía más, se compromete a seguirle sin poner ningún tipo de condición, muy seguro de lo que expresa; él quiere estar con Jesús donde quiera que vaya. Él estaba identificado completamente con la causa de Cristo. Había entendido que solo en Cristo estaba el camino hacia su felicidad.
Para cualquier líder que estuviera buscando adeptos, esta sería una gran oportunidad. Una persona así, dispuesto a seguirle donde quiera que fuere, promete un grado de lealtad que no siempre es común. Pero este escriba tenía una visión romántica y triunfalista de la vida cristiana. Recuerden que los judíos de la época creían que, con la venida del Mesías, se instalaría inmediatamente un reino terrenal con el Cristo como cabeza.
Y este problema todavía persiste hoy. Muchos quieren seguir a Jesús donde quiera que vaya, basado en esta visión romántica y triunfalista. Son personas que se han dado cuenta que en el mundo no hay verdadera felicidad. Han sido víctimas de la enfermedad, la envidia o la traición de otros. Es posible que se vean en precariedades económicas, o con familias disfuncionales. Se han sentido decepcionados de supuestos amigos.
Entonces entran en contacto con alguna iglesia o comunidad cristiana, y ven matrimonios que han sido ordenados por el evangelio. Hijos que son obedientes a sus padres. Un ambiente de compañerismo sincero. Sienten un ambiente especial en la adoración a Dios en nuestros cultos. Oyen a los hermanos cantando himnos y coros con un gozo real.
Entonces esas personas se sienten fuertemente movidas a apropiarse de todas estas cosas y así poder disfrutar lo que ven que esos creyentes disfrutan. Y con todas esas bendiciones de las que son testigos, de seguro que, si se encontraran con Cristo, le dirían igual que le dijo el escriba: «Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas».
Pero, al igual que con este escriba de la historia, también Él nos dice hoy:
«Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos… pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.» (Lucas 9:58)
Un autor nos dice que las zorras abundaban en la época de Cristo. Desde sus guaridas hacían incursiones, para luego volver a sus lugares de refugio. Asimismo, las aves según lo permitan las condiciones ecológicas, tenían lugares de alojamiento temporales y si trataban de entrometerse algún «enemigo», los expulsaban si podían. En cambio, ese Rey a quien seguiría este escriba, no tenía una almohada propia donde recostar su cabeza. Noten que el Señor no lo rechazó, sino que, conociendo su corazón, lo llevó a considerar el costo que implicaría seguirlo a Él.
Y todavía hay un costo hoy en día, que toda persona debe considerar si quiere seguir a Cristo, aunque las circunstancias hayan variado. Todavía tenemos que tomar la cruz para poder recibir luego la corona. Cristo nos dice en Juan 16:33 que en el mundo tendremos aflicción. Seguir a Cristo implicará sacrificios. Dichos sacrificios puede que se traduzcan en privaciones económicas, oposición en el hogar, abandono de amistades, etc.
Piensa en las dificultades que se producen en el ámbito familiar o laboral, cuando sabes que no debes decir mentiras. No es nada agradable cuando tienes que negarte, en buena forma, a hacer algo que se te pida y esté en contra de la ley divina. Estas cosas pueden provocar divisiones en la familia, despidos injustos y una molestosa soledad en muchas ocasiones.
También debes saber que esos matrimonios estables que ves en la iglesia, han sido y son el fruto de la autonegación de cada cónyuge, donde se perdona y se pide perdón, y se lucha por cambiar. Y estas cosas no se consiguen sin algún grado de sufrimiento. Es posible que veas hijos obedientes, pero eso no se logra sin un arduo trabajo y sacrificio de los padres, y sin que haya una garantía absoluta de que ellos seguirán la senda correcta cuando sean adultos.
Ese gozo que tenemos en Cristo es en medio de la dificultad, y ese ambiente que respiras en la casa de Dios se desarrolla frecuentemente en medio de una ardua batalla que libran los creyentes por llevar sus pensamientos cautivos a la adoración a Dios. Y esto porque seguimos a un Maestro que no tuvo donde recostar su cabeza y que fue rechazado y finalmente crucificado.
Ahora bien, quiero dejar claro que es, y seguirá siendo muchísimo mejor, seguir a Cristo. Si te sientes incapaz al ver sus demandas, no te alejes de Él frustrado; más bien con corazón contrito y humillado ven a sus pies buscando misericordia, y luego recibirás la gracia necesaria en el momento oportuno. Pero es necesario que comprendas el costo de antemano.
II. Una demanda a priorizar nuestro llamado a servir a Cristo en Su Reino (vv. 59-60)
En esta segunda escena, vemos que es Cristo quien invita a otra persona a que le siga. Cristo le dijo en el verso 59a: Ven tras Mí. Y ese seguir a Cristo iba a implicar acompañarle en el recorrido que le restaba al Señor, así como hacer labores de evangelista en distintos lugares donde fuere enviado.
Este hombre no se niega a seguir a Cristo, pero le pide que le permita cumplir con una acción que pareciera más que justificada. Le dice en el verso 59b: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. El entierro es el último acto de honra que normalmente le hacemos a nuestros progenitores. Ahora bien, esta petición pareciera mostrar una dificultad.
Si el padre ya había muerto, ¿cómo era posible que su hijo no estuviese ya en el proceso de su entierro? En ese sentido, comparto la opinión de Pérez-Millos y otros, cuando dice que:
«Tal vez sea mejor entender que el padre de este hombre era ya muy anciano, y tal vez estaba enfermo, de modo que su muerte ocurriría en cualquier momento, por lo que el discípulo pedía permiso para quedarse en casa hasta el fallecimiento de su padre y luego seguiría al Señor.» — Pérez-Millos
Pero ante esta petición, que pareciera más que justificada, la respuesta de Cristo le mostró cuál debía ser el orden correcto de prioridades en su vida:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos… pero tú, ve y anuncia por todas partes el reino de Dios.» (Lucas 9:60)
Aunque era natural y legítimo el deseo que esta persona tenía de ocuparse de su padre en sus últimos días, incluyendo su posterior sepultura, había algo superior que atender en ese momento. Cristo estaba en la parte final de su ministerio, como ya dijimos. De modo que el mismo Señor entendía que era más importante que esta persona le acompañara en ese momento, y fuera debidamente entrenado para la misión que tendría que realizar junto con otros discípulos. El Señor le exhorta a dejar que los muertos entierren a sus muertos, mientras estuviera con Jesús y fuera comisionado por este a una labor evangelística a tiempo completo.
Las Escrituras identifican a las personas que no han conocido a Cristo como muertos espirituales. Este hombre no debía permitir que sus deberes familiares se interpusieran con este llamado especial. Su padre no sería descuidado por sus parientes cercanos; porque, aunque dichos familiares y amigos cercanos estén muertos espiritualmente (es decir, no sean creyentes), ellos no eran indiferentes a los hechos comunes de la vida familiar y social.
Recuerden hermanos que en esta época no había la facilidad de movilizarse con facilidad de un lugar a otro ante alguna eventualidad. Y aun las noticias de algunos eventos de interés para una persona que tuviera lejos, podían llegarle mucho tiempo después de ocurrir dichos eventos. De modo que, cuando Cristo llamó a este hombre a priorizar su llamado a seguirle para que sirviera en el reino de Dios, no era cualquier cosa que le estaba pidiendo.
Él le estaba diciendo, literalmente a este joven: Ponme a mí por encima aun de tu propia familia. Y en el caso de esta persona esto implicaba distanciarse geográficamente de su padre ya muy anciano. Y aunque este pasaje no enseña que así va a suceder con cada creyente que quiera servir a Jesús, el principio es el mismo. ¿Quién es más importante para ti: Jesucristo o tu familia?
Lo mismo sucedería con muchos otros de los discípulos que acompañaban a Cristo en sus recorridos. Debían dejar que otros se encargaran de familiares ancianos o con dificultades de salud. Esos sacrificios podían implicar, en ocasiones, separaciones temporales de los cónyuges y de los hijos en algunos de dichos recorridos.
Y ese también ha sido el testimonio de hombres y mujeres a lo largo de la historia de la iglesia. Una de las biografías más dramáticas que he leído fue la del misionero norteamericano del siglo XIX, Adoniram Judson. Siendo soltero sintió el llamado de Dios para irse a la India en un principio. Y mientras se preparaba para esta misión, se interesó en una joven llamada Ann, y le pidió que, si quería casarse con él, para luego irse a la India.
Ann le indicó que él debía escribirle a su padre para saber su parecer al respecto. Es así como Adoniram le escribe al papá de Ann, y entre otras cosas le dice lo siguiente:
«Ahora tengo que preguntar si consentiría en separarse de su hija a principios de la próxima primavera para no volver a verla en este mundo; si consentiría en que ella partiera a un país pagano y se sujetara a las pruebas y sufrimientos de una vida misionera; si consentiría en que se expusiera a los peligros del océano y la influencia fatal del clima del sur de la India y a toda clase de carencias y angustias y situaciones degradantes, insultos, persecución y quizá una muerte violenta. ¿Puede consentir a todo esto por Aquel quien dejó su hogar celestial y murió por ella, y por las almas perdidas que perecen, por Sion y la gloria de Dios? ¿Puede consentir a todo esto con la esperanza de encontrarse pronto con su hija en la gloria, con una corona de justicia iluminada por las aclamaciones de alabanza al Salvador, de los paganos salvados de una condenación y perdición eterna, gracias a ella como instrumento del Señor?» — Adoniram Judson
El padre quedó impresionado con la carta y al final dejó que su propia hija decidiera, y esta aceptó la propuesta con los sufrimientos que eso conllevó. Cualquier persona del mundo pensaría que esta joven desperdiciaría su vida. Pero desde el punto de vista bíblico, no hay privilegio mayor que dar su vida por Cristo.
Ahora bien, como mencioné, no todos estamos llamados a acciones como estas por causa del reino de Dios. Pero de alguna manera u otra, todos estamos llamados a hacer sacrificios, afectar nuestra zona de confort, dejar que en alguna medida los muertos entierren a sus muertos, para priorizar nuestro servicio en el reino de Dios. Cada uno lo hará de acuerdo con los dones, talentos y circunstancias en las que el Señor le ha colocado.
III. Una demanda a no anhelar nuestra pasada manera de vivir (vv. 61-62)
Esta última persona, al igual que el primer personaje de nuestro texto, es quien se le acerca a Cristo, y en el verso 61 le dice: Te seguiré Señor. Pero al igual que el segundo, le antepone una petición: primero permíteme despedirme de los de mi casa. Ahora bien, mis hermanos, el despedirse de su familia no era en sí mismo el problema, como tampoco lo fue cuando Eliseo fue llamado a seguir al profeta Elías. Eso era lo normal (1 Reyes 19:19-20).
Es importante entender lo que era una despedida en esos tiempos. De nuevo cito a Pérez-Millos:
«Ya de antaño los judíos tenían la costumbre de prolongar el tiempo de las despedidas. En ocasiones se le pedía que comiera con ellos la última vez, luego, como ya era tarde, que se quedase en casa, al día siguiente lo mismo y así hasta que por fin el que se despedía tomaba la determinación de irse. No era, por tanto, algo rápido como es en la sociedad actual. De ahí que la petición sea una manifestación de compromiso que se antepone al seguimiento fiel al Maestro.» — Pérez-Millos
A eso debemos añadirle la urgencia de seguir a Cristo en este punto de su ministerio como ya hemos visto. Él estaba ya camino a Jerusalén. Pero sobre todo había un problema en el corazón de esta persona que se deduce de la respuesta de Cristo en el verso 62:
«Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios.» (Lucas 9:62)
Con respecto a esa analogía, dice el comentarista Hendriksen:
«El hombre que pone la mano en el arado y comienza a arar hacia adelante pero entonces inmediatamente mira hacia atrás y sigue así, tratando de arar hacia adelante mientras sigue mirando hacia atrás, no puede trazar un surco derecho.» — Hendriksen
Y esta analogía del arado, mis hermanos, nos lleva al corazón del problema que había en esta persona. Y lo vemos en la expresión que dice Cristo de: «mirar atrás».
¿Recuerdan cuando Lot huía con su familia de la destrucción de Sodoma? ¿Qué sucedió con su mujer? Dice Génesis 19:26 que miró atrás (la misma expresión que usó Cristo), porque su corazón estaba apegado a ese lugar mundano y perverso, y como juicio de Dios se convirtió en estatua de sal. De la misma manera, esta persona de nuestra historia tenía un corazón que no estaba completamente separado del mundo y dedicado por entero al Señor.
De hecho, la forma verbal en que se expresa ese mirar atrás da la idea de que es algo continuo más que un mirar momentáneo. Cuando este hombre se volviera a los de su casa, posiblemente escucharía muchos ruegos de que no se fuera con Jesús; o le pedirían que estuviera con ellos todavía un poco más de tiempo.
Al verse este hombre en esa situación, con un corazón dividido, le sería muy difícil volver con Cristo. Era peligroso para él exponerse a la tentación, contemplando lo que estaba dejando, y pensar que saldría victorioso de la misma. Así hay muchas personas hoy en día que dicen que quieren seguir a Jesús, pero se les hace difícil renunciar en sus corazones a algunas cosas, porque son ídolos que los tienen atrapados.
Y en vez de huir de estas cosas, se ponen en circunstancias donde terminan mirando atrás, y entonces quedan inhabilitados para entrar en el reino de Dios. Y el Maligno los engaña haciendo que ellos crean que es una simple despedida. Como cuando debes dejar algo que te hace daño, pero quieres usarlo o consumirlo una vez más, porque lo deseas fuertemente.
Es imposible servir a Cristo con un corazón dividido. El único servicio aceptable para el Señor es aquel que involucra todo el corazón; no es posible servir a dos señores. El amor al Salvador exige que le demos la preeminencia en todo. Por eso Moisés rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, y Mateo al oír el «sígueme» de Jesús dice que: dejándolo todo, se levantó y le siguió.
Garland, un comentarista, explica la respuesta de Cristo de la siguiente manera:
«El mensaje es que la nueva realidad del reinado de Dios debería servir de molde para todas las decisiones de la vida y que el mundo tal como ha sido debe ser dejado atrás sin nostalgia alguna.» — Garland
Conclusión
A modo de conclusión, mis hermanos, hemos visto en este pasaje demandas innegociables para un verdadero discípulo de Cristo. Citando de nuevo a Garland:
«El discipulado no es un compromiso más que añadimos a la larga lista de compromisos, en realidad es el compromiso — que exige un reordenamiento de nuestras vidas de abajo a arriba.» Estos «pronunciamientos sorprendentes enfrentan a cada discípulo con una opción, una que se centra exclusivamente en el mismo Jesús: seguirle a cualquier precio o no seguirle en absoluto… A Jesús no le interesa un discipulado de ‘vacaciones de verano.’ Es todo o nada.» — Garland
Cuidado, como ya dijimos anteriormente, con presentar al mundo una visión romántica de la fe cristiana a la hora de compartir la fe. Ya en el siglo XIX, el obispo anglicano Juan Carlos Ryle decía lo siguiente:
«…nada ha causado tanto daño al cristianismo como la práctica de llenar las filas del ejército de Cristo de todo voluntario que esté dispuesto a hacer una pequeña profesión y a hablar con denuedo sobre su ‘experiencia’. Ha habido un olvido lamentable del hecho de que las cifras no constituyen la fuerza. Recordemos esto. No nos dejemos en el tintero nada al hablar a quienes hace poco tiempo que han hecho una profesión de fe y a aquellos que buscan a Cristo; no los alistemos con pretextos falsos. Digámosles claramente que hay una corona de gloria al final, pero digámosles también, y no menos claramente, que hay una cruz que cargar diariamente por el camino.» — Juan Carlos Ryle
Y esto también es un llamado a cada creyente que me escucha, incluyendo a los miembros de esta iglesia, a que vivamos con la conciencia de que estamos en una batalla espiritual contra huestes de maldad en regiones celestes. Todos los cristianos lo sabemos, pero la realidad es que muchas veces no estamos conscientes como debiéramos de esta batalla.
Mis hermanos, Satanás buscará por todos los medios de hacernos daño. Poniendo en nosotros pensamientos y circunstancias que nos lleven a descuidarnos en esta lucha. Pero debemos mantenernos firmes, considerando el costo de ser discípulo del Maestro, ya que, aun cuando la lucha produzca heridas, tendremos la confianza de que nuestro Maestro peleó por nosotros en la cruz, venció a nuestros enemigos, y por esa razón la victoria final está garantizada.
Pero mientras llega la victoria final, quedan muchas batallas por luchar. Y debemos seguir avanzando, sin distraernos de cuáles son nuestras prioridades al seguir a Cristo, sin importar el precio que tengamos que pagar, y sin mirar con nostalgia lo que dejamos atrás, como si fuera mejor que lo que nos espera por delante.
Por eso Pablo dijo:
«Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» (Filipenses 3:13-14)

